martes, 6 de noviembre de 2007

Voces griegas (y latinas) desde Castellón (V)

Seguimos con las Meditaciones de Marco Aurelio, pero antes ofrecemos unos nuevos fragmentos de la introducción a la traducción en Gredos, a cargo de Carlos García Gual.
Como pensador, Marco Aurelio no es un filósofo original ni complicado. Como otros estoicos de la época imperial (es decir, la Estoa Nueva), como Séneca y Epicteto, su originalidad básica consiste en la reducción de la filosofía a la ética, dejando de lado otros aspectos teóricos, como la teoría física, o la gnoseología de la escuela. Tampoco pretende ser un maestro de virtud. Se propone, sí, un cierto ideal estoico del sabio como modelo; aunque es consciente, demasiado tal vez, de la distancia que le separa de este modelo. Lo más atractivo en él es la sinceridad con que intenta vivir según esas pautas éticas. Por eso su estoicismo tiene el atractivo de la doctrina vivida, y no de la predicada. Esa sobrecarga de “moralina” (según el término de Nietzsche) que edulcora la abstracta predicación escolar, queda anulada en sus apuntes por el latente dramatismo de su itinerario personal.
Como escritor, Marco Aurelio es más monótono y gris que el hábil Séneca, más dotado para el estilo elegante de confesor espiritual, sagaz “torero de la virtud”. Y es menos ágil que Epicteto, y menos optimista también. Diríase que el antiguo esclavo estaba menos recargado de deberes y era más libre que el solitario Emperador. Hay en Marco Aurelio una cierta tonalidad pascaliana en su intento, cerebral y cordial, por aferrarse a una explicación del mundo que le permita vivir con dignidad, con razón, frente al azar absurdo.
La ética estoica da sentido a su vida, y su experiencia cotidiana es confrontada a la doctrina. Practica la filosofía como un fármaco personal, al tiempo que cumple su deber. Marco Aurelio no era un intelectual al frente del Estado romano. Precisamente porque no lo era, desconfiaba de las fórmulas abstractas y no tenía un programa de reformas ideales, ni creía en las utopías. Ya Renan señaló bien que no era un filósofo dogmático. En efecto, tiende a simplificar para quedarse con lo esencial. Parte de unos principios de creencia que acepta como incuestionables. Así, por ejemplo, el de la composición tripartita del hombre en cuerpo (σῶμα, σάρξ), alma o principio vital (ψυχή, πνεῦμα) e inteligencia (νοῦς). De esas tres partes, la última es la específicamente humana, y se identifica con el elemento divino interior (δαίμων), que habita en nosotros y el principio director o guía de nuestra vida (el ἡγημονικόν). La conducta recta y racional exige que el νοῦς, como guía y divino, no se deje perturbar por las otras dos partes del ser humano. Es el modo más sencillo de superar las pasiones, y el dolor y el placer.
Otro segundo principio es el de saber qué cosas dependen de nosotros y qué cosas no, y cifrar la felicidad en las primeras. El papel mediador de la conciencia en cuanto único criterio de valor permite diferenciar entre bienes y males, que son aquellos que afectan al yo interior, y toda una larga serie de sucesos y cosas exteriores, calificadas como indiferentes. Marco Aurelio no llega a mantener el rigorismo originario sobre las cosas indiferentes; pero reitera tales consejos ascéticos, muy bien explicitados por Epicteto.
Un tercer dogma es el de la sumisión del individuo al conjunto, de la adaptación al cosmos, regido inmanentemente por un designio divino y racional. La racional providencia cósmica es uno de los dogmas básicos del estoicismo. Marco Aurelio lo adopta con una sentida y profunda adhesión personal.
Hasta aquí la selección que hemos hecho de la introducción, a cargo de Carlos García Gual, a la traducción que Ramón Bach Pellicer hiciera para Gredos en 1994.
Vamos ahora con los fragmentos escogidos de su obra. Entre ellos intercalamos nuestros comentarios, que no tienen ningún afán doctrinal, ni son obra de un especialista en filosofía, ni en estoicismo, ni en Marco Aurelio (en nada, nos atreveríamos a decir). Son simplemente pensamientos expresados en voz alta, mejor dicho, pasados al teclado del ordenador, impresiones a vuela pluma sacadas de esos fragmentos. Recordemos que a vuela pluma quiere decir muy de prisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo. Es decir, no nos hemos detenido concienzudamente a expresarlos, sino sólo a expresar lo que, a primera idea, nos sugerían.
En el capítulo 24 del libro VII encontramos un consejo, dado con una bella indirecta: evitar el rencor. Destruye las relaciones humanas. Tampoco vale no olvidar. Hay que perdonar. ¡Ahí le duele! ¿tragarnos nuestro orgullo? ¡Qué complicado y cuánta valentía y humildad necesita! Podemos no ser rencorosos, pero aplicar la frase: “No soy rencoroso, pero el que me la hace me la paga”. No, no se trata de eso.
En el capítulo 26 Marco Aurelio reitera una y otra vez la idea de la necesidad de comprender el que otros obren mal; si examinamos porqué ha obrado mal, puede que incluso le compadezcamos. Le han llevado a obrar así sus conceptos de bien y mal. Hemos de perdonarle, aunque no compartamos su concepto de bien y mal.
Libro VII.
24. El semblante rencoroso es demasiado contrario a la naturaleza. Cuando se afecta reiteradamente, su belleza muere y finalmente se extingue, de manera que resulta imposible reavivarla. Intenta, al menos, ser consciente de esto mismo, en la convicción de que es contrario a la razón. Porque si desaparece la comprensión del obrar mal, ¿qué motivo para seguir viviendo nos queda?
26. Cada vez que alguien cometa una falta contra ti, medita al punto qué concepto del mal o del bien tenía al cometer dicha falta. Porque, una vez que hayas examinado eso, tendrás compasión de él y ni te sorprenderás, ni te irritarás con él. Ya que comprenderás tú también el mismo concepto del bien que él, u otro similar. En consecuencia, es preciso que le perdones. Pero aun si no llegas a compartir su concepto del bien y del mal, serás más fácilmente benévolo con su extravío.

El siguiente párrafo no necesita comentario alguno.
59. Cava en tu interior. Dentro se halla la fuente del bien, y es una fuente capaz de brotar continuamente, si no dejas de excavar.
Otro consejo muy valioso.
64. En cualquier caso de pesar acuda a ti esta reflexión: no es indecoroso ni tampoco deteriorará la inteligencia que me gobierna; pues no la destruye, ni en tanto que es racional, ni en tanto que es social. En los mayores pesares, sin embargo, válgate de ayuda la máxima de Epicuro: ni es insoportable el pesar, ni eterno, si recuerdas sus límites y no imaginas más de la cuenta.


Para nuestra profunda reflexión.
71. Es ridículo no intentar evitar tu propia maldad, lo cual es posible y, en cambio, intentar evitar la de los demás, lo cual es imposible.
El capítulo 26 del Libro VIII nos indica dónde está la dicha del ser humano: hacer lo que es propio del ser humano (εὐφροσύνη ἀνθρώπου ποιεῖν τὰ ἴδια ἀνθρώπου). ¿Y qué es lo propio (τὰ ἴδια) del hombre? Marco Aurelio nos da la respuesta.
Libro VIII
26. La dicha del hombre consiste en hacer lo que es propio del hombre. Y es propio del hombre el trato benevolente con sus semejantes, el menosprecio de los movimientos de los sentidos, el discernir las ideas que inspiran crédito, la contemplación de la naturaleza del conjunto universal y de las cosas que se producen de acuerda con ella.

Otra idea repetida en nuestro autor. Lo exterior no debe afectarnos. Sólo lo que de nosotros depende, puede afligirnos, pero la solución está en nuestras manos. Podemos rectificar o cambiar el criterio. A veces puede ocurrir que no podamos poner en práctica una buena acción; si nos lo impide una causa superior, no es culpa nuestra y no debe afligirnos.
47. Si te afliges por alguna causa externa, no es ella lo que te importuna, sino el juicio que tú haces de ella. Y borrar este juicio, de ti depende. Pero si te aflige algo que radica en tu disposición, ¿quién te impide rectificar tu criterio? Y dé igual modo, si te afliges por no ejecutar esta acción que te parece sana, ¿Por qué no la pones en práctica en vez de afligirte? «Me lo dificulta un obstáculo superior». No te aflijas, pues, dado que no es tuya la culpa de que no lo ejecutes.


Nuestro pensamiento debe ser puro, prudente, sensato, justo. ¡Casi nada! La comparación con la fuente que, pese a ser ensuciada y contaminada, es capaz de volver a dar agua cristalina, es preciosa. La última frase es antológica: conjuga las palabras libertad, benevolencia, sencillez y modestia.
51. Ni seas negligente en tus acciones, ni embrolles en tus conversaciones, ni en tus imaginaciones andes sin rumbo, ni, en suma, constriñas tu alma o te disperses, ni en el transcurso de la vida estés excesivamente ocupado. Te matan, despedazan, persiguen con maldiciones. ¿Qué importa esto para que tu pensamiento permanezca puro, prudente, sensato, justo? Como si alguien al pasar junto a una fuente cristalina y dulce, la insultara; no por ello deja de brotar potable. Aunque se arroje fango, estiércol, muy pronto lo dispersará, se liberará de ellos y de ningún modo quedará teñida. ¿Cómo, pues, conseguirás tener una fuente perenne [y no un simple pozo]? Progresa en todo momento hacia la libertad con benevolencia, sencillez y modestia.


En el capítulo 31 del Libro IX, se repite una idea fija en Marco Aurelio: lo que sucede por causas externas no debe afectarnos.
La otra idea clave: nuestro objetivo es obrar de acuerdo con el bien común, porque ello es acorde con nuestra naturaleza.
Libro IX:
31. Imperturbabilidad con respecto a lo que acontece como resultado de una causa exterior y justicia en las cosas que se producen por una causa que de ti proviene. Es decir, instintos y acciones que desembocan en el mismo objetivo: obrar de acuerdo con el bien común, en la convicción de que esta tarea es acorde con tu naturaleza.


El capítulo 32 del Libro IX es un frasquito lleno de esencias: liberar la mente de cosas superfluas (vacío interior, tan importante en la escucha activa, elemento clave de las relaciones humanas, como recordábamos en una anterior entrada de nuestro blog), abarcar con el pensamiento la totalidad del mundo, reflexionar sobre la infinitud del tiempo y observar, analizar y asumir que todo se muta y se transforma con celeridad.
32. Puedes acabar con muchas cosas superfluas, que se encuentran todas ellas en tu imaginación. Y conseguirás desde este momento un inmenso y amplio campo para ti, abarcando con el pensamiento todo el mundo, reflexionando sobre el tiempo infinito y pensando en la rápida transformación de cada cosa en particular, cuán breve es el tiempo que separa el nacimiento de la disolución, cuán inmenso el período anterior al nacimiento y cuán ilimitado igualmente el período que seguirá a la disolución.

El capítulo 42 lo deberíamos tener presente siempre que nos crucemos con personas desagradables, o, siguiendo las enseñanzas de Marco Aurelio, que no comparten con nosotros su visión del bien y el mal. En el mundo debe haber desvergonzados, malvados, desleales, delincuentes. Si nos convencemos de que forzosamente deben existir, tal vez con más benevolencia juzguemos el comportamiento de cada uno de ellos en particular. Contra cada “fallo” (ἁμάρτημα) hay un antídoto (ἀντιφάρμακον) o un remedio (δύναμις). Marco Aurelio deriva, incluso, una posibilidad de hacer el bien: encauzar con nuestras enseñanzas al descarriado. La expresión en griego es muy bonita: μεταδιδάσκειν τὸν πεπλανημένον (obsérvese la relación entre este participio de perfecto pasivo del verbo πλανάω, con el sustantivo “planeta” (que anda errante). Todo pecador (así traduce Bach Pellicer el término ὁ ἁμαρτάνων (que literalmente significa, el que yerra), se desvía, falla su objetivo y anda sin rumbo (πεπλάνηται).
Nos trae a la memoria este pasaje del emperador filósofo alguna de las catorce obras de misericordia, en especial, las siete espirituales, de la religión católica: la primera, enseñar al que no sabe, la tercera, corregir al que yerra, la cuarta, perdonar las injurias, y la sexta, sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
Los errores proceden de la mala educación y nuestra razón debería haber previsto que alguien sin educación se comportara así. El final del capítulo es muy claro: el ser humano es “bienhechor por naturaleza” (ὁ ἄνθρωπος εὐεργετικὸς πεφυκώς).
42. Siempre que tropieces con la desvergüenza de alguien, de inmediato pregúntate: «¿Puede realmente dejar de haber desvergonzados en el mundo?» No es posible. No pidas, pues, imposibles, porque ése es uno de aquellos desvergonzados que necesariamente debe existir en el mundo. Ten a mano también esta consideración respecto a un malvado, a una persona desleal y respecto a todo tipo de delincuente. Pues, en el preciso momento que recuerdes que la estirpe de gente así es imposible que no exista, serás más benévolo con cada uno en particular. Muy útil es también pensar en seguida qué virtud concedió la naturaleza al hombre para remediar esos fallos. Porque le concedió, como antídoto, contra el hombre ignorante, la mansedumbre, y contra otro defecto, otro remedio posible. Y, en suma, tienes posibilidad de encauzar con tus enseñanzas al descarriado, porque todo pecador se desvía y falla su objetivo y anda sin rumbo. ¿Y en qué has sido perjudicado? Porque a ninguno de esos con los que te exasperas, encontrarás, a ninguno que te haya hecho un daño tal que, por su culpa, tu inteligencia se haya deteriorado. Y tu mal y tu perjuicio tienen aquí toda su base. ¿Y qué tiene de malo o extraño que la persona sin educación haga cosas propias de un ineducado? Procura que no debas inculparte más a ti mismo por no haber previsto que ése cometería ese fallo, porque tú disponías de recursos suministrados por la razón para cerciorarte de que es natural que ése cometiera ese fallo; y a pesar de tu olvido, te sorprendes de su error. Y sobre todo, siempre que censures a alguien como desleal o ingrato, recógete en ti mismo. Porque obviamente tuyo es el fallo si has confiado que tenía tal disposición, que iba a guardarte fidelidad, o si, al otorgarle un favor, no se lo concediste de buena gana, ni de manera que pudiese obtener al punto de tu acción misma todo el fruto. Pues, ¿qué más quieres al beneficiar a un hombre? ¿No te basta con haber obrado conforme a tu naturaleza, sino que buscas una recompensa? Como si el ojo reclamase alguna recompensa porque ve, o los pies porque caminan. Porque, al igual que estos miembros han sido hechos para una función concreta, y al ejecutar ésta de acuerdo con su particular constitución, cumplen su misión peculiar, así también el hombre, bienhechor por naturaleza, siempre que haga una acción benéfica o simplemente coopere en cosas indiferentes, también obtiene su propio fin.


Del Libro IX y como final de nuestra selección, escogemos el capítulo 13. No debo preocuparme de que me desprecien u odien, sino de no ser sorprendido yo realizando tales acciones. Hay que ser benévolos, afables y corregir con sinceridad y amigablemente.
Libro XI:
13. ¿Me despreciará alguien? El verá. Yo, por mi parte, estaré a la expectativa para no ser sorprendido haciendo o diciendo algo merecedor de desprecio. ¿Me odiará? El verá. Pero yo seré benévolo y afable con todo el mundo, e incluso con ese mismo estaré dispuesto a demostrarle lo que menosprecia, sin insolencia, sin tampoco hacer alarde de mi tolerancia, sino sincera y amigablemente como el ilustre Foción, si es que él no lo hacía por alarde. Pues tales sentimientos deben ser profundos y los dioses deben ver a un hombre que no se indigna por nada y que nada lleva a mal. Porque, ¿qué mal te sobrevendrá si haces ahora lo que es propio de tu naturaleza, y aceptas lo que es oportuno ahora a la naturaleza del conjunto universal, tú, un hombre que aspiras a conseguir por el medio que sea lo que conviene a la comunidad?


Hasta aquí nuestra selección de fragmentos de Marco Aurelio. Se podría haber hecho otra, es cierto. Nuestra intención en esta entrada, como en toda esta serie de Voces griegas y latinas, es ofrecer ideas, consejos, actitudes, reflexiones y pensamientos sobre la condición humana y las relaciones humanas de filósofos, o escritores en general, griegos y latinos, que nos puedan servir para mejorar, o al menos reflexionar, sobre la forma en que nos relacionamos con nuestros semejantes, de manera que todo redunde en una mayor fluidez relacional y adquiramos destrezas comunicativas que hagan que nuestra relación interpersonal sea más provechosa, menos frustrante y descubramos, en definitiva, qué gran tesoro hay en la comunicación y la relación con otras personas.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Blogs solidarios


Mi querida Ana Ovando ha tenido a bien incluirme en la relación de 7 blogs a los que ella, siguiendo una cadena que, a su vez, sigue Francisco Muñoz de la Peña Castrillo, ha calificado de solidarios. Debo decir que en absoluto lo merezco, y no es falsa modestia, lo aseguro, pero se agradece el detallazo. La razón aducida por Ana para unirme a pesos pesados de la blogosfera es que en mi blog pretendo recordar que lo mejor de cada uno está en uno mismo. No sé si es razón para estar en una relación de blogs solidarios. Pero, dejémoslo y aportemos las reglas que deben seguirse en este protocolo de blogs solidarios.

Las reglas esta vez son:
Nominar a 7 personas que uno crea que tienen blogs solidarios y enviarles un correo electrónico para que se enteren del premio.
Los premiados deberán entregar el premio a su vez a otros 7 bloggers de su elección.
Los premiados deberán publicar un post en su blog, colocar la imagen del blog solidario es opcional.

Esto me pone en un compromiso, y en algunos casos, no conozco los correos electrónicos de los premiados. Mi selección, en la que podría haber más gente, es ésta:

1. Racó de clàssiques, porque Merche tiene un blog atento a todas las noticias, que sabe reconocer los méritos de los demás, variado y hecho con el corazón.

2. Secretos de Argos, porque los chavales y sus profesores han hecho, continúan haciendo y, con seguridad, seguirán haciendo una labor magnífica en la que, entre entrada y entrada, se dejan ver sentimientos y opiniones solidarias, dignas de destacarse en jóvenes de esas edades.

3. Departamento de griego del IES María Enríquez, porque Álvaro no duda en poner sus vastos conocimintos de griego al alcance de sus alumnos y de sus compañeros profesores.

4. Drosi del Raval, porque José Juan en su blog demuestra una preocupación y un amor por su ciudad, en los que siempre tienen cabida aspectos solidarios, de interés por la cultura y la lengua, y por la naturaleza.

5. Los sueños de Hermes, en la persona de Juanvi, por tenernos informados de todo lo que ocurre en el mundo clásico y por ofrecernos tan magnanimamente tanto material.

6. Fernando Lillo, por su capacidad de trabajo, por su información y por ofrecernos tanto material.

7. Voces griegas (desde Benicàssim), porque Ana me ha demostrado siempre su solidaridad, su amistad, su cariño, porque ha estado SIEMPRE ahí y porque lo que sé de esto, lo sé por ella.

Como hablamos de solidaridad, y por tratar con gente del mundo clásico, aquí tenemos unos sólidos bizantinos. La palabra solidaridad procede del latín solidum (sólido, firme), aunque algunos dicen que proviene de la moneda llamada solidum, de donde tambiém procede "sueldo".




miércoles, 31 de octubre de 2007

Voces griegas (y latinas) desde Castellón (IV)

Un autor, y al tiempo emperador, en el que encontramos bellas reflexiones, que nos pueden ser útiles en nuestras relaciones, es Marco Aurelio, en su obra Meditaciones. Aportamos algunas. La traducción es de Ramón Bach Pellicer, en Gredos.
De la introducción en la edición indicada, debida a Carlos García Gual, extraemos algunos aspectos que permiten conocer un poco mejor la obra.
“El estilo de los apuntes personales refleja el carácter de Marco Aurelio, despojado de artificios retóricos, conciso y austero. En su intención parenética, unas veces intenta alcanzar expresiones punzantes, a modo de máximas lapidarias… Otras veces trata de exponer en cierto orden algunos temas de meditación, un tanto tópicos en la filosofía estoica, reiterados aquí con un sincero empeño personal”
“El tono de los apuntes filosóficos es severo y un tanto adusto, acorde con los temas tratados, con esas consignas de resignación ante los reveses del azar y las injusticias humanas, y la meditación frecuente de la muerte irremediable. Sobre ese trasfondo gris destacan los símiles de una plástica vivacidad. Alguna vez, tras ellos, se adivina la referencia personal… Otras veces son símiles más generales: el hombre que se resiste a su destino es como el cochinillo que da chillidos mientras le llevan al sacrificio (X, 28), el sabio es la roca que resiste incólume los embates de las olas (IV, 49), la piedra preciosa a la que nadie puede impedir serlo (IV, 20), la virtud es llama que brilla hasta extinguirse (XII, 15), la muerte debe ser acogida con agradecimiento, como la madurez de la aceituna que cae gozosa de la rama (IV, 48). Todas estas imágenes intentan conciliar el pesar de la existencia humana al reintegrarlo en una imagen de la naturaleza, regida por un ritmo eterno. Son hermosas y apaciguadoras, como los símiles del viejo Homero, al intercalarse como pausas entre pasajes que recuerdan la lucha y el desánimo. Intentan desvanecer el aspecto irrepetible que la vida individual presenta. El hombre no muere de modo tan sencillo como las aceitunas, porque no se repite como ellas; y el combate del sabio contra los infortunios es más sensible y doliente que el del peñasco contra las tempestades. Marco Aurelio intenta combatir con esos pensamientos consoladores a su enemigo: el tiempo, tenaz aliado de la muerte, y a la historia”
Las Meditaciones no son un diario ni siquiera la dramática “historia de un alma” (M. Dolç), en el sentido de que en ellas no hay referencias al momento en que fueron escritas… No hay en ellas ni fechas ni paisajes. Nos hubiera gustado a los modernos saber a qué se refieren este o aquel párrafo de disgusto o de admiración, y en qué momento de la noche o ante qué frío paraje danubiano se había escrito tal o cual meditación. Pero, en su desprecio por lo corporal y mundano, Marco Aurelio sólo anota lo esencial: el razonamiento desnudo de lo accesorio y la incitación moral.”

Hasta aquí unos párrafos de la introducción de García Gual.
Es posible que algunos de los que esto lean discrepen, parcial o profundamente, con alguna de las citas ofrecidas, las ya aportadas y las que siguen. Bien está. Cada cual que aproveche de ellas lo que quiera.
Incluso si todas le fueran disparatadas, obtendría de ellas algún provecho, aunque fuera para comportarse de forma contraria a lo dicho en ellas.
A nosotros nos parecen útiles y, en todo caso, dignas de ser leídas y reflexionadas. Algunas, también, nos han servido en ciertos momentos para afrontar situaciones vitales que nos han salido al paso o con las que nos hemos topado (que nunca se sabe qué es lo que ocurre, si el destino viene hacia nosotros o nosotros hacia él).
Lógicamente, no las podemos asimilar en su literalidad o en su totalidad; de ellas debemos extraer pautas, pinceladas, reflejos, aplicables realmente a nuestra vida, para afrontar ésta con más provecho, con más tino, con más entusiasmo, con más serenidad, con más reflexión, con más paciencia, con más comprensión.
Hecho este paréntesis, seguimos con Marco Aurelio.

El comienzo del Libro II nos invita a la colaboración entre los seres humanos. Marco Aurelio es consciente de que, en la vida, nos relacionamos con personas de caracteres negativos, pero tales debilidades son fruto del desconocimiento del bien y el mal. Quien conoce que lo bello es el bien y lo vergonzoso es el mal no puede sino dar buenos frutos.
Libro II:
1. Al despuntar la aurora, hazte estas consideraciones previas: me encontraré con un indiscreto, un ingrato, un insolente, un mentiroso, un envidioso, un insociable. Todo eso les acontece por ignorancia de los bienes y de los males. Pero yo, que he observado que la naturaleza del bien es lo bello, y que la del mal es lo vergonzoso, y que la naturaleza del pecador mismo es pariente de la mía, porque participa, no de la misma sangre o de la misma semilla, sino de la inteligencia y de una porción de la divinidad, no puedo recibir daño de ninguno de ellos, pues ninguno me cubrirá de vergüenza; ni puedo enfadarme con mi pariente ni odiarle. Pues hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados, las hileras de dientes, superiores e inferiores. Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza. Y es actuar como adversario el hecho de manifestar indignación y repulsa.

Del capítulo 5 del libro III destacamos estos consejos: actuar según la voluntad y de forma reflexiva; ser persona serena, venerable. Hay que andar recto, no enderezado.
Libro III:
5. Ni actúes contra tu voluntad, ni de manera insociable, ni sin reflexión, ni arrastrado en sentidos opuestos. Con la afectación del léxico no trates de decorar tu pensamiento. Ni seas extremadamente locuaz, ni polifacético. Más aún, sea el dios que en ti reside protector y guía de un hombre venerable, ciudadano, romano y jefe que a sí mismo se ha asignado su puesto, cual sería un hombre que aguarda la llamada para dejar la vida, bien desprovisto de ataduras, sin tener necesidad de juramento ni tampoco de persona alguna en calidad de testigo. Habite en ti la serenidad, la ausencia de necesidad de ayuda externa y de la tranquilidad que procuran otros. Conviene, por consiguiente, mantenerse recto, no enderezado.

Hemos visto que el sabio es ese promontorio contra el que chocan las olas. Este fragmento es de una gran profundidad y merece una serena reflexión. Es una llamada a saber administrar los infortunios y sobreponerse a ellos. Soportar con dignidad una desgracia es, en el fondo, una dicha, ya que tal desgracia no nos debe impedir mantener nuestras buenas cualidades.
Libro IV:
49. Ser igual que el promontorio contra el que sin interrupción se estrellan las olas. Éste se mantiene firme, y en torno a él se adormece la espuma del oleaje. «¡Desdichado de mí, porque me aconteció eso!» Pero no, al contrario: «Soy afortunado, porque, a causa de lo que me ha ocurrido, persisto hasta el fin sin aflicción, ni abrumado por el presente ni asustado por el futuro.» Porque algo semejante pudo acontecer a todo el mundo, pero no todo el mundo hubiera podido seguir hasta el fin, sin aflicción, después de eso. ¿Y por qué, entonces, va a ser eso un infortunio más que esto buena fortuna? ¿Acaso denominas, en suma, desgracia de un hombre a lo que no es desgracia de la naturaleza del hombre? ¿Y te parece aberración de la naturaleza humana lo que no va contra el designio de su propia naturaleza? ¿Por qué, pues? ¿Has aprendido tal designo? ¿Te impide este suceso ser justo, magnánimo, sensato, prudente, reflexivo, sincero, discreto, libre, etc., conjunto de virtudes con las cuales la naturaleza humana contiene lo que le es peculiar? Acuérdate, a partir de ahora, en todo suceso que te induzca a la aflicción, de utilizar este principio: No es eso un infortunio, sino una dicha soportarlo con dignidad.

Otro fragmento precioso. Ya de buena mañana debemos tener claro cuál es nuestra tarea y descubrir que es la que nos corresponde por nuestra naturaleza. Sobran más comentarios.
Libro V:
1. Al amanecer, cuando de mala gana y perezosamente despiertes, acuda puntual a ti este pensamiento: «Despierto para cumplir una tarea propia de hombre.» ¿Voy, pues, a seguir disgustado, si me encamino a hacer aquella tarea que justifica mi existencia y para la cual he sido traído al mundo? ¿O es que he sido formado para calentarme, reclinado entre pequeños cobertores? «Pero eso es más agradable». ¿Has nacido, pues, para deleitarte? Y, en suma, ¿has nacido para la pasividad o para la actividad? ¿No ves que los arbustos, los pajarillos, las hormigas, las arañas, las abejas, cumplen su función propia, contribuyendo por su cuenta al orden del mundo? Y tú entonces, ¿rehúsas hacer lo que es propio del hombre? ¿No persigues con ahínco lo que está de acuerdo con tu naturaleza? «Mas es necesario también reposar.» Lo es; también yo lo mantengo. Pero también la naturaleza ha marcado límites al reposo, como también ha fijado límites en la comida y en la bebida, y a pesar de eso, ¿no superas la medida, excediéndote más de lo que es suficiente? Y en tus acciones no sólo no cumples lo suficiente, sino que te quedas por debajo de tus posibilidades. Por consiguiente, no te amas a ti mismo, porque ciertamente en aquel caso amarías tu naturaleza y su propósito. Otros, que aman su profesión, se consumen en el ejercicio del trabajo idóneo, sin lavarse y sin comer. Pero tú estimas menos tu propia naturaleza que el cincelador su cincel, el danzarín su danza, el avaro su dinero, el presuntuoso su vanagloria. Éstos, sin embargo, cuando sienten pasión por algo, ni comer ni dormir quieren antes de haber contribuido al progreso de aquellos objetivos a los que se entregan. Y a ti, ¿te parecen las actividades comunitarias desprovistas de valor y merecedoras de menor atención?

Llamada a no frustrarnos, cuando no conseguimos nuestros objetivos. Al contrario, nos debe servir de acicate para entregarnos con mayor afán a su consecución. Debemos someternos a nuestra naturaleza.
9. No te disgustes, ni desfallezcas, ni te impacientes, si no te resulta siempre factible actuar de acuerdo con rectos principios. Por el contrario, cuando has sido rechazado, reemprende la tarea con renovado ímpetu y date por satisfecho si la mayor parte de tus acciones son bastante más humanas y ama aquello a lo que de nuevo encaminas tus pasos, y no retornes a la filosofía como a un maestro de escuela, sino como los que tienen una dolencia en los ojos se encaminan a la esponjita y al huevo, como otro acude a la cataplasma, como otro a la loción. Pues así no pondrás de manifiesto tu sumisión a la razón, sino que reposarás en ella. Recuerda también que la filosofía sólo quiere lo que tu naturaleza quiere, mientras que tú querías otra cosa no acorde con la naturaleza. Porque, ¿qué cosa es más agradable que esto?, ¿no nos seduce el placer por su atractivo? Mas examina si es más agradable la magnanimidad, la libertad, la sencillez, la benevolencia, la santidad. ¿Existe algo más agradable que la propia sabiduría, siempre que consideres que la estabilidad y el progreso proceden en todas las circunstancias de la facultad de la inteligencia y de la ciencia?

Es conveniente meditar sobre la fugacidad de lo existente.
23. Reflexiona repetidamente sobre la rapidez de tránsito y alejamiento de los seres existentes y de los acontecimientos. Porque la sustancia es como un río en incesante fluir, las actividades están cambiando de continuo y las causas sufren innumerables alteraciones. Casi nada persiste y muy cerca está este abismo infinito del pasado y del futuro, en el que todo se desvanece. ¿Cómo, pues, no va a estar loco el que en estas circunstancias se enorgullece, se desespera o se queja en base a que sufrió alguna molestia cierto tiempo e incluso largo tiempo?

¿Qué somos? Una mínima parte de sustancia, un breve intervalo de tiempo.
24. Recuerda la totalidad de la sustancia, de la que participas mínimamente, y la totalidad del tiempo, del que te ha sido asignado un intervalo breve e insignificante, y del destino, del cual, ¿qué parte ocupas?

¡Qué difícil esta enseñanza que sigue!
25. ¿Comete otro una falta contra mí? Él verá. Tiene su peculiar disposición, su peculiar modo de actuar. Tengo yo ahora lo que la común naturaleza quiere que tenga ahora, y hago lo que mi naturaleza quiere que ahora haga.

No hay que dejarse llevar por los impulsos, ni la imaginación, ni buscar el elogio ni el aplauso. Marco Aurelio insiste: ser fiel a nuestra propia constitución. Si ponemos los ojos en los bienes, siempre estaremos ansiosos de más. Respetando y estimando, en cambio, nuestro propio pensamiento seremos hombres satisfechos.
Libro VI:
16. Ni es meritorio transpirar como las plantas, ni respirar como el ganado y las fieras, ni ser impresionado por la imaginación, ni ser movido como una marioneta por los impulsos, ni agruparse como rebaños, ni alimentarse; pues eso es semejante a la evacuación de las sobras de la comida. ¿Qué vale la pena, entonces? ¿Ser aplaudido? No. Por consiguiente, tampoco ser aplaudido por golpeteo de lenguas, que las alabanzas del vulgo son golpeteo de lenguas. Por tanto, has renunciado también a la vanagloria. ¿Qué queda digno de estima? Opino que el moverse y mantenerse de acuerdo con la propia constitución, fin al que conducen las ocupaciones y las artes. Porque todo arte apunta a este objetivo, a que la cosa constituida sea adecuada a la obra que ha motivado su constitución. Y tanto el hombre que se ocupa del cultivo de la vid, como el domador de potros, y el que amaestra perros, persiguen este resultado. ¿Y a qué objetivo tienden con ahínco los métodos de educación y enseñanza? A la vista está, pues, lo que es digno de estima. Y si en eso tienes éxito, ninguna otra cosa te preocupará. ¿Y no cesarás de estimar otras muchas cosas? Entonces ni serás libre, ni te bastarás a ti mismo, ni estarás exento de pasiones. Será necesario que envidies, tengas celos, receles de quienes pueden quitarte aquellos bienes, y tendrás necesidad de conspirar contra los que tienen lo que tú estimas. En suma, forzosamente la persona falta de alguno de aquellos bienes estará turbada y además censurará muchas veces a los dioses. Mas el respeto y la estima a tu propio pensamiento harán de ti un hombre satisfecho contigo mismo, perfectamente adaptado a los que conviven a tu lado y concordante con los dioses, esto es, un hombre que ensalza cuanto aquéllos reparten y han asignado.

Avalancha de cualidades: sencillez, bondad, pureza, respeto, modestia, justicia, benevolencia, afabilidad, responsabilidad. Insiste el autor en ser útil a la comunidad humana. Nos propone el ejemplo de Antonino Pío.
30. ¡Cuidado! No te conviertas en un César, no te tiñas siquiera, porque suele ocurrir. Mantente, por tanto, sencillo, bueno, puro, respetable, sin arrogancia, amigo de lo justo, piadoso, benévolo, afable, firme en el cumplimiento del deber. Lucha por conservarte tal cual la filosofía ha querido hacerte. Respeta a los dioses, ayuda a salvar a los hombres. Breve es la vida. El único fruto de la vida terrena es una piadosa disposición y actos útiles a la comunidad. En todo, procede como discípulo de Antonino; su constancia en obrar conforme a la razón, su ecuanimidad en todo, la serenidad de su rostro, la ausencia en él de vanagloria, su afán en lo referente a la comprensión de las cosas. Y recuerda cómo él no habría omitido absolutamente nada sin haberlo previamente examinado a fondo y sin haberlo comprendido con claridad; y cómo soportaba sin replicar a los que le censuraban injustamente; y cómo no tenía prisas por nada; y cómo no aceptaba las calumnias; y cómo era escrupuloso indagador de las costumbres y de los hechos; pero no era insolente, ni le atemorizaba el alboroto, ni era desconfiado, ni charlatán. Y cómo tenía bastante con poco, para su casa, por ejemplo, para su lecho, para su vestido, para su alimentación, para su servicio; y cómo era diligente y animoso; y capaz de aguantar en la misma tarea hasta el atardecer, gracias a su dieta frugal, sin tener necesidad de evacuar los residuos fuera de la hora acostumbrada; y su firmeza y uniformidad en la amistad; y su capacidad de soportar a los que se oponían sinceramente a sus opiniones y de alegrarse, si alguien le mostraba algo mejor; y cómo era respetuoso con los dioses sin superstición, para que así te sorprenda, como a él, la última hora con buena conciencia.

Magnífico consejo: nuestra alegría debe proceder de los méritos de aquéllos que conviven con nosotros. Las virtudes ajenas se muestran así como modelos, al tiempo que nos producen satisfacción. Todo lo contrario a la envidia
48. Siempre que quieras alegrarte, piensa en los méritos de los que viven contigo, por ejemplo, la energía en el trabajo de uno, la discreción de otro, la liberalidad de un tercero y cualquier otra cualidad de otro. Porque nada produce tanta satisfacción como los ejemplos de las virtudes, al manifestarse en el carácter de los que con nosotros viven y al ofrecerse agrupadas en la medida de lo posible. Por esta razón deben tenerse siempre a mano.



Seguiremos con Marco Aurelio en nuestra próxima entrada.

jueves, 18 de octubre de 2007

Voces griegas (y latinas) desde Castellón (III)

Un autor que ofrece siempre hermosas, o al menos útiles y siempre interesantes reflexiones, es Séneca.
Es un autor que tiene acérrimos enemigos y entusiastas seguidores. No soy ni lo uno ni lo otro, pero me gustan mucho ciertos pasajes de su obra, que permiten la reflexión y el manejo de ciertas situaciones desde otro punto de vista.
El cordobés tiene también reflexiones referidas a las relaciones humanas, pero las que aquí ofreceremos rebasan este límite. Hemos querido ofrecerlas, porque, ciertamente, son hermosas y, al tiempo, útiles, ya que tratan sobre aspectos tan diversos como el uso del tiempo, la conveniencia de la paz interior, la necesidad de la amistad y la constancia, o la necesidad de poseer un espíritu de pobreza.
Están todas extraídas de las Epístolas morales a Lucilio, y las ofrecemos en la traducción que, para la edición de Gredos, realizó Don Ismael Roca Meliá, que fuera profesor nuestro de Textos Latinos en la Facultad de Valencia y gran especialista en el filósofo cordobés.
En la primera cita, Séneca hace referencia a varios asuntos. En primer lugar, hay una llamada a la tranquilidad y a la reflexión profunda ante la agitación de los viajes. Después hay algo chocante: el filósofo aconseja la lectura de pocos, pero grandes y reconocidos escritores, y encuentra contraproducente la multitud de libros; en todo caso, respecto a la lectura, da un consejo interesante: ten tantos libros, cuantos puedas leer.
Como costumbre provechosa, Séneca recomienda la meditación diaria de algún pasaje de un autor reconocido.
La última frase de esta primera selección es un canto contra el consumismo y tiene mucho que ver con la austeridad cristiana. Hay que tener lo necesario y, todo lo más, lo suficiente, pero nunca lo superfluo y, aún menos, lo absolutamente prescindible. Pobre es quien ambiciona más. Plenamente actual, sin duda.
Libro I, epístola 2 (Los viajes y las lecturas):
Considero el primer indicio de un espíritu equilibrado poder mantenerse firme y morar en sí.
Mas evita este escollo: que la lectura de muchos autores y de toda clase de obras denote en ti una cierta fluctuación e inestabilidad.
Es conveniente ocuparse y nutrirse de algunos grandes escritores, si queremos obtener algún fruto que permanezca firmemente en el alma. No está en ningún lugar quien está en todas partes. A los que pasan la vida en viajes les acontece esto: que tienen múltiples alojamientos y ningunas amistades. Es necesario que acaezca otro tanto a aquellos que no se aplican al trato familiar de ingenio alguno, sino que los manejan todos al vuelo y con precipitación.
El cuerpo no aprovecha ni asimila el alimento que expulsa tan pronto como lo ingiere; nada impide tanto la curación como el cambio frecuente de remedios; no llega a cicatrizar la herida en la que se ensayan las medicinas; no arraiga la planta que a menudo es trasladada de sitio; nada hay tan útil que pueda aprovechar con el cambio. Disipa la multitud de libros; por ello, si no puedes leer cuantos tuvieres a mano, basta con tener cuantos puedas leer…
Así, pues, lee siempre autores reconocidos y, si en alguna ocasión te agradare recurrir a otros, vuelve luego a los primeros. Procúrate cada día algún remedio frente a la pobreza, alguno frente a la muerte, no menos que frente a las restantes calamidades, y cuando hubieres examinado muchos escoge uno para meditarlo aquel día. Esto es lo que yo mismo hago; de los muchos pasajes que he leído me apropio alguno. El de hoy es éste que he descubierto en Epicuro (pues acostumbro a pasar al campamento enemigo no como tránsfuga, sino como explorador): “cosa honesta – dice – es la pobreza llevada con alegría”.
Mas no es pobreza aquella que es alegre; no es pobre el que tiene poco, sino el que ambiciona más…
¿Preguntas cuál es el límite conveniente de las riquezas? Primero tener lo necesario, luego lo suficiente.
Segunda selección. Elección de los amigos: asunto serio, difícil y profundo. Séneca define al verdadero amigo como aquél en quien confiamos tanto como en nosotros mismos, si le hemos considerado digno de llevar el nombre de amigo, tras un período de “juicio” sobre sus cualidades. Es necedad, en cambio, encariñarse con alguien antes de haber realizado este ejercicio crítico, en el sentido primigenio del término (del griego κριτικός, capaz de juzgar). Elegir un amigo y recibirlo en nuestra amistad requiere larga reflexión; si, realizada ésta, nuestra decisión para aceptarlo como amigo es favorable, lo deberemos acoger con todas las consecuencias y deberá ser nuestro alter ego.
A continuación, Séneca censura tanto el exceso, como el defecto, es decir, tanto a quienes largan confidencias a desconocidos, como a cuantos se muestran cerrados y poco francos con los más queridos.
Libro I, Epístola 3 (Elección de los amigos):
Pero si consideras amigo a uno en quien no confías en la misma medida que en ti mismo, te equivocas de medio a medio y no has valorado con justeza la esencia de la verdadera amistad. Tú, al contrario, examina todas las cosas en el amigo, pero antes que nada a él mismo: una vez contraída la amistad hemos de confiarnos, antes de contraerla hemos de juzgar. Mas invierten el orden de su actuación quienes, en contra de los principios de Teofrasto, juzgan después de haberse encariñado, en vez de encariñarse después de haber juzgado. Reflexiona largo tiempo si debes recibir a alguien en tu amistad. Cuando hayas decidido hacerlo, acógelo de todo corazón: conversa con él con la misma franqueza que contigo mismo…
Algunos cuentan a quienes les salen al paso lo que sólo a los amigos ha de confiarse y largan a los oídos de cualquiera cuanto les atormenta; otros, por el contrario, se resisten a la confidencia incluso con los más queridos y, como gente que, si pudiese, ni siquiera confiaría en sí, ocultan en su interior todo secreto. Ni lo uno ni lo otro ha de hacerse; pues ambas cosas son defectuosas: lo mismo el fiarse de todos, como el no fiarse de nadie; ahora bien, lo primero lo calificaría de vicio más honesto; lo segundo, de más seguro.
De la epístola siguiente seleccionamos una sola frase; en ella se citan tres cualidades realmente valiosas en las relaciones humanas: sentido común, afabilidad y sociabilidad. ¡Nos faltan tantas veces en nuestra relación con los demás que debemos recordarlas para tratar de tenerlas siempre presentes! Libro I, Epístola 5 (Evitar la singularidad y limitar los deseos):
Esto es lo primero que garantiza la filosofía: sentido común, trato afable y sociabilidad, objetivo éste del que nos separará la desemejanza.
Tres ideas he elegido de la epístola sexta.
La primera: quien sabe que es imperfecto y sabe ver sus defectos y asumirlos, tiene “un alma perfeccionada”.
La auténtica amistad no la destruye nada; al contrario, por los amigos hay que dar hasta la vida. Ello nos recuerda la frase del evangelio de Juan (15,13): maiorem hac dilectionem nemo habet, ut animam suam quis ponat pro amicis suis (= nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos).
Tercero, y muy importante. Hemos de ser nuestros propios amigos. Tiene tres ventajas: está en nuestras manos serlo, evitaremos la soledad, es un inicio para la autoposesión y el dominio de nosotros mismos.
Libro I, Epístola 6 (La verdadera amistad. Hay que convivir con el amigo):
Esta es la prueba cabal de un alma perfeccionada: el que descubre los propios defectos que todavía ignoraba; a ciertos enfermos se les felicita cuando advierten que lo están…
Así, pues, quisiera compartir contigo el súbito cambio experimentado en mí; entonces comenzaría a tener una confianza más firme en nuestra amistad, en aquella amistad auténtica que ni la esperanza, ni el miedo, ni la búsqueda del propio provecho destruyen, en aquella amistad con la que mueren y por la que mueren los hombres…
Entretanto te daré a conocer, ya que te debo el pequeño obsequio diario, la frase de Hecatón que hoy me ha encantado. Dice así: “¿Me preguntas en qué he aprovechado? He comenzado a ser mi propio amigo”. Mucho ha aprovechado: nunca estará solo. Ten presente que un tal amigo es posible a todos.
La epístola 16 es un bello canto a la filosofía, con hermosas metáforas y una frase que destaco: Sin ella nadie puede vivir sin temor, nadie con seguridad.
El párrafo siguiente, dedicado a los deseos surgidos de la naturaleza, se comenta por sí mismo.
Libro II, Epístola 16 (La filosofía es necesaria para la felicidad. Hay que seguir los dictados de la naturaleza):
La filosofía no es una actividad agradable al público, ni se presta a la ostentación. No se funda en las palabras, sino en las obras. Ni se emplea para que transcurra el día con algún entretenimiento, para eliminar del ocio el fastidio: configura y modela el espíritu, ordena la vida, rige las acciones, muestra lo que se debe hacer y lo que se debe omitir, se sienta al timón y a través de los peligros dirige el rumbo de los que vacilan. Sin ella nadie puede vivir sin temor, nadie con seguridad; innumerables sucesos acaecen cada hora que exigen un consejo y éste hay que recabarlo de ella…
Los deseos de la naturaleza son limitados; los que nacen de la falsa opinión no saben dónde terminar, pues no hay término para lo engañoso. El que va por buen camino encuentra un final; el extravío no tiene fin. Aléjate, por tanto, de la vanidad, y cuando quieras saber si lo que pides responde a un deseo natural o a una ciega codicia, examina si pude detenerse en algún punto: si habiendo avanzado un gran trecho, siempre le queda otro más largo, ten por seguro que tal deseo no es natural.

La epístola 23 es una invitación a sentir el auténtico gozo, que nace del alma. Después hace una invitación a la reflexión, a la buena conciencia, a las rectas acciones, a las honestas decisiones, al sereno discurrir de la vida. Casi nada.
Libro III, Epístola 23 (El gozo y el bien verdaderos brotan de la virtud del alma)
Ha llegado a la perfección quien sabe de qué gozar, quien no ha dejado su felicidad al arbitrio ajeno. Anda angustiado e inseguro de sí mismo aquel a quien cautiva alguna esperanza, aunque esté a su alcance conseguirla, aunque sea de fácil acceso, aunque nunca sus esperanzas le hayan defraudado. Éste es tu primer cometido, querido Lucilio: aprende a sentir el gozo… Créeme, el gozo verdadero es cosa seria…
Los metales poco valiosos se explotan a flor de tierra; son, en cambio, muy valiosos aquellos cuyo filón se esconde en profundidad, pronto a corresponder con más abundancia al tesón del excavador. Las diversiones en que se deleita el vulgo brindan un placer ligero y muy superficial, y toda alegría que es afectada, carece de fundamento; ésta de que te hablo, hacia la cual intento conducirte, tiene solidez y se manifiesta más bien en el interior del alma…
Trabaja, te lo ruego, Lucio carísimo, sólo en aquello que puede hacerte feliz. Arroja y pisotea esos objetos que brillan por fuera, que te prometen otros o por otro motivo; atiende al único bien y goza de lo tuyo. ¿Qué quiere decir “de lo tuyo”? De ti mismo y de tu parte más noble…
La apetencia del verdadero bien carece de peligro. ¿Cuál es la naturaleza de éste, preguntas, y de dónde emana? Te lo diré: de la buena conciencia, de las honestas decisiones, de las acciones rectas, del desprecio al azar, del sereno y continuo discurrir de la vida que recorre un solo camino. Porque aquellos que de unos propósitos pasan de golpe a otros, o que ni siquiera pasan sino que son empujados por cualquier eventualidad, ¿cómo, indecisos e inconstantes, pueden mantener una postura segura y duradera?
Pocos son los que mediante la reflexión ponen orden en sí mismos y en sus cosas.

De la Epístola 27 extraemos este mensaje: la virtud es difícil de alcanzar, pero nos proporciona el bien supremo y el esfuerzo merece la pena.
Libro III, Epístola 27 (El esfuerzo por la virtud, bien supremo, es una labor personal)
Trata mejor de conseguir algún bien que permanezca; mas no existe ninguno fuera del que el alma descubre en sí misma. Sólo la virtud proporciona el gozo perenne, seguro; aunque se presente algún obstáculo, éste se interpone a la manera de las nubes que se mueven en las capas bajas y no impiden la claridad.
En esta epístola 37 hallamos el lema de la Universitat Jaume I de Castelló: sapientia sola libertas est. A fe que quien eligió ese lema estaba muy inspirado y acertó en ese lema para una universidad.
La frase: sométete tú mismo a la razón, es también muy hermosa. Muchas personas han dilapidado su vida por no haber aplicado la razón en más ocasiones durante su existencia.
Libro IV, Epístola 37 (El compromiso de la sabiduría)
Cosa rastrera es la necedad, abyecta, despreciable, servil, sometida a muchas y muy violentas pasiones. A estos tan severos déspotas, que a veces mandan por turno, a veces a la par, los aleja de ti la sabiduría que constituye la única libertad. Único es el camino que a ella nos conduce, directamente por cierto; por él no te desviarás. Anda con paso firme. Si quieres someter a ti todas las cosas, sométete tú mismo a la razón. A muchos gobernarás, si la razón te gobernare a ti. Aprenderás de ella qué proyectos debes acometer y de qué manera; no te cogerán de sorpresa los acontecimientos.
Ni uno solo me podrás nombrar que sepa cómo ha comenzado a querer lo que quiere; no le ha conducido a ello su razón, sino que lo ha lanzado su instinto. La fortuna no tropieza con nosotros menos frecuentemente que nosotros con ella. Lo vergonzoso no es que uno vaya a su ritmo, sino que se vea arrastrado y que, inmerso de repente en la vorágine de los acontecimientos, pregunte con sorpresa: “¿Cómo he llegado yo aquí?”.



Vamos con la última epístola seleccionada, en este breve repaso de citas senequianas.
El primer paso para avanzar en el camino hacia la virtud es reconocer nuestros defectos, porque es de nuestro interior de donde surge el mal. Hay una relación entre estas palabras y las que proclama Jesús en el evangelio de Mateo, 15, 11: No mancha al hombre lo que entra por la boca; lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre.
Libro V, Epístola 50 (Hemos de reconocer los defectos y confiar en corregirlos)
¿Por qué nos engañamos? Nuestro mal no procede del exterior; se halla dentro de nosotros, radica en nuestras mismas entrañas y la causa de que difícilmente alcanzamos la salud está en desconocer que padecemos la enfermedad. Y caso de que comencemos la curación, ¿cuándo destruiremos la fuerza poderosa de tantas enfermedades?... Hemos de afanarnos; y, para decir la verdad, tampoco es grande el esfuerzo, a condición de que, como he indicado, comencemos a modelar, a reformar nuestra alma antes de que se endurezca en el vicio.
En próximas entradas seguiremos con este repaso a las voces griegas y latinas, en relación con las relaciones interpersonales, la condición humana y la actitud ante determinadas situaciones de la vida.

sábado, 6 de octubre de 2007

Voces griegas (y latinas) desde Castellón (II)

En nuestra anterior entrada, primer capítulo de esta serie, explicábamos el propósito de esta nueva tanda de modestas aportaciones al blogosférico universo. En este segundo, iniciamos ya éstas, entre las cuales haremos nuestras propias reflexiones.
Allá vamos. Comenzaremos con algo divertido y, en cierto modo, exagerado. Son los pequeños retratos que Teofrasto hiciera sobre diferentes caracteres de los seres humanos. De su lectura podemos extraer conclusiones interesantes y, de seguro, que en alguno de los caracteres veremos retratado a alguna persona conocida, o con la que en cierta ocasión, tratamos. Es posible incluso, que, en algún aspecto de algún carácter, nos veamos un poquito identificados.
En primer lugar ofrecemos fragmentos de la introducción a la obra citada, que se ofrece en compañía de las cartas de parásitos y cortesanas de Alcifrón, que hace Elisa Ruiz García en la edición de Gredos:
A nuestro modo de ver, el libro de los Caracteres no es otra cosa que una pieza más de esa espléndida maquinaria intelectual que fue el sistema filosófico ideado por el Estagirita (Aristóteles). La obra que comentamos es una mímesis de los defectos – que no de los vicios – que aquejan frecuentemente a la gente mediocre y carente de formación. Las descripciones están realizadas con ese don de la eutrapelia que caracteriza al hombre de ingenio. Gracias a ello se pone en funcionamiento el sutil mecanismo de la risa. La sola presencia de esta manifestación anímica arrastrará consigo los benéficos efluvios ya analizados, permitiendo que surta efecto la intención próxima de la paideía (παιδεία) y su objetivo final de la philantropía (φιλανθρωπία)…
Algo de todo ello queda plasmado en esos esbozos magistrales (el adjetivo se refiere al contenido de los testimonios que son un modelo de fina observación psicológica, sutil ironía y capacidad de concreción; desde el punto de vista de la calidad de la prosa dejan mucho que desear), en los que despacha de un plumazo – apenas una treintena de líneas - el retrato acabado de una forma de ser. Todavía hoy sus descripciones tienen plena vigencia, pues ha sabido captar lo que es esencial y, al mismo tiempo, pertinente en cada tipo psicológico. Buena prueba de su lucidez e inteligencia es la vía narrativa y el tono discursivo empleados. No se trata de sesudas reflexiones o de exquisitas disquisiciones sobre la condición humana en la estricta línea de la investigación aristotélica, sino de una bocanada de humor sano y reconfortante sobre los defectos inherentes a nuestra calidad de seres racionales. La lectura de estos breves capítulos produce un efecto catártico sobre nuestra propia conducta y acrecienta la capacidad de comprensión y de ternura hacia el prójimo y sus debilidades. No hay una visión inmisericorde de nuestros errores ni una actitud punitiva o moralizadora, tan sólo un dibujo hecho con finos trazos e intención caricaturizante.
Hasta aquí algo de lo que podemos leer en la introducción, realmente interesante, de Elisa Ruiz. Concluimos con otro fragmento de esa introducción:
El término griego kharaktēr (χαρακτήρ) servía originariamente para designar el instrumento que deja una huella o graba, por ejemplo, el troquel y, también, el efecto de esta acción, esto es, la impronta marcada. Un uso metafórico del vocablo lo llevó a significar “señal”, “distintivo”. Probablemente bajo esta acepción lo utilizó Teofrasto, quien, tal vez, introdujo la novedad de aplicarlo al alma humana. Según P. Steinmetz, el plural que figura como título de la obra estaría justificado por ser una denominación genérica, algo así como “rasgos”.

Los 30 caracteres que describe Teofrasto son:

  1. Del fingimiento.
  2. De la adulación.
  3. De la charlatanería.
  4. De la rusticidad.
  5. De la oficiosidad.
  6. De la desvergüenza.
  7. De la locuacidad.
  8. De la novelería.
  9. De la gorronería.
  10. De la sordidez.
  11. Del gamberrismo.
  12. De la inoportunidad.
  13. Del entrometimiento.
  14. De la torpeza.
  15. De la grosería.
  16. De la superstición.
  17. De la insatisfacción de su propia suerte.
  18. De la desconfianza.
  19. De la guarrería.
  20. De la impertinencia.
  21. De la vanidad.
  22. De la tacañería.
  23. De la manía de grandezas.
  24. De la altanería.
  25. De la cobardía.
  26. De la oligarquía.
  27. Del afán tardío de educación.
  28. De la maledicencia.
  29. De la afición a la maldad.
  30. De la codicia

Probablemente haya quien no vea relación entre la introducción que ofrecíamos en la anterior entrada y la obra con la que iniciamos los textos clásicos que tratan sobre las relaciones humanas. Nosotros creemos que hay que tener claro que los seres humanos están caracterizados por una serie de distintivos o marcas (caracteres) que los hacen especiales y únicos. Es cierto que podemos englobar en determinado carácter a un grupo grande de personas; mejor expresado, hay personas de caracteres muy afines. El carácter indudablemente nos modela y, a veces, es un impedimento, o una ventaja, para nuestras relaciones. Alguien dirá, con razón, que un ser humano es algo único e irrepetible, y es cierto, pero no se nos escapa que determinado número de individuos responden a unos distintivos o marcas comunes.
De todos estos caracteres que presenta Teofrasto ofreceremos aquéllos que consideramos más frecuentes, que son más graciosos o que se acercan al de algunas personas con las que, de seguro, hemos tratado. Evidentemente, los lectores deberán cambiar las circunstancias y situaciones de la Grecia antigua por situaciones de la actualidad y entender que hay cierto grado de hipérbole en la descripción teofrástica. Asimismo, a buen seguro que nuestras mentes sabrán establecer comparaciones entre las situaciones o ejemplos que describe Teofrasto sobre cada carácter y los que se puedan producir hoy en día.
Del primer ejemplo que aportamos, seguro que conocemos alguna persona. No es un rasgo raro o insólito entre las personas. También es interesante destacar que conocer los caracteres-tipo de ciertos individuos nos permite saber tratarlos mejor, con más conocimiento de causa.
Veamos ya qué es un charlatán.
De la charlatanería.
La charlatanería es una propensión a hablar mucho y fuera de propósito. El charlatán es un individuo capaz de sentarse al lado de alguien a quien no conoce y, para empezar, le hace el canto de su propia esposa; luego, le cuenta lo que ha soñado la noche anterior; después, describe con todo lujo de detalles lo que tuvo para cenar. A continuación, pasando de un tema a otro, afirma que los hombres de hoy son mucho peores que los de antaño, y que el trigo en el mercado está a muy buen precio, y que hay una gran afluencia de extranjeros, y que a partir de las Dionisias el mar es de nuevo navegable, y que si Zeus mandara más lluvia, mejoraría la situación del campo, y lo que cultivará en su tierra el año próximo, y que la vida está difícil, y que Damipo ha consagrado una antorcha grandísima en los Misterios, y cuántas son las columnas del Odeón, y “Ayer vomité” y “¿Qué día es hoy?”. Si se le aguanta, él no ceja: “en el mes de Boedromión se celebran los Misterios; en el de Pianepsión, las Apaturias, y en el de Posideón, las Dionisias rurales”.
[Es preciso huir a todo meter de tales individuos, si se quiere evitar una calentura. Pues resulta trabajoso pararle los pies a los que no distinguen entre la actividad y el ocio]

Hay personas que decimos que tienen el don de la inoportunidad. Todos sabemos a qué nos referimos. Teofrasto exagera un poco, pero los ejemplos que pone son bastante próximos (mutatis mutandis, claro está).
De la inoportunidad.
La inoportunidad es una intervención extemporánea que perturba a las personas de nuestro entorno. El inoportuno actúa de la forma siguiente. Se acerca a hacerle sus confidencias a alguien, cuando precisamente está ocupado. Intenta cortejar a su amada, en una ocasión en que ella está con fiebre. Va a pedirle que sea su fiador a un individuo que acaba de ser condenado por un asunto de garantías. Se presenta como testigo de una causa que ya ha sido juzgada. Invitado a una boda, pronunciará duras acusaciones contra el sexo femenino. Al que acaba de llegar de una larga caminata, le propondrá dar un paseo. Asimismo, es capaz de traerle un comprador que ofrece más a quien ha cerrado un trato, y de levantarse y explicar todo desde el principio a los que ya tienen noticias y están al cabo del asunto. Pone todo su empeño en prestar unas atenciones que el interesado no desea, pero que, por pudor, no sabe rehusar. Cuando unas personas están celebrando un banquete, tras un sacrificio, se presenta para reclamar unos intereses. Si delante de él se azota a un esclavo, él explicará que en una ocasión un criado suyo se ahorcó después de un castigo similar. En el caso de que actúe de árbitro en un litigio, incita a las partes contendientes, a pesar de que ambas deseen una conciliación. Y arrastra a bailar a alguien que no está bajo los efectos del vino.
Todos conocemos personas groseras. El diccionario de la RAEL define así “grosero”: basto, ordinario y sin arte // descortés, que no observa decoro ni urbanidad.
De éstos hay muchos.
De la grosería.
La grosería es una tosquedad en el trato que se manifiesta verbalmente. El grosero, si alguien le pregunta: “¿Dónde está Fulano?”, replica: “Y a mí que me importa.” Cuando se le saluda, no contesta. Si vende algo, no dice a sus compradores el precio que pide, sino que inquiere cuáles son las pretensiones del cliente. A los que le dan muestras de estima y le envían algún obsequio con motivo de las fiestas, él objeta que no le resultará regalado. Es incapaz de perdonar a quien le mancha, le empuja o le pisa involuntariamente. Al amigo que le pide su contribución en un préstamo, primero se la niega, y luego, se presenta con ella, afirmando que se trata de un dinero perdido. Si da un tropezón en el camino, se pone a maldecir la piedra. No consiente aguardar a alguien por mucho tiempo. Tampoco accede a cantar, recitar o bailar. E, incluso, se atreve a no implorar a los dioses.
El impertinente, dice la RAE, es aquél excesivamente susceptible; que muestra desagrado por todo, y pide o hace cosas que son fuera de propósito.
Voy a contar algo que me ocurrió este verano con una persona a la que califico de impertinente.
Aeropuerto de Schiphol en Amsterdam. Vengo de un vuelo desde Budapest y debo conectar con otro de KLM Amsterdam-Madrid. Vamos con retraso, muy justos de tiempo para coger la conexión. Buscamos la puerta de embarque e iniciamos un largo recorrido por el aeropuerto siguiendo la estela de los paneles luminosos amarillos. Llegamos a un control de pasaportes. Los nervios, las prisas, la necesidad de asegurarse o de confirmarse en lo que se sabe, me hacen preguntar, en mi pésimo inglés, a la moza holandesa, funcionaria de aduanas, si por allí vamos a la puerta D28. Era una pregunta casi retórica, hecha para escuchar un tranquilizador, y también esperado, sí. La señorita, en efecto, pudiera haber dicho simplemente: “sí, señor = Yes, sir”. Pues no. Me pregunta en inglés: ¿Usted que piensa? ¿Usted ve el cartel luminoso? ¿Qué pone allí? Y no sé qué más. Todo esto con un tono y una cara de auténtica IMPERTINENTE. Me quedé con ganas de decirle algo feo en valenciano, pero me aguanté. Esta persona demostró unas nefastas condiciones para trabajar cara al público y un don de gentes, como suele decirse, a la altura del betún. Me pasé todo el viaje de vuelta a Madrid en avión y a Castellón en coche pensando en ello. Me provocó un malestar durante unos días, hasta que di con este texto de Teofrasto y me dije: “aquí está”, sobre todo por la frase:” Entretiene a los que están a punto de embarcarse”; esta chica es una impertinente, o al menos a mí me lo pareció.
De la impertinencia.
La impertinencia es, en lo que a tañe a su definición, una forma de trato que, sin dañar, causa fastidio. El impertinente es un individuo capaz de ir y despertar a uno que acaba de dormirse para hablar con él. Entretiene a los que están a punto de embarcarse, y, en cambio, si vienen a visitarle, pide que aguarden hasta que vuelva del paseo. A la nodriza le quita el niño de los brazos y le da de comer masticándole él mismo los alimentos, y, al tiempo que lo besuquea, utiliza diminutivos cariñosos y lo llama “bribonada de su abuelo”. Mientras come, cuenta que ha evacuado por arriba y por abajo gracias al eléboro, que ha bebido, y que en sus deposiciones la bilis era más negra que la sopa que está sobre la mesa. No le importa preguntar en presencia del servicio: “Dime, mamá, ¿qué día era cuando tuviste los dolores y me pariste?” Afirma que en su casa el agua está fría gracias a un depósito; que su huerto produce verduras de todas clases y muy tiernas; que su cocinero tiene muy buena mano; que su vivienda se asemeja a un albergue, pues siempre está llena, y que sus amigos son como una vasija agujereada, ya que no consigue hartarlos, a pesar de sus buenos oficios. Cuando actúa de anfitrión, le ensalza a su compañero de mesa los méritos de su parásito, y, al tiempo, que los invita a beber, les declara que ha preparado una grata sorpresa a los comensales y que, si así lo desean, el esclavo irá a buscarla a casa del proxeneta para que “Todos oigamos su música y disfrutemos.”
Y con el impertinente concluimos el pequeño desfile de caracteres teofrásticos.
La intención de este segundo capítulo:
· tener claro que las personas tienen unas características, según las cuales, se pueden agrupar (siendo, no obstante, únicas e irrepetibles, y dotadas de intrínseca dignidad).
· aprender a tratar a las personas a partir del conocimiento de estos caracteres, huyendo, eso sí, siempre de los prejuicios, los estereotipos y las imágenes preconcebidas. Pensamos que no debemos confundir prejuicio o estereotipo con carácter, característica.
· Es decir, cuanto más conozcamos al ser humano mejor podremos interconectar, relacionarnos y comunicarnos con él.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Voces griegas (y latinas) desde Castellón (I)

No, no es éste un nuevo blog que pretenda competir con el de Ana desde Benicàssim (esa competencia requeriría de ímprobos esfuerzos y, a buen seguro, aun con esfuerzo y dedicación, no lograríamos hacer nuestro blog más atractivo e interesante que el suyo).
Lo de las voces griegas (y latinas) se explica a continuación.
Hemos comenzado un nuevo curso. Hemos tenido un junio, un julio y un septiembre de mucho trabajo, pero, por fin, llegan los meses de actividad ¿normal?, en los que hay que afrontar el día a día, sin agobios ni premuras, ni cálculos, ni carreras, ni confecciones de listas o calendarios, ni casillas de horarios o asignaciones departamentales.
Lo que sí hemos de aplicar es el tacto, la escucha activa, la paciencia, la serenidad de ánimo, la empatía, como siempre, por otra parte. En el contacto con los alumnos y los compañeros profesores hay que tener grandes dosis de estas “virtudes”, ninguna de ella innata en el ser humano y, por tanto, todas ellas adquiribles, susceptibles de ser aprendidas, practicadas, ejercitadas, mejoradas y perfeccionadas.
Cada día estoy más convencido de la complejidad del alma humana, de la diversidad de los caracteres, de la importancia de saber comunicarse, relacionarse y empatizar con el otro, de la necesidad de la amistad. Algo muy difícil, porque siempre hay personas que nos “sacan de las casillas” o con las cuales la relación se hace especialmente compleja y espesa. En la otra parte de la balanza, hay personas que nos apoyan, nos dan fuerzas, nos aconsejan, nos valoran, nos suben la autoestima y con las que siempre podemos contar; es a ellas a las que podemos llamar amigos.
En cuanto a las relaciones personales, si al carácter de los demás, unimos la idiosincrasia del nuestro, muchas veces, opuesto y siempre distinto, la dificultad para que éstas discurran por el cauce del entendimiento absoluto y perenne es mayor.
Determinadas situaciones vitales exigen de nosotros un mayor contacto con nuestros semejantes, o una relación distinta a la que, hasta cierto momento, manteníamos y es entonces cuando tenemos que usar con mayor asiduidad y delicadeza esas “virtudes” mencionadas y cuando tenemos que reflexionar sobre los distintos caracteres o personalidades, especialmente la nuestra para tratar de hacerla más asequible y abierta a los demás.
Especialmente con los alumnos, la necesidad de empatizar en los tiempos que corren es esencial Con ellos tendremos que sacar el mayor rendimiento de nuestras destrezas comunicativas y relacionales.
Esas cavilaciones o reflexiones sobre las relaciones interpersonales me han traído a la mente frases, fragmentos u obras de autores clásicos griegos y latinos relacionadas, de alguna forma, con lo que he comentado y que ahora quiero compartir con quienes se acerquen a leer las aportaciones que escribo en este “blog”. Son reflexiones sobre la condición humana, sobre la postura ante las dificultades, la elección de las amistades, las “virtudes” que debemos cultivar, etc.
Así que lo de voces griegas y latinas se refiere a las citas que a continuación ofreceré en una miscelánea que muchos, con razón, tildarán de caótica, y que no estará carente, en algún momento, como se verá, de cierto sentido del humor.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Delfines en selectividad (y V)

Si en el pasado capítulo hacíamos referencia a la caza indiscriminada de delfines en Brasil, hoy debemos referirnos a una epidemia que está afectando a los delfines del Mediterráneo. Puede leerse la noticia aquí y aquí. Y todavía otra mala noticia referida a los delfines. Parece ser que el delfín blanco del río Yangtsé, en China, se ha extinguido debido a la presión de la actividad humana. Es éste un cetáceo de agua dulce.
Tras estas malas noticias sobre nuestros amigos los delfines, vamos con la última entrega de esta serie dedicada a textos clásicos en los que aparece el delfín, y que iniciamos a propósito de un texto de Plinio el Viejo que salió en la prueba de Latín II en los exámenes de selectividad de junio.
Hay otros dos episodios en los que Claudio Eliano coincide en parte con Plinio el Viejo. En uno de ellos se nos cuenta una colaboración entre pescadores y delfines para atrapar cierto tipo de peces.
Plinio sitúa esta sociedad de pesca en la provincia Narbonense, en el distrito de Nemauso (Nîmes) y, en concreto en el lago Latera. Lo narra en su Historia Natural IX, 29 y siguientes:
29. En la provincia Narbonense, en el distrito de Nemauso (la actual Nîmes), hay un lago llamado Latera donde los delfines pescan en sociedad con el hombre. En un momento determinado irrumpe en el mar por el desaguadero del lago una gran cantidad de mújoles que han estado aguardando el reflujo de la marea. No es posible tender las redes por esa razón, porque el peso no sería soportable de ningún modo, aunque los mújoles no esperasen astutamente la ocasión. De forma igualmente inteligente, se dirigen hacia las aguas profundas de una sima próxima, apresurándose a huir del único lugar adecuado para extender las redes. 30. Los pescadores se dan cuenta de esto – pues se congrega una multitud que conoce la fecha, deseosa de diversión – y todo el pueblo desde la costa llama a “Simón” (se trata de un juego de palabras; el nombre propio que se atribuye a los delfines tiene que ver con el adjetivo simus “chato”, puesto que el hocico plano era uno de sus rasgos más relevantes) con toda la fuerza de sus pulmones, para que se produzca el desenlace del espectáculo; los delfines oyen enseguida la llamada si el soplo del Aquilón acompaña a la voz; en cambio el Austro la retarda, al soplar en sentido opuesto, pero también en ese caso acuden corriendo en su ayuda cuando menos lo esperan. 31. Rápidamente aparece un batallón de delfines que se sitúa en el lugar donde se ha entablado el combate. Impiden a los asustados mújoles el acceso a alta mar y los empujan hacia aguas poco profundas; entonces los pescadores los rodean con las redes y las levantan con los tridentes. Los mújoles saltan por encima gracias a su rapidez; pero los delfines los reciben y, contentándose de momento con que mueran, aplazan su comida hasta la victoria. 32. El escenario de la lucha hierve de actividad y los delfines se divierten dejándose encerrar en las redes y empujando fuertemente a los mújoles; se deslizan entre las barcas y las redes o los nadadores tan suavemente que no abren ninguna salida para no incitar al enemigo a la huida. Ninguno intenta huir de un salto, cosa que les resulta divertido en otras ocasiones, a no ser que se les bajen las redes. Una vez que han salido, luchan ante la muralla de redes. Y así, terminada la captura, se distribuyen los mújoles que han matado, pero, dándose cuenta de que se trata de un esfuerzo demasiado extenuante para que la recompensa dure un solo día, los guardan para el día siguiente y comen, además de peces, pan mojado en vino.
33. Lo que cuenta Luciano respecto a este mismo tipo de pesca en el golfo de Jaso se diferencia en que los delfines aparecen espontáneamente, sin ser llamados, y reciben su parte de las manos, y cada barca tiene a uno de los delfines como socio, aunque sea de noche y a la luz de las antorchas.
Por su parte, Claudio Eliano en Historia de los animales, II, 8 narra lo siguiente sobre la pesca en sociedad con delfines, esta vez en la isla de Eubea:
Consejas provenientes de Eubea dicen que los pescadores de aquella isla se reparten con los delfines las presas capturadas. Y he oído que la pesca se hace de la siguiente manera. Es menester que el mar esté en calma y, si sucede así, fijan a la proa de las barcas braseros huecos con pujante fuego dentro; son transparentes, de manera que contienen el fuego y no ocultan la luz. Las llaman linternas. Pues bien, los peces se asustan del resplandor y quedan deslumbrados. Y algunos, ignorantes del significado de lo que ven, se acercan porque quieren saber lo que provoca su miedo. Luego, presas de terror, se quedan quietos, apiñados cerca de una roca, estremeciéndose de miedo, o son arrojados y empujados a lo largo de la costa y parecen aturdidos. A veces puestos en este trance es fácil arponearles. Así, cuando los delfines ven que los pescadores han encendido el fuego, se preparan para actuar. Los hombres reman tranquilamente y, mientras tanto, los delfines, atemorizando a los peces, los van empujando y les impiden escapar. Así que los peces, empujados por todas partes, y, en cierto modo, copados por los pescadores que reman y por los delfines que nadan, se dan cuenta de que no pueden escapar, se quedan quietos y son capturados en grandes cantidades. Y los delfines se acercan como si pidieran la parte debida a ellos en la provisión de comida, como paga del trabajo común, y los pescadores, leales y agradecidos, dejan a los camaradas que les ayudaron en la pesca su justa porción, por si desean llegar hasta ellos de nuevo sin ser llamados y dispuestos a ayudar; porque los trabajadores del mar de aquellas latitudes creen que si no hacen esto tendrán por enemigos a los que antes tuvieron por amigos.
En el capítulo 33 de la obra citada de Plinio hay una breve alusión a otra “virtud” de los delfines que, como no, también nos transmite Eliano.
Esto dice Plinio:
Además, los delfines tienen también una alianza entre sí. Tras ser capturado uno de ellos por el rey de Caria y estando atado en un puerto, acudieron los demás formando una gran muchedumbre para tratar de obtener misericordia, dando perceptibles muestras de tristeza, hasta que el rey ordenó soltarlo.
Eliano nos habla de un caso parecido en Historia de los animales, V, 6:
El delfín es un animal que ama a sus congéneres y testimonio de esto es Eno, ciudad de Tracia. Aconteció que fue capturado y herido un delfín, pero no de muerte, sino que el capturado podía todavía vivir. El animal se desangraba. Lo advirtieron los delfines que estaban libres y llegaran en tropel al puerto, donde se pusieron a dar brincos y mostraban la intención de hacer algo nada bueno. Los captores tuvieron miedo y soltaron al prisionero. Y aquéllos, escoltándole como si se tratara de alguno de la familia, se marcharon. Mas rara vez un hombre se avendrá a atender o a preocuparse por un pariente, sea hombre o mujer, en la desgracia.
Terminamos nuestro recorrido por algunos ejemplos de la literatura clásica que tratan sobre el delfín con la fábula 75 (305, en la edición de Chambry) de Esopo, titulada El mono y el delfín.
En ella, encontramos una reacción violenta de un delfín ante las mentiras de un mono al que ha rescatado. No es de extrañar en las fábulas este comportamiento extremo, que castiga las mezquindades de los animales, que deben ser siempre referidas a los seres humanos. Éste es el texto griego
ΔΕΛΦΙΣ ΚΑΙ ΠΙΘΗΚΟΣ
ἔθος ἐστὶ τοῖς πλέουσιν ἐπάγεσθαι κύνας Μελιταίους καὶ πιθήκους πρὸς παραμυθίαν τοῦ πλοῦ. καὶ δή τις πλεῖν μέλλων πίθηκον συνανήνεγκε. γενομένων δὲ αὐτῶν κατὰ τὸ Σούνιον (ἐστὶ δὲ τοῦτο ᾿Αθηναίων ἀκρωτήριον) συνέβη χειμῶνα σφοδρὸν γενέσθαι. περιτραπείσης δὲ τῆς νηὸς καὶ πάντων διακολυμβώντων καὶ ὁ πίθηκος ἐνήχετο. δελφὶς δὲ θεασάμενος αὐτὸν καὶ οἰόμενος ἄνθρωπον εἶναι ὑπεξελθὼν διεκόμιζεν. ὡς δὲ ἐγένετο κατὰ τὸν Πειραιᾶ, τὸν τῶν ᾿Αθηναίων λιμένα, ἐπυνθάνετο τοῦ πιθήκου, εἰ τὸ γένος ᾿Αθηναῖός ἐστι. τοῦ δὲ εἰπόντος καὶ λαμπρῶν γε ἐνταῦθα τετυχηκέναι γονέων, ἐκ δευτέρου ἠρώτα αὐτόν, εἰ ἐπίσταται τὸν Πειραιᾶ. καὶ ὃς ὑπολαβὼν αὐτὸν ἄνθρωπον λέγειν ἔφασκε καὶ φίλον αὐτοῦ εἶναι καὶ συνήθη. καὶ ὁ δελφὶς ἀγανακτήσας κατὰ τῆς αὐτοῦ ψευδολογίας βαπτίζων αὐτὸν ἀπέπνιξεν.
πρὸς ἄνδρα ψευδολόγον.
Y ahora nuestra traducción, que no pretende ser literal:
El delfín y el mono
Es costumbre de los que viajan por mar llevar consigo perrillos de malta y monos para entretenerse durante la travesía. Y uno que iba a emprender viaje por mar llevaba consigo un mono. Cuando estaban a la altura de Sunion (que es un promontorio del Ática) sucedió que se desencadenó una violenta tempestad. Habiendo zozobrado la nave y salvándose todos a nado, también el mono nadaba. Y un delfín, viéndolo, y creyendo que se trataba de un hombre, salió a su encuentro y lo transportó (en sus lomos). Cuando estuvo en el Pireo, el puerto de Atenas, preguntó al mono si era ateniense de linaje. Al responder aquél que sí y que tenía allí parientes ilustres, le volvió a preguntar si conocía a Pireo. Y el mono suponiendo que se refería a un hombre, dijo que era amigo íntimo suyo. Y el delfín, irritado por sus mentiras, lo hundió en el agua y lo ahogó.
(La fábula está dirigida ) al hombre mentiroso.
No podemos concluir nuestra entrada sin hacer referencia a los devastadores incendios que, provocados o no, han asolado el Peloponeso griego, escenario de históricos hechos, y que han estado a punto de invadir lugares arqueológicos como Epidauro u Olimpia. También ha sido muy afectada la isla de Eubea.
Si el incendio que, desgraciadamente, hemos sufrido en Castellón y del que hemos sido testigos nos ha hecho llorar al contemplar 5.500 hectáreas arrasadas, pensemos que puede suponer la visión de más de 100.000 hectáreas calcinadas. Realmente, terrible y desolador.