sábado, 10 de febrero de 2007

Caminar y meditar

Das Wandern
Das Wandern ist des Müllers Lust,
Das Wandern!
Das muß ein schlechter Müller sein,
Dem niemals fiel das Wandern ein,
Das Wandern.
Vom Wasser haben wir's gelernt,
Vom Wasser!
Das hat nicht Rast bei Tag und Nacht,
Ist stets auf Wanderschaft bedacht,
Das Wasser.
Das sehn wir auch den Rädern ab,
Den Rädern!
Die gar nicht gerne stille stehn,
Die sich mein Tag nicht müde drehn,
Die Räder.
Die Steine selbst, so schwer sie sind,
Die Steine!
Sie tanzen mit den muntern Reihn
Und wollen gar noch schneller sein,
Die Steine.
O Wandern, Wandern, meine Lust,
O Wandern!
Herr Meister und Frau Meisterin,
Laßt mich in Frieden weiterziehn
Und wandern.

Caminar
Caminar es el gozo del molinero,
¡caminar!
ese debe ser mal molinero
que jamás pensó en caminar,
¡caminar!
Del agua lo hemos aprendido,
¡del agua!
No descansa ni de día ni de noche
está siempre deseosa de caminar,
¡el agua!
Lo copiamos también de las ruedas,
¡las ruedas!
No les gusta estar paradas
y ningún día se cansan de girar,
¡las ruedas!
Las piedras mismas tan pesadas como son,
¡las piedras!
bailan el animado baile
y quieren ser todavía más rápidas,
¡las piedras!
¡Oh caminar, caminar, mi gozo!
¡oh caminar!
Señor maestro y señora maestra,
dejadme continuar en paz mi camino
y caminar.


El otro día volví a escuchar el primero de los lieder que componen el ciclo Die schöne Müllerin (La bella molinera), D795, de Franz Schubert, compuesto en 1823. Toma por texto “Wanderschaft” de Wilhelm Müller (1794-1827), que lo compuso en 1818.
La obra se inicia con cuatro compases a cargo del piano que establece todo el ritmo de la pieza. Compás binario de 2/4 e indicado mässig geschwind (moderadamente rápido)
Es una melodía pegadiza, con un ritmo que semeja el caminar. El piano tiene un importante papel en la obra manteniendo en todo momento ese ritmo de marcha y aludiendo, con la figuración de la mano derecha, al fluir del agua al que alude la letra. La melodía tiene un carácter vivaz, alegre y extrovertido
Un día de primavera de 1823, Schubert estaba en casa de un amigo cuando éste se vio obligado a ausentarse. El compositor decidió esperarle y, para entretenerse, abrió un libro que estaba encima de una mesa y leyó unos poemas titulados La bella molinera, escritos por Wilhelm Müller, autor que Schubert no conocía. La lectura le impresionó vivamente y, sin esperar a su amigo, regresó a su casa llevándose el libro. Aquélla misma noche compuso los tres primeros lieder del ciclo. Wilhelm Müller era contemporáneo de Schubert. Los poemas a los que puso música son 20, y aunque todos los lieder están unidos entre sí por el argumento, cada uno de ellos es una composición con vida propia. La primera parte, aparentemente serena y esperanzada, está ya llena de tristes presagios que se cumplirán en la segunda.
“Das wandern” (El Caminar) expresa ya los principales elementos musicales de todo el ciclo: un bajo rítmico y marcado que representa el caminar, y una figuración de semicorcheas que representa el arroyo. El protagonista inicia aquí un viaje, que concluirá dramáticamente con un lied en forma de canción de cuna cuya honda tristeza la aproxima a un canto fúnebre.
Pues bien, caminar no sólo es la alegría del molinero, sino también la mía y ese lied schubertiano fue un nuevo argumento para dedicar unas horas del sábado a ejercer ese alegre quehacer que es el caminar.
Caminar solo, además, permite un ejercicio aconsejable para toda persona: la meditación. Necesitamos ambas cosas, el caminar y la meditación, para cuidar y mejorar nuestra salud, de cuerpo y alma, respectivamente. Por ello, hoy, tras la comida, he cogido mi coche y me he dirigido a un lugar ideal para combinar las acciones a que hemos aludido, la meditación y el caminar. Ese lugar es el Desierto de las Palmas.
Declarado Paraje Natural en octubre de 1989, es hoy, pese a haber sufrido dos atroces incendios, una zona en regeneración que ofrece al caminante variadas rutas que permiten observar la rica flora y fauna de la zona, así como disfrutar de magníficas vistas y panoramas. Más información se puede encontrar aquí.
Tras aparcar el coche en el aparcamiento situado junto a la carretera, frente al monasterio nuevo, y debajo de la Casa de Espiritualidad, me he dirigido a la Portería vieja. Desde aquí ya se puede tener un bonito panorama de Benicàssim, el Grau, Castelló y toda la comarca de la Plana Alta, el propio Paraje del Desierto, con el castillo de Montornés en primer término, les Agulles de Santa Águeda a la izquierda y cerrando nuestra vista, el Mediterráneo, el Mare Nostrum romano, de un azul intenso hoy y donde se podían divisar las islas Columbretes, sobre todo l’Illa Grossa con su blanco faro.
Deleitado con el panorama, he cogido el camino que sale por detrás de la portería y que serpentea entre la vegetación típica de la zona (palmito, tomillo, lentisco, etc.). En este momento de mi viaje me han llegado a la mente las palabras clave de dos meditaciones de Marco Aurelio que suelo releer en los momentos de decaimiento. Ahora las transcribo completas:
La primera:
Ser semejante al acantilado contra el cual sin interrupción rompen las olas, pero él se mantiene firme y en torno a él se adormece la espuma del oleaje. ¡Desgraciado de mí, porque me aconteció eso!. Pero al contrario: soy afortunado, porque a causa de lo que me ha ocurrido, persisto hasta el fin sin aflicción, ni abrumado por el pasado ni temeroso del futuro. Porque ciertamente algo semejante pudo suceder a todo el mundo, pero no todo el mundo, después de esto, hubiera podido perseverar hasta el fin sin pena. ¿Por qué, pues, va a ser eso más un infortunio que esto buena fortuna? ¿Llamas acaso en una palabra infortunio del hombre a lo que no es desgracia de la naturaleza del hombre? ¿Y te parece aberración de la naturaleza del hombre lo que no va contra el designio de su propia naturaleza? ¿Qué, pues? ¿Has aprendido tal designio? ¿Acaso pues este suceso te impide ser justo, magnánimo, sensato, prudente, reflexivo, sincero, discreto, libre, etc., conjunto de virtudes con las cuales la naturaleza del hombre contiene lo que le es peculiar? Acuérdate, en adelante, en todo lo que te conduzca a la aflicción, de usar este principio: no es esto una desgracia, sino una dicha el soportarlo con dignidad.
Marco Aurelio, Meditaciones, Libro IV, 49, 1.
La segunda, que acude a mi mente al observar a la naturaleza en plena actividad (pájaros cantando, insectos volando, plantas y arbustos al lado del camino):
Al amanecer, cuando de mala gana y perezosamente despiertes, acuda puntual a ti este pensamiento: “Despierto para cumplir una tarea propia de hombre.” ¿Voy, pues, a seguir disgustado, si me encamino a hacer aquella tarea que justifica mi existencia y para la cual he sido traído al mundo? ¿O es que he sido formado para calentarme, reclinado entre pequeños cobertores? “Pero eso es más agradable”. ¿Has nacido, pues, para deleitarte? Y, en suma, ¿has nacido para la pasividad o para la actividad? ¿No ves que los arbustos, los pajarillos, las hormigas, las arañas, las abejas, cumplen su función propia, contribuyendo por su cuenta al orden del mundo? Y tú, entonces, ¿rehusas hacer lo que es propio del hombre (τὰ ἀνθρωπικὰ)? ¿no persigues con ahínco lo que está de acuerdo con tu naturaleza (τὸ κατὰ τὴν σὴν φύσιν)?
Marco Aurelio, Meditaciones, Libro V, 1, 1.
El camino llega a la altura del centro de Información La Bartola, cuyas instalaciones vemos perfectamente, y sigue hasta empalmar con la pista de tierra que, cruzando el paraje, lleva a La Pobla Tornesa. Por unos minutos he seguido esta pista. En este tramo, a mano derecha del caminante la Font de la Mola. Una solitaria gota cae de su caño. Me ha recordado el verso ovidiano (Pónticas IV, 10, 5):
gutta cavat lapidem, consumitur anulus usu,
atteritur pressa vomer aduncus humo
Tempus edax igitur pareter nos omnia perdet
cessat duritia mors quoque victa mea.

La gota de agua cava la piedra, el anillo se desgasta con el uso y la reja del arado se embota a fuerza de surcar las glebas. El tiempo devorador lo destruye todo, menos a mí, y la muerte se declara vencida por la tenacidad de mis males.
Las tres primeras palabras (gutta cavat lapidem) fueron más tarde completadas así: gutta cavat lapidem non vi sed saepe cadendo (la gota cava la piedra no por la fuerza, sino a fuerza de caer).

Esta pista llegar al lugar donde se separan las dos vertientes de la sierra. Mirando hacia el norte, a mi derecha está la cresta del Desierto (la excursión que estoy realizando se conoce como “la de la cresta”) y a mi izquierda, como se puede apreciar en un cartel panorámico muy instructivo, se divisa en primer término La Pobla, más allá Vall d’Alba, Villafamés, Cabanes, Benlloch, y más al fondo La Serra d’En Galcerà. Por supuesto, levantándose sobre todo, el pico del Penyagolosa, que adopta desde este lugar aspecto triangular.
Dejo la pista y afronto el camino que me llevará desde aquí hasta la cruz del Bartolo por encima de esta cresta rocosa de tonos rojizos, propios del rodeno que la forman. Este camino es muy bello, porque nos encontramos siempre entre dos mundos panorámicos: a la derecha la vertiente este del Desierto con la costa y el mar al fondo, y a la izquierda el valle de Vall d’Alba y el Pla de l’Arc y las sierras interiores con el Penyagolosa como punto culminante. Hace aquí bastante viento; también es bueno que, de cuando en cuando, nos aireemos a ver si se nos despeja la cabeza y nos nacen nuevas ideas.
Mientras camino me pregunto quien habrá hollado estos parajes antes que yo y me respondo: recientemente, excursionistas como yo, pero ¿y más atrás en el tiempo? ¿acaso monjes eremitas carmelitas, piratas berberiscos, anónimos agricultores, arrieros con sus acémilas, pastores con sus rebaños? ¿soldados romanos, guerreros iberos, ilercavones, comerciantes griegos?
Mientras, ya he llegado junto a varias antenas y la cruz del Bartolo, de 18 metros de altura. Medito sobre la presencia de una cruz en el punto más alto de este lugar emblemático. Este lugar santo debía estar coronado por una cruz, ese instrumento de tortura que el cristianismo ha convertido en símbolo de amor y de redención. En la cruz hay una cita de Juan (12, 32): Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Anualmente se celebra aquí una eucaristía con motivo de la Pujada a la Creu del Bartolo. Las estaciones del Vía Crucis, que también se realiza, comienzan en la pista asfaltada que surge a la izquierda de la carretera, nada más dejar el acceso al monasterio.
Abandono la cruz y llego a la pista asfaltada que sube del monasterio. No la sigo hasta el Bartolo, sino que giro a la izquierda para tomar un sendero que empalma con la pista de la Balaguera y cruza el Camí dels senglars. Dos cuervos levantan el vuelo de una roca a la derecha del camino y no sé porqué me vienen a la cabeza la ornitomancia de los antiguos griegos y romanos y los versos 999 a 1004 de la Antígona de Sófocles.
Llego a la pista que conduce, a la izquierda a Les Santes, pero giro a la derecha para subir al Bartolo. Allí, ahogada por un mar de antenas, se levanta la ermita de San Miguel. En parte superior de la entrada hay una cerámica en la que el artista ha pintado un san Miguel atlético y alado (es el jefe de las milicias angélicas), que tiene sujeto con una cadena, que cuelga de su mano izquierda, al diablo, al que pisa con su pie en la cabeza. En su derecha blande una espada. Me recuerda mucho al san Miguel de Guido Reni. No lleva el acostumbrado escudo en el que se lee Quis ut Deus? (= ¿quién como Dios?, significado del nombre Mikael en hebreo). Me complace mucho que los 729 metros de altitud del monte Bartolo los corone una ermita cuyo titular es mi santo.
Estoy unos minutos sentado en las escaleras de acceso a la ermita, contemplando el hermoso panorama. Una hermosa combinación cromática se muestra ante mis ojos: el verde de la vegetación del paraje, muy agradecida, ya que con pocas lluvias se muestra muy viva; el rojizo del rodeno y el marrón de las pistas forestales forman el otro foco cromático; el blanco de las edificaciones de la costa benicense y el azul del mar en el fondo completan un cromatismo que el Sol, que empieza a ponerse, contribuye a embellecer.

Tomo el camino de regreso, primero por la pista asfaltada y después por el camino que surge a la izquierda y que me deposita de nuevo en la pista, ya casi en la carretera. Es obligada la visita a la iglesia del monasterio.
Unos momentos de meditación en este hermoso templo que preside un retablo con la transverberación de Santa Teresa. En las cuatro esquinas del crucero: San José, San Juan de la Cruz, la Virgen del Carmen con el escapulario (que, según la tradición, entregó un 16 de julio de 1251 a San Simón Stock) y San Elías. Terminada la visita, subo a mi coche y vuelvo a Castellón. Tras la reparadora ducha y la cena, me siento a escribir estas letras, mientras suena de fondo, a través de Radio Clásica, la transmisión diferida de la representación del 26 de octubre de 2006 de Otello de Verdi, desde la ópera de Viena.
Comenzaba este comentario haciendo referencia a un lied de Schubert. Pues bien, otro lied del vienés nos servirá de motivo para nuestra próxima entrada.

1 comentario:

Ana Ovando dijo...

Una hermosa caminata, pero agotadora. Por lo menos, el tiempo acompañaba, parece que la primavera quiere asomarse ya por nuestras montañas.