jueves, 1 de marzo de 2007

Una frase, dos contextos


Cuando estudiaba en la facultad de Filología de Valencia, nuestra profesora de Sintaxis Griega, Doña Mª Antonia Corbera Lloveras, nos hacía estudiar la sintaxis aprendiendo de memoria los ejemplos de la literatura griega en los que aparecían los conceptos que estudiábamos. Debíamos aprender tanto el ejemplo como el pasaje donde aparecía y su autor. Usábamos para ello la Gramática Histórica Griega del Reverendo Doctor Don Sebastián Cirac Estopañán, canónigo archivero de Cuenca.
Siempre agradeceré aquel método de aprendizaje, porque me ha permitido adquirir los conocimientos sintácticos que ahora poseo. Todavía recuerdo de memoria muchas frases que aprendíamos para ejemplificar los conceptos sintácticos estudiados. Las entradas que dediqué a la tragedia Áyax de Sófocles estuvieron motivadas por un verso (el 665) de dicha obra que sabía de memoria, pero que, equivocadamente, yo atribuía a Esquilo. Ya se sabe, la memoria se va perdiendo con la edad, y la juventud es la única enfermedad que se cura con el tiempo.
Uno de esos ejemplos que aprendí era parte del verso 333 del libro X de la Odisea de Homero. Dicho pasaje servía ejemplo de lo que aquella gramática señalaba como dativo locativo de situación adquirida con verbos de movimiento, y, en concreto, con verbos de colocar (τιθέναι¸”poner, colocar” y semejantes).
El ejemplo exacto era: κολεῷ μὲν ἄορ θέο k (= Odisea, X) 333 “coloca la espada en la vaina”, donde el dativo locativo, lógicamente, es κολεῷ (del sustantivo κολεός / κολεόν, κολεοῦ, que significa “vaina” o “estuche”).
Esta palabra en Homero aparece dos veces en genitivo con terminación –οιο:
Ilíada, I, 194 ἕλκετο δ᾿ ἐκ κολεῖο μέγα ξίφος, ἦλθε δ᾿ ᾿Αθήνη (y sacaba de la vaina la gran espada, y llegó Atenea).
Ilíada XII, 190 αὖτις δ᾿ ἐκ κολεῖο ἐρυσσάμενος ξίφος ὀξύ (y luego sacando de la vaina la aguda espada).
una vez en acusativo:
Odisea VIII, 404 ἀργυρέη, κολεὸν δὲ νεοπρίστου ἐλέφαντος (plateado, y su vaina de marfil aserrado)
dos en dativo:
Ilíada, VII, 304 y XXIII, 825 σὺν κολεῷ τε φέρων καὶ ἐϋτμήτῳ τελαμῶνι (ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado ceñidor).
Y una en la Odisea, la que nos ocupa, X, 333.
De esta palabra procede el término coleóptero. Coleóptero se dice de los insectos que tienen boca dispuesta para masticar, caparazón consistente y dos élitros córneos que cubren dos alas membranosas, plegadas al través cuando el animal no vuela; p. ej., el escarabajo, el cocuyo, la cantárida y el gorgojo.
El verbo de movimiento es θέο, 2ª persona del singular del imperativo de aoristo medio, sin contracción, como es habitual en Homero, del verbo τίθημι, “poner, colocar”.
El sustantivo ἄορ designa una espada ancha y fuerte, pues Ulises, en la Odisea, la usa para cavar un hoyo. Más tarde designa un tridente, e incluso el cuerno del rinoceronte. Aparece en composición como Χρυσάωρ (espada de oro) usado como epíteto de Apolo, Deméter, Ártemis y Orfeo. Crisaor es también el nombre del hijo de Posidón y Medusa, nacido, como su hermano Pegaso, el caballo alado, del cuello de la Gorgona, muerta por Perseo.
Aparece doce veces en la Ilíada en dativo:
Ilíada X, 484 (ἄορι θεινομένων, ἐρυθαίνετο δ᾿ αἵματι γαῖα = de los moribundos por la espada, y la tierra enrojecía de sangre), repetido en XXI, 21, con una ligera variante (ἄορι θεινομένων, ἐρυθαίνετο δ᾿ αἵματι ὕδωρ = de los moribundos por la espada, y el agua enrojecía de sangre) y 489 (ὅν τινα Τυδεΐδης ἄορι πλήξειε παραστάς = a todo el que el Tidida acercándose golpeaba con la espada) .
XI, 240 (σπάσσατο· τὸν δ᾿ἄορι πλῆξ᾿ αὐχένα, λῦσε δὲ γυῖα = tiró y le golpeó el cuello con la espada y le dobló los miembros) y 265 (ἔγχεΐ τ᾿ ἄορί τε μεγάλοισί τε χερμαδίοισιν = con la pica, con la espada y con enormes guijarros), repetido en XI, 541.
XVI, 115 (πλῆξ᾿ ἄορι μεγάλῳ αἰχμῆς παρὰ καυλὸν ὄπισθεν = golpeó con la gran espada a la altura del casquete bajo la punta).
ΧΧ, 290 (τὸν δέ κε Πηλεΐδης σχεδὸν ἄορι θυμὸν ἀπηύρα = y el Pelida le habría arrebatado de cerca la vida con la espada).
ΧΧ, 378 (μή πως σ᾿ἠὲ βάλῃ ἠὲ σχεδὸν ἄορι τύψῃ = no sea que te acierte o te golpee de cerca con la espada).
ΧΧ, 462 (τὸν μὲν δουρὶ βαλών, τὸν δὲ σχεδὸν ἄορι τύψας = a uno de un disparo de lanza y a otro de un tajo con la espada).
XXI, 179 (ἀλλὰ πρὶν ᾿Αχιλεὺς σχεδὸν ἄορι θυμὸν ἀπηύρα = pero antes Aquiles le arrebató la vida de cerca con la espada).
ΧΧΙ, 208 (χέρσ᾿ὕπο Πηλεΐδαο καὶ ἄορι ἶφι δαμέντα = doblegado con la espada por la fuerza a manos del Pelida).
Siete en la Odisea en acusativo singular, VIII, 403 (δώσω οἱ τόδ᾿ ἄορ παγχάλκεον, ᾧ ἔπι κώπη = le daré esta espada toda de bronce y en ella un puño), X, 321 (formando una fórmula: ὣς φάτ᾿, ἐγὼ δ᾿ἄορ ὀξὺ ἐρυσσάμενος παρὰ μηροῦ = tal dijo, mas yo la afilada espada sacando del costado), X, 33 (la que nos ocupa ἀλλ᾿ ἄγε δὴ κολεῷ μὲν ἄορ θέο, νῶϊ δ᾿ ἔπειτα), X, 439 (σπασσάμενος τανύεκης ἄορ παχέος παρὰ μηροῦ = sacando la bien cortante espada del flanco robusto), XI, 24 (la misma fórmula que X, 321 ἔσχον· ἐγὼ δ᾿ἄορ ὀξὺ ἐρυσσάμενος παρὰ μηροῦ), XI, 231 (la misma fórmula que X, 439 σπασσάμενος τανύεκης ἄορ παχέος παρὰ μηροῦ), y XIX, 241 (καί οἱ ἐγὼ χάλκειον ἄορ καὶ δίπλακα δῶκα = por mi parte una espada de bronce le di y un gran manto).
Una en la Odisea en acusativo plural:
Odisea, XVII, 222 (αἰτίζων ἀκόλους, οὐκ ἄορα οὐδὲ λέβητας). La edición de Allen lee ἄορας.
El verso 333 del libro X de la Odisea dice en su totalidad:
ἀλλ᾿ ἄγε δὴ κολεῷ μὲν ἄορ θέο, νῶϊ δ᾿ ἔπειτα = pero, ¡ea! mete la espada en la vaina y ahora los dos…
Es un verso holodáctilo, que da sensación de rapidez, con cesuras tritemímeres (tras δὴ), pentemímeres femenina (tras μὲν) y heptemímeres (tras ἄορ). Las diéresis tras ἄγε, y la llamada bucólica tras θέο, completan las pausas métricas de este verso.
Titulamos esta entrada Una frase, dos contextos, porque este verso homérico siempre me traía a la memoria una frase de significación muy similar, pero dicha en un contexto totalmente diferente. Es una frase que escucho todos los años, en castellano eso sí, en la proclamación de la Pasión de Cristo en los oficios del Viernes Santo. Pertenece al evangelio de Juan, 18, 11.
La frase en cuestión es:
Βάλε τὴν μάχαιραν εἰς τὴν θήκην
Si el verso homérico lo reducimos a las palabras que aparecen en la Gramática de Cirac, tenemos exactamente el mismo significado que en Juan, sólo que expresado con otro verbo y otros sustantivos.
En efecto, al θέο de Homero (del verbo τίθημι) le corresponde en Juan βάλε, 2ª persona del singular del imperativo de aoristo activo, llamado 2º, del verbo βάλλω, que significa “lanzar”, pero también “poner, colocar, meter”.
El arma homérica (ἄορ) es en Juan μάχαιραν, arma también presente en Homero. En el Nuevo Testamento esta palabra puede designar varios conceptos: un cuchillo grande usado par sacrificar animales y cortar la carne; una espada pequeña; una espada curva para cortar; la discordia o la guerra. La palabra latina que equivale a la griega es gladius. La versión latina dice: mitte gladium in vaginam (de vaginam precisamente deriva vaina), aunque algún manuscrito añade tuum.
La encontramos también en Homero, en efecto, en los siguientes versos:
Ilíada III, 271 y XIX 252 ᾿Ατρεΐδης δὲ ἐρυσσάμενος χείρεσσι μάχαιραν (el Atrida desenfundó con ambas manos el cuchillo).
Ilíada XI, 844 ἔνθά μιν ἐκτανύσας ἐκ μηροῦ τάμνε μαχαίρῃ (lo tendió encima y con el cuchillo le extrajo del muslo).
Ilíada XVIII, 597 καί ῥ᾿ αἱ μὲν καλὰς στεφάνας ἔχον, οἱ δὲ μαχαίρας (además ellas sujetaban bellas guirnaldas y ellos dagas).
Respecto al receptáculo de la espada que en Homero era κολεῷ, un dativo sin preposición ni artículo, en Juan aparece la palabra θήκη, en acusativo, con artículo y la preposición de acusativo, indicando dirección εἰς. Esta palabra significa: “caja, recipiente, cofre, estuche” y deriva del verbo τίθημι, por lo que está relacionada con el verbo que utiliza Homero en el verso odisaico. Recordemos, por otra parte, que de esta palabra derivan, entre otras, discoteca, fonoteca, hemeroteca, biblioteca, hipoteca, o la propia teca que tiene dos significados:
1. f. Cajita donde se guarda una reliquia.
2. f. Bot. Célula en cuyo interior se forman las esporas de algunos hongos.
En Heródoto (I, 67) significa “tumba”.
En Sófocles (Electra; 896; Edipo en Colono, 1763) significa también “tumba” o “piedra sepulcral”.
Igualmente en Plutarco (Vidas Paralelas, Teseo, 27, 8).
Descubrimos, por tanto, que el significado en ambos pasajes es el mismo, pero no así el contexto que pasamos a exponer.
El primer ejemplo está inserto en la aventura experimentada por Ulises con la maga Circe. Creemos que lo más conveniente es ofrecer la traducción que de los versos que preceden a nuestra frase realizara Luis Segalá
Llegamos luego a la isla Eea, donde moraba Circe, la de lindas trenzas, deidad poderosa, dotada de voz, hermana carnal del terrible Eetes: pues ambos fueron engendrados por el Helios, que alumbra a los mortales, y tienen por madre a Perse, hija del Océano.
140 Acercamos silenciosamente el barco a la ribera, haciéndolo entrar en un amplio puerto y alguna divinidad debió de conducirnos. Saltamos en tierra, permanecimos echados dos días con sus noches, y nos roían el ánimo el cansancio y los pesares. Mas al punto que Eos, de lindas trenzas, nos trajo el día tercero, tomé mi lanza y mi aguda espada y me fui prestamente desde la nave a una atalaya, por si conseguía ver labores de hombres mortales u oír su voz. Y, habiendo subido a una altura muy escarpada me paré y aparecióseme el humo que se alzaba de la espaciosa tierra, en el palacio de Circe, entre un espeso encinar y una selva. Al punto que divisé el negro humo, se me ocurrió en la mente y en el ánimo ir yo en persona a enterarme; mas, considerándolo bien, parecióme mejor regresar a la orilla, donde se hallaba la velera nave, disponer que comiesen mis compañeros y enviar a algunos para que se informaran. Emprendí la vuelta, y ya estaba a poca distancia del corvo bajel, cuando algún dios me tuvo compasión al verme solo, y me deparó en el camino un gran ciervo de altos cuernos; que desde el pasto de la selva bajaba al río para beber, pues el calor del sol le había entrado. Apenas se presentó, acertéle con la lanza en el espinazo, en medio de la espalda, de tal manera que el bronce lo atravesó de lleno en lleno. Cayó el ciervo, quedando tendido en el polvo, y perdió la vida.
164 Lleguéme a él y saquéle la broncínea lanza, poniéndola en el suelo; arranqué después varitas y mimbres, y formé una soga como de una braza, bien torcida de ambas partes, con la cual pudiera atar juntos los pies de la enorme bestia. Me la colgué al cuello y enderecé mis pasos a la negra nave, apoyándome en la pica; ya que no hubiera podido sostenerla en la espalda con solo la otra mano, por ser tan grande aquella pieza. Por fin la dejé en tierra, junto a la embarcación; y comencé a animar a mis compañeros acercándome a los mismos y hablándoles con dulces palabras:
174 —¡Amigos! No descenderemos a la morada de Hades aunque nos sintamos afligidos, hasta que no nos llegue el día fatal. Mas, ea, en cuanto haya víveres y bebida en la embarcación, pensemos en comer y no nos dejemos consumir por el hambre.
78 Así les dije; y, obedeciendo al instante mis palabras quitáronse la ropa con que se habían tapado allí en la playa del mar estéril, y admiraron el ciervo, pues era grandísimo aquel bestión. Después que se hubieron deleitado en contemplarlo con sus propios ojos, laváronse las manos y aparejaron un banquete espléndido.
183 Y ya todo el día, hasta la puesta del sol, estuvimos sentados, comiendo carne en abundancia y bebiendo dulce vino. Cuando el sol se puso y llegó la noche nos acostamos en la orilla del mar.
187 Pero, no bien se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosáceos dedos, reuní en junta a mis amigos y les hablé de esta manera:
189 —Oíd mis palabras compañeros, aunque padezcáis tantos males. ¡Oh amigos! Puesto que ignoramos dónde está el poniente y el sitio en que aparece la aurora, por dónde Helios que alumbra a los mortales desciende debajo de la tierra y por dónde vuelve a salir; examinemos prestamente si nos será posible tomar alguna resolución, aunque yo no lo espero. Desde escarpada altura he contemplado esta isla, que es baja y a su alrededor forma una corona el ponto inmenso y con mis propios ojos he visto salir humo de en medio de ella, por entre los espesos encinares y la selva.
198 Así dije. A todos se les quebraba el corazón acordándose de los hechos del legistrón Antífanes y de las violencias del feroz Ciclope, que se comían a los hombres, y se echaron a llorar ruidosamente, vertiendo abundantes lágrimas; aunque de nada les sirvió su llanto.
203 Formé con mis compañeros de hermosas grebas dos secciones, a las que di sendos capitanes; pues yo me puse al frente de una y el deiforme Euríloco mandaba la otra. Echamos suertes en broncíneo yelmo y, como saliera la del magnánimo Euríloco, partió con veintidós compañeros que lloraban, y nos dejaron a nosotros, que también sollozábamos. Dentro de un valle y en lugar vistoso descubrieron el palacio de Circe, construido de piedra pulimentada. En torno suyo encontrábanse lobos montaraces y leones, a los que Circe había encantado, dándoles funestas drogas; pero estos animales no acometieron a mis hombres, sino que, levantándose, fueron a halagarles con sus colas larguísimas. Bien así como los perros halagan a su amo siempre que vuelve del festín, porque les trae algo que satisface su apetito; de esta manera los lobos de uñas fuertes y los leones fueron a halagar a mis compañeros que se asustaron de ver tan espantosos monstruos. En llegando a la mansión de la diosa de lindas trenzas, detuviéronse en el vestíbulo y oyeron a Circe que con voz pulcra cantaba en el interior, mientras labraba una tela grande divinal y tan fina, elegante y espléndida, como son las labores de las diosas.
224 Y Polites, caudillo de hombres, que era para mi el mas caro y respetable de los compañeros, empezó a hablarles de esta manera:
226 —¡Oh amigos! En el interior está cantando hermosamente alguna diosa o mujer que labra una gran tela, y hace resonar todo el pavimento. Llamémosla cuanto antes.
229 Así les dijo; y ellos la llamaron a voces. Circe se alzó en seguida, abrió la magnífica puerta, los llamó y siguiéronla todos imprudentemente, a excepción Euríloco, que se quedó fuera por temor a algún daño.
233 Cuando los tuvo adentro, los hizo sentar en sillas y sillones, confeccionó un potaje de queso, harina y miel fresca con vino de Pramnio,
y echó en él drogas perniciosas para que los míos olvidaran por entero la tierra patria.
237 Dióselo, bebieron, y, de contado, los tocó con una varita y los encerró en pocilgas. Y tenían la cabeza, la voz, las cerdas y el cuerpo como los puercos, pero sus mientes quedaron tan enteras como antes. Así fueron encerrados y todos lloraban; y Circe les echó, para comer, fabucos, bellotas y el fruto del cornejo, que es lo que comen los puercos, que se echan en la tierra.
244 Euríloco volvió sin dilación al ligero y negro bajel, para enterarnos de la aciaga suerte que les había cabido a los compañeros. Mas no le era posible proferir una sola palabra, no obstante su deseo, por tener el corazón sumido en grave dolor; los ojos se le llenaron de lágrimas y su ánimo únicamente en sollozar pensaba. Todos le contemplábamos con asombro y le hacíamos preguntas, hasta que por fin nos contó la pérdida de los demás compañeros.
251 —Nos alejamos por el encinar como mandaste, preclaro Odiseo, y dentro de un valle y el lugar vistoso descubrimos un hermoso palacio, hecho de piedra pulimentada. Allí. alguna diosa o mujer cantaba con voz sonora, labrando una gran tela. Llamáronla a voces. Alzóse en seguida, abrió la magnífica puerta, nos llamó, y siguiéronla todos imprudentemente; pero yo me quedé afuera, temiendo que hubiese algún engaño. Todos a una desaparecieron y ninguno ha vuelto a presentarse, aunque he permanecido acechándolos un buen rato.
261 Así dijo. Yo entonces, colgándome del hombro la grande broncínea espada, de clavazón de plata, y tomando el arco, le mandé que sin pérdida de tiempo me guiase por el camino que habían seguido. Mas él comenzó a suplicarme abrazando con entrambas manos mis rodillas; y entre lamentos decíame estas aladas palabras:
266 —¡Oh alumno de Zeus! No me lleves allá, mal de mi grado; déjame aquí; pues sé que no volverás ni traerás a ninguno de tus compañeros. Huyamos en seguida con los presentes, que aún nos podremos librar del día cruel.
270 Así me habló; y le contesté diciendo:
—¡Euríloco! Quédate tú en este lugar, a comer y a beber junto a la cóncava y negra embarcación; mas yo iré, que la dura necesidad me lo manda.
274 Dicho esto, alejéme de la nave y del mar. Pero cuando, yendo por el sacro valle, estaba a punto de llegar al gran palacio de Circe, la conocedora de muchas drogas, y ya enderezaba mis pasos al mismo, salióme al encuentro Hermes, el de la áurea vara, en figura de un mancebo barbiponiente y graciosísimo en la flor de la juventud. Y tomándome la mano, me habló diciendo:
281 —¡Ah infeliz! ¿Adónde vas por esos altozanos, solo y sin conocer la comarca? Tus amigos han sido encerrados en el palacio de Circe, como puercos, y se hallan en pocilgas sólidamente labradas. ¿Vienes quizá a libertarlos? Pues no creo que vuelvas, antes te quedarás donde están ellos. Ea, quiero preservarte de todo mal, quiero salvarte; toma este excelente remedio que apartará de tu cabeza el día cruel, y ve a la morada de Circe, cuyos malos intentos ha de referirte íntegramente. Te preparará una mixtura y te echará drogas en el manjar; mas, con todo eso, no podrá encantarte porque lo impedirá el excelente remedio que vas a recibir. Te diré ahora lo que ocurrirá después. Cuando Circe te hiriere con su larguísima vara, tira de la aguda espada que llevas cabe el muslo, y acométela como si desearas matarla. Entonces, cobrándote algún temor te invitará a que yazgas con ella; tú no te niegues a participar del lecho de la diosa, para que libre a tus amigos y te acoja benignamente, pero hazle prestar el solemne juramento de los bienaventurados dioses de que no maquinará contra ti ningún otro funesto daño: no sea que, cuando te desnudes de las armas, te prive de tu valor y de tu fuerza.
302 Cuando así hubo dicho, el Argifontes me dio el remedio, arrancando de tierra una planta cuya naturaleza me enseñó. Tenía negra la raíz y era blanca como la leche su flor, llamándola moly los dioses, y es muy difícil de arrancar para un mortal; pero las deidades lo pueden todo.
307 Hermes se fue al vasto Olimpo, por entre la selvosa isla; y yo me encaminé a la morada de Circe, revolviendo en mi corazón muchas trazas.
310 Llegado al palacio de la diosa de lindas trenzas, paréme en el umbral y empecé a dar gritos; la deidad oyó mi voz y, alzándose al punto, abrió la magnífica puerta y me llamó, y yo, con el corazón angustiado, me fui tras ella. Cuando me hubo introducido, hízome sentar en una silla de argénteos clavos, hermosa, labrada, con un escabel para los pies; y en copa de oro preparóme la mixtura para que bebiese, echando en la misma cierta droga y maquinando en su mente cosas perversas. Mas, tan luego como me la dio y bebí, sin que lograra encantarme, tocóme con la vara mientras me decía estas palabras:
320 —Ve ahora a la pocilga y échate con tus compañeros. Así habló. Desenvainé la aguda espada que llevaba cerca del muslo y arremetí contra Circe, como deseando matarla. Ella lanzó agudos gritos, se echó al suelo, me abrazó por las rodillas y me dirigió entre sollozos, estas aladas palabras:
325 —¿Quién eres y de qué país procedes? ¿Dónde se hallan tu ciudad y tus padres? Me tiene suspensa que hayas bebido estas drogas sin quedar encantado, pues ningún otro pudo resistirlas tan luego como las tomó y pasaron el cerco de sus dientes. Alienta en tu pecho un ánimo indomable. Eres sin duda aquel Odiseo de multiforme ingenio, de quien me hablaba siempre el Argifontes que lleva áurea vara, asegurándome que vendrías cuando volvieses de Troya en la negra y velera nave. Mas, ea, envaina la espada y vámonos a la cama para que, unidos por el lecho y el amor, crezca entre nosotros la confianza.
336 Así se expresó; y le repliqué diciendo:
—¡Oh, Circe! ¿Cómo me pides que te sea benévolo, después que en este mismo palacio convertiste a mis compañeros en cerdos y ahora me detienes a mí, maquinas engaños y me ordenas que entre en tu habitación y suba a tu lecho a fin de privarme del valor y de la fuerza, apenas deje las armas? Yo no querría subir a la cama, si no te atrevieras, oh diosa, a prestar solemne juramento de que no maquinarás contra mí ningún otro pernicioso daño.
345 Así le dije. Juró al instante, como se lo mandaba. Y en seguida que hubo prestado el juramento, subí al magnífico lecho de Circe.

El segundo pasaje aparece en la llamada escena del huerto. Tras su sermón en el cenáculo y la llamada oración sacerdotal por sus discípulos y la Iglesia futura, Jesús sale del cenáculo y se dirige a Getsemaní (del hebreo gat shemen, “prensa de aceite”), al otro lado del Cedrón, riachuelo que discurre entre el monte de los Olivos y la muralla oriental de Jerusalén. Está en el fondo del valle de Josafat, que debe su nombre a una gruta llamada tumba de Josafat. Para los judíos el valle de Josafat (en hebreo “Dios juzga”) será el escenario del juicio final. Esta creencia, fundada en Joel 3, 12, ha hecho del valle del Cedrón una gran necrópolis.
Transcribimos los versículos anteriores a nuestra frase concreta:
1 Dicho esto, pasó Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el que entraron él y sus discípulos. 2 Pero también Judas, el que le entregaba, conocía el sitio, porque Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. 3 Judas, pues, llega allí con la cohorte y los guardias enviados por los sumos sacerdotes y fariseos, con linternas, antorchas y armas. 4 Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelanta y les pregunta: «¿A quién buscáis?» 5 Le contestaron: «A Jesús el Nazareno.» Díceles: «Yo soy.» Judas, el que le entregaba, estaba también con ellos. 6 Cuando les dijo: «Yo soy», retrocedieron y cayeron en tierra. 7 Les preguntó de nuevo: «¿A quién buscáis?» Le contestaron: «A Jesús el Nazareno». 8 Respondió Jesús: «Ya os he dicho que yo soy; así que si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos.» 9 Así se cumpliría lo que había dicho: «De los que me has dado, no he perdido a ninguno.» 10 Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al siervo del Sumo Sacerdote, y le cortó la oreja derecha. El siervo se llamaba Malco. 11 Jesús dijo a Pedro: «Vuelve la espada a la vaina. La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?» 12 Entonces la cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, le ataron 13 y le llevaron primero a casa de Anás, pues era suero de Caifás, el Sumo Sacerdote de aquel año.

Bueno, hasta aquí esta entrada que no tenía otra pretensión que compartir con aquéllos que nos lean esta, llamémosle, curiosidad o coincidencia, que hace tiempo nos sorprendía. Muchos dirán: ¡qué bobada de asunto!, ¡qué mezcla tan rocambolesca, Getsemaní, armas homéricas, Circe! ¿y a nosotros qué? ¡qué aportación tan prescindible! Y tal vez tengan razón, pero quería hacer pública esa coincidencia que siempre me sorprendió, o, al menos, me chocó.
¡Qué importante es el contexto para el texto! ¡Cuántos años entre ambas frases! ¡Cuántas vicisitudes habrá vivido la lengua griega! ¡Qué riqueza léxica la del griego! ¡Qué distintos contextos! Ulises y Circe; Jesús y Pedro. La isla de Eea y el huerto de Getsemaní y qué coincidencia de significado. En ambos casos, un arma, su vaina y un verbo de movimiento.
“Mete la espada en la vaina” y vamos a gozar del amor, le dice Circe a Ulises.
“Mete la espada en la vaina”, que tengo que pasar el trago de mi pasión, le dice Jesús a Pedro.
Termino con la versión que da Mateo de la frase de Juan:
ἀπόστρεψον τὴν μάχαιραν σου εἰς τὸν τόπον αὐτῆς· πάντες γὰρ οἱ λαβόντες μάχαιραν ἐν μαχαίρῃ ἀπολοῦνται = Vuelve tu espada a su lugar, pues todos los que empuñan una espada, por espada perecerán.

sábado, 24 de febrero de 2007

Filoctetes revisitado (II, las sentencias dentro del argumento y la estructura. Primera parte)

En nuestra anterior entrada comentábamos que un poema de Johann Baptist Mayrhofer, musicado por Schubert en forma de lied, nos había hecho releer la tragedia Filoctetes de Sófocles, en la que habíamos descubierto interesantes elementos. En la presente y en las dos siguientes entradas haremos un repaso de las sentencias que aparecen en la tragedia, encardinadas en el argumento y la estructura de la obra.
Nuestra pretensión es que quien lea nuestro blog pueda hacerse una idea del argumento de la obra sofoclea y, desde luego, proceda a su lectura, o, como es nuestro caso, a su relectura, que tan provechosa nos ha resultado.
La obra se abre con un prólogo (1-134) que tiene por protagonistas a Ulises y Neoptólemo. El rey de Ítaca muestra al joven hijo de Aquiles la desierta Lemnos donde, hace diez años, abandonó a Filoctetes. Es importante resaltar que Ulises, ya desde el principio, deja claro que su acción es una orden recibida:
6 me habían ordenado hacerlo los que mandaban (ταχθεὶς τόδ᾿ ἔρδειν τῶν ἀνασσόντων ὕπο)
y, además, hay un motivo claro para actuar así: los gritos de dolor y los lamentos de Filoctetes eran un impedimento para la realización de sacrificios y libaciones.
9-11 sino que continuamente nos invadía todo el campamento con sus agudos lamentos, gritando y gimiendo (ἀλλ᾿ ἀγρίαις κατεῖχ᾿ ἀεὶ πᾶν στρατόπεδον δυσφημίαις, βοῶν, στενάζων).
A continuación encomienda al joven Neoptólemo que localice la cueva en el que el héroe tesalio mora. El hijo de Aquiles la descubre en seguida; está vacía, pero hay signos de que está habitada, entre ellos unos harapos llenos de repugnante pus. Ahora se expresa la orden de Ulises a Neoptólemo:
54-55 te necesito para que, al hablarle, engañes con tus palabras el ánimo de Filoctetes (τὴν Φιλοκτήτου σε δεῖ ψυχὴν ὅπως λόγοισιν ἐκκλέψεις λέγων).
El engaño consistirá en que Neoptólemo, sin ocultar quién es, debe decir que ha abandonado la campaña de Troya por odio a los argivos, porque, a pesar de haber sido hecho venir, como único medio para tomar Ilión, no le han concedido las armas de su padre, Aquiles, sino que se las han entregado a Odiseo. Y el propio Ulises le dice a Neoptólemo que puede decir ante Filoctetes los mayores ultrajes contra él mismo:
64-66 Puedes decir los más mezquinos ultrajes que quieras contra mí. En nada me ofenderás con ello (λέγων ὅσ᾿ ἂν θέλῃς καθ᾿ ἡμῶν ἔσχατ᾿ ἐσχάτων κακά. τούτων γὰρ οὐδὲν ἀλγυνεῖ μ᾿ ).
La misión de Neoptólemo es arrebatarle a Filoctetes su arco. Sobre este punto hay que destacar que en la obra no aparece claro que debe conseguir Ulises: ¿el arco de Filoctetes o la presencia de éste en Troya para, manejando su arco, contribuir a la toma de la fortaleza de los dánaos?. En los versos 68-69 dice Ulises:
pues si no es capturado el arco de éste, te será imposible conquistar la llanura de Dárdano (εἰ γὰρ τὰ τοῦδε τόξα μὴ ληφθήσεται, οὐκ ἔστι πέρσαι σοι τὸ Δαρδάνου πέδον).
En los versos 77-78 insiste Odiseo:
es necesario que en esto mismo te las ingenies para sustraerle las armas invencibles (ἀλλ’ αὐτὸ τοῦτο δεῖ σοφισθῆναι, κλοπεὺς ὅπως γενήσῃ τῶν ἀνικήτων ὅπλων). Obsérvese el verbo utilizado por Sófocles (σοφισθῆναι) con la carga semántica que conlleva.
En el verso 101 el propio Ulises introduce una importante variación:
Te digo que con astucia captures a Filoctetes (λέγω σ᾿ ἐγὼ δόλῳ Φιλοκτήτην λαβεῖν) donde δόλῳ también se podría haber traducido por “con engaño”.
El verso 113 centra de nuevo la cuestión en el arco:
sólo este arco conquistará Troya (αἱρεῖ τὰ τόξα ταῦτα τὴν Τροίαν μόνα).
En los versos 612-613, en cambio, vuelve a ser Filoctetes la condición:
Si no persuadían a éste para llevarle allí desde esta isla en la que ahora habita (εἰ μὴ τόνδε πείσαντες λόγῳ ἄγοιντο νήσου τῆσδ᾿ ἐφ᾿ ἧς ναίει τὰ νῦν).
Los versos 839-840, que son palabras de Neoptólemo, combinan ambos elementos, el arco y Filoctetes:
Pero yo sé que en vano habremos logrado capturar este arco si nos hacemos a la mar sin él (ἐγὼ δ᾿ ὁρῶ οὕνεκα θήραν τήνδ᾿ ἁλίως ἔχομεν τόξων, δίχα τοῦδε πλέοντες).
Neoptólemo se refiere a la profecía de Heleno de los versos 612-613.
En los versos 1055-1056 Ulises, dirigiéndose a Filoctetes, apunta:
Además, no te necesitamos, teniendo como tenemos tus armas (οὐδὲ σοῦ προσχρῄζομεν, τά γ᾿ ὅπλ᾿ ἔχοντες ταῦτ᾿.), aunque estas palabras esconden un nuevo engaño del itacense, que luego habla de Teucro como futuro manejador del arco, para suscitar la emulación de Filoctetes.
Tras este paréntesis dedicado a presentar la ambigüedad sobre la necesidad o no de la presencia de Filoctetes en Troya, volvemos al argumento.
Habíamos dicho que Ulises le pide a Neoptólemo que arrebate las armas a Filoctetes. A continuación, Ulises expresa su convencimiento sobre la naturaleza noble del hijo de Aquiles:
79-80 Sé, hijo, que no estás predispuesto por tu naturaleza a hablar así ni a maquinar engaños (ἔξοιδα, παῖ, φύσει σε μὴ πεφυκότα τοιαῦτα φωνεῖν μηδὲ τεχνᾶσθαι κακά).
Y, a continuación, aparece la que podemos considerar primera sentencia de la obra:
81 Pero es grato conseguir la victoria (ἀλλ᾿ ἡδὺ γάρ τι κτῆμα τῆς νίκης λαβεῖν).
Y, en seguida, otra sentencia, por lo demás, utilitarista y pragmática hasta el extremo:
82 Ya nos mostraremos justos en otra ocasión (δίκαιοι δ᾿ αὖθις ἐκφαινούμεθα).
Neoptólemo, evidentemente, se niega a usar la mentira, como tampoco lo hacía su padre, y afirma que se llevará a Filoctetes por la fuerza y no con engaños y expresa la tercera sentencia de la tragedia:
94-95 prefiero fracasar obrando rectamente que vencer con malas artes (βούλομαι...καλῶς δρῶν ἐξαμαρτεῖν μᾶλλον ἢ νικᾶν κακῶς).
Odiseo le replica con argumentos propios de un sofista, de alguien que ha comprobado la fuerza de la persuasión:
98-99 Y ahora, remitiéndome a las pruebas, veo que entre los mortales son las palabras y no los actos los que guían todo (νῦν δ᾿ εἰς ἔλεγχον ἐξιὼν ὁρῶ βροτοῖς τὴν γλῶσσαν, οὐχὶ τἄργα, πάνθ᾿ ἡγουμένην).
Como hemos indicado arriba, en el verso 101 Ulises pide a Neoptólemo que capture a Filoctetes.
Neoptólemo pregunta porqué no intentan convencer a Filoctetes, en lugar de usar el engaño con él, pero Ulises le hace ver la imposibilidad de esa táctica.
En este diálogo una inquisitiva pregunta de Neoptólemo:
108 Y ¿no consideras vergonzoso, ciertamente, decir mentiras? (οὐκ αἰσχρὸν ἡγῇ δῆτα τὰ ψευδῆ λέγειν;)
Obtiene una pragmática respuesta:
109 No, si la mentira reporta la salvación (οὔκ, εἰ τὸ σωθῆναί γε τὸ ψεῦδος φέρει).
El joven Neoptólemo, cuya naturaleza noble ha destacado el propio Ulises, pregunta qué cara hay que poner cuando se miente:
110 Y ¿cómo se atreverá alguien a hablar así mirando a la cara? (πῶς οὖν βλέπων τις ταῦτα τολμμήσει λαλεῖν;).
La respuesta de Ulises, de nuevo utilitarista a ultranza:
111 Cuando haces algo para un provecho, no conviene vacilar (ὅταν τι δρᾷς ἐς κέρδος, οὐκ ὀκνεῖν πρέπει).
El siguiente diálogo se centra en la necesidad de la presencia de Filoctetes y su arco en la conquista de Troya y los beneficios que ello le reportará a Neoptólemo, que en su pregunta ya se interesa por su provecho:
112 ¿Qué me aprovecha a mí que éste vaya a Troya? (κέρδος δ᾿ ἐμοὶ τί τοῦτον ἐς Τροίαν μολεῖν;)
Ulises responde que sólo se conquistará Troya con el arco de Heracles que tiene Filoctetes. Neoptólemo inquiere si no es él quien va a devastar Troya, haciendo referencia a una de las condiciones que el adivino troyano Heleno indicó a los argivos – la presencia del hijo de Aquiles entre los combatientes. Ulises le responde que también el arco es condición para la toma de Troya
Obsérvese cómo aquí ambos elementos, el arco y su portador, son necesarios para la conquista de Troya. La captura de Filoctetes reportará a Neoptólemo doble beneficio, como le corrobora Ulises:
119 Serías reputado por sabio tanto como por valiente (σοφὸς τ᾿ ἂν αὑτὸς κἀγαθὸς κεκλῇ᾿ ἅμα).
Finalmente, Neoptólemo se aviene, aunque será liberándose de todo sentimiento de vergüenza;
120 lo haré, liberándome de todo sentimiento de vergüenza (ποήσω, πᾶσαν αἰσχύνην ἀφείς).
Conseguido el primer objetivo de convencer a Neoptólemo de que engañe a Filoctetes, Ulises se retira advirtiendo que es probable que envíe a algún miembro de la tripulación disfrazado llevando alguna información que Neoptólemo deberá interpretar.
La párodo (135-218) del coro, formado por marineros del barco de Neoptólemo, comienza con el coro preguntando qué actitud debe tomar. Neptólemo le exige vigilancia ante la llegada de Filoctetes. Éste, a juicio de Neoptólemo, debe estar cazando con su arco para procurarse la comida. El coro expresa su compasión por la clase de vida que lleva Filoctetes y, al final de la estrofa 2ª, añade:
178-179 ¡Oh razas desgraciadas de los hombres, para quienes no existe una vida mesurada! (ὦ δύστανα γένη βροτῶν, οἷς μὴ μέτριος αἰών).
El coro destaca la soledad de Filoctetes con estas palabras:
188-190 el que no deja de hablar, el eco que se oye a lo lejos, responde a sus amargos lamentos (ἁ δ᾿ ἀθυρόστομος ἀχὼ τηλεφανῆς πικρᾶς οἰμωγὰς ὕπο χεῖται).
Neoptólemo atribuye los padecimientos de Filoctetes a la acción de los dioses, tanto la mordedura de la serpiente en Crisa, como su sufrimiento en soledad. También está regulado por la divinidad que las flechas de Heracles, entregadas a éste por Apolo y que ahora posee Filoctetes, no sean dirigidas contra Troya antes de lo establecido.
El coro advierte un grito lastimoso que precede a la entrada de Filoctetes.

sábado, 17 de febrero de 2007

Filoctetes revisitado (I, el motivo y el mito)

Franz Schubert puso música a 47 poemas de Johann Baptist Mayrhofer (1787-1836), quien le proporcionó también el libretto para su singspiel Los amigos de Salamanca (1815) y la ópera Adrasto. Entre los poemas de Mayrhofer que Schubert musicó se encuentra "Philoktet" (Filoctetes), D. 540, compuesto en 1817 y publicado en 1831. Otros poemas de Mayrhofer tienen temática mitológica: Antigone und Oedip, Atys, Der entsühnte Orest, Der zürnenden Diana, Fahrt zum Hades, Dioskuren Zwillingssterne, Iphigenia, Orest auf Tauris, Uraniens Flucht, Fragment aus dem Aischylos.
La lectura del poema de Mayrhofer y la escucha del lied de Schubert (se puede oír un fragmento aquí), me han hecho releer la tragedia Filoctetes de Sófocles y descubrir su riqueza de contenido y su variedad de propuestas para la reflexión. En ésta y otras entradas pretendo hacer una aproximación al mito de Filoctetes, y, sobre todo, a la tragedia de Sófocles, en la que he descubierto elementos muy interesantes.
Antes de seguir, tal vez sea conveniente explicar que la D que se coloca delante del número en la catalogación de las obras de Schubert proviene de Otto Erich Deutsch (Viena, 1883- 1968) musicólogo austríaco, especialista en la escuela vienesa clásica que dedicó varias obras a Mozart y a Schubert, de quien publicó un Catálogo temático en orden cronológico (1951).
Lo primero que tenemos que hacer es ofrecer el poema de Mayrhofer y su traducción. Debo advertir que la traducción es mía, por lo que espero que los germanistas o las personas que sepan alemán que lean esta entrada me perdonen.
Philoktet
Da sitz ich ohne Bogen und starre in den Sand.
Was tat ich dir Ulysses, daß du sie mir entwandt?
Die Waffe, die den Trojern des Todes Bote war,
Die auf der wüsten Insel mir Unterhalt gebar.
Es rauschen Vogelschwärme mir über'm greisen Haupt;
Ich greife nach dem Bogen, umsonst, er ist geraubt!
Aus dichtem Busche raschelt der braune Hirsch hervor:
Ich strecke leere Arme zur Nemesis empor.
Du schlauer König, scheue der Göttin Rächerblick!
Erbarme dich und stelle den Bogen mir zurück.

Filoctetes
Aquí estoy sentado yo sin mi arco y miro fijamente la arena.
¿Qué te he hecho, Ulises, para que tú me la hayas robado?
El arma que fue el mensajero de la muerte para los troyanos,
Que en esta desolada isla me proporcionaba el sustento.
Bandadas de aves se precipitan sobre mi cabeza cana;
Yo echo mano a mi arco, en vano, ¡ha sido robado!
De la espesa arboleda surge el pardo ciervo:
Yo extiendo mis manos vacías hacia arriba, hacia Némesis.
Tú, astuto rey, ¡teme la mirada vengadora de la diosa!
Apiádate de mí y devuélveme mi arco.


Esta obra merece un pequeño comentario. Pero creemos que antes debemos narrar, aunque no sea en su totalidad, el mito de Filoctetes.
Filoctetes (Φιλοκτήτης) es un héroe tesalio, hijo de Peante y Demonasa (Higinio, Fábula 102), que fue pretendiente de Helena y que, como tal, fue a la guerra de Troya, a la que acudió con siete barcos y 50 arqueros cada uno (Homero, Ilíada, II, 718-719; Sófocles, Filoctetes, 1027). Amigo de Heracles, fue el que encendió la pira (Ovidio, Metamorfosis, IX, 233) que éste había construido en el monte Eta, en Traquis, para poner fin a su vida, cuando sufría terribles dolores como consecuencia de la sangre del centauro Neso con la que su esposa Deyanira, por celos, había impregnado una túnica que envió a Heracles (Diodoro Sículo, Biblioteca histórica, IV, 38, 4). Por esta acción el héroe tebano le dio su célebre arco y sus flechas (Séneca, Hércules sobre el Eta, 1648 ss.), que utilizaba con gran destreza (Homero, Odisea, VIII, 219) y le hizo jurar que no revelaría el lugar en el que había estado la pira. Pero no lo cumplió, ya que, pese a que no contestó a las preguntas al ser interrogado, se trasladó al lugar en el que había estado la pira y golpeó el suelo con su pie con un gesto evidente. Esto le valió el siguiente castigo: camino de Troya paró a dormir en la isla de nedos, y fue mordido por una serpiente, mientras realizaba un sacrificio. En la versión de Sófocles la isla no es Ténedos, sino Crisa (Sófocles, Filoctetes 194, 270, 1327; cf. también Pausanias, Descripción de Grecia, VIII, 33, 4), donde una serpiente mordió a Filoctetes cuando limpiaba el altar de la diosa Crisa, que daba nombre a la isla; isla que, por lo demás, desapareció en el siglo II d. C., pues, como nos cuenta Pausanias, Descripción de Grecia, VIII, 33, 4, las olas la cubrieron por completo y se hundió, desapareciendo en las profundidades del mar. La herida se infectó muy pronto, hasta el punto de despedir un hedor insoportable, por lo que no le fue difícil a Ulises convencer a los demás caudillos griegos de que abandonasen al herido en Lemnos, cuando la flota pasó cerca de esta isla. Sin embargo, otra razón aducida para el abandono del héroe fue que los gritos que daba el infeliz por el dolor que le provocaba su herida, que no curaba, turbaban el orden y el silencio ritual (εὐφημία) de los sacrificios. Sea como fuere el instigador de este abandono fue, como hemos dicho, Ulises, sobre quien recae generalmente la responsabilidad del acto; pero la decisión la tomó Agamenón, en nombre de todo el ejército argivo y como comandante supremo del mismo. Abandonado, pues, en la isla de Lemnos estuvo allí diez años solo, con la herida emponzoñada, alimentándose de las aves que mataba con las flechas de Heracles.
Entretanto proseguía el asedio a Troya que, al cabo de diez años, seguía sin ser tomada. Paris había muerto, y Héleno (o Heleno), a quien habían negado la mano de Helena, se había refugiado en la montaña y había sido capturado por los griegos. El adivino troyano reveló a los argivos que Troya no podría ser tomada excepto si, entre otras condiciones, sus enemigos iban armados con las flechas de Heracles y el propio Filoctetes participaba en la acción. En Apolodoro, esta revelación la realiza Calcante, mientras que las otras condiciones las revela Héleno. Otra versión, la de la tragedia de Sófocles, nos cuenta que Paris no había muerto, sino que el destino reservaba a Filoctetes acabar con su vida (Apolodoro, Epítome, V, 8), después de volver a Troya y ser curado de su herida por los médicos Podalirio (Apolodoro, Epítome, V, 8) y Macaón, hijos del dios de la medicina Asclepio, o bien por el propio dios, como leemos en el Filoctetes sofocleo (1436-1437). La curación de Filoctetes, en la versión más extendida, la practicó Macaón, con la ayuda de Apolo quien sumió a Filoctetes en un profundo sueño y de Asclepio quien le proporcionó una planta, que, a su vez, había recibido del centauro Quirón, que Macaón aplicó a la llaga, después de lavarla con vino y cortar la carne muerta. Sería el primer ejemplo de una intervención quirúrgico con anestesia. Como el episodio de la muerte de Paris a manos de Filoctetes entraba en contradicción con la historia de la profecía de Héleno, puesto que, al parecer, Héleno no fue capturado hasta después de la muerte de Paris, se contaba que la profecía que ordenaba que Filoctetes se reintegrase de Lemnos a Troya era de Calcante, el adivino titular de la expedición griega en Troya. (cf. Apolodoro, Epítome, V, 8)
Sobre la forma en que los griegos consiguieron que Filoctetes les acompañara a Troya hay varias versiones. En una fue Ulises quien, solo, partió hacia Lemnos; otra, la de Eurípides e Higinio (Fábula 102), dice que le acompañó Diomedes, y la versión sofoclea, sobre la que más adelante nos detendremos, narra que Ulises marchó a Lemnos acompañado del hijo de Aquiles, Neoptólemo. En Eurípides, Ulises y Diomedes se apoderan, mediante la astucia, de las armas de Filoctetes (Apolodoro, Epítome, V, 8) y obligan al héroe a acompañarlos desarmado. O bien le hablan del patriotismo y el deber, o, finalmente, le prometen la curación por los cuidados de Podalirio y Macaón. En cambio, en Ovidio, Metamorfosis, XIII, 45-55, especialmente en el verso 55 leemos: ille tamen vivit, quia non comitavit Ulixen (pero al menos él vive porque no acompañó a Ulises). En efecto, este libro XIII de las Metamorfosis se abre con el juicio de las armas en el que se dirime a quién deben ir a parar las armas de Aquiles. Los competidores son Áyax y Ulises. En su intervención, que es la primera, Áyax dedica terribles críticas al itacense, especialmente le echa en cara que trató de “escaquearse” (perdónesenos la expresión) de la guerra de Troya, fingiéndose loco, pero Palamedes, que había acudido con Menelao a buscarle para la expedición, descubrió su engaño (este episodio lo alude Filoctetes en la obra de Sófocles, versos 1025-1026). En ese contexto Áyax dice que ojalá hubiera sido cierta la locura de Ulises, pues, de este modo, nunca hubiera llegado a Troya para inducirles a crímenes y a Filoctetes no le poseería ahora la isla de Lemnos, abandonado en ella con baldón para los griegos (non te, Poeantia proles, expositum Lemnos nostro cum crimine haberet).
Después de la toma de Troya, Filoctetes regresó a Grecia, a su patria de Eta, tras depositar en la tumba de Heracles el botín conseguido en Ilión. Otra versión cuenta que viajó a Italia meridional, donde fundó varias ciudades en la región de Crotona, como Petelia y Macala, donde consagró a Apolo las flechas de Heracles.

Volvamos al poema de Mayrhofer.
El poema nos presenta al héroe tesalio, cuyo nombre aparece en el título de la obra, sentado (da sitz ich) en la playa (eso parece evocar el in den Sand del verso 1) de una isla, por lo demás desierta, desolada (como leemos en el verso 4: der wüsten Insel). Nosotros sabemos, por el mito, que la isla es Lemnos. Es muy destacable que ya en el primer verso Filoctetes nos informe de su carencia (ohne Bogen = sin mi arco). El héroe está sentado, cual antiguo Robinson Crusoe, en la playa de la isla, mirando detenidamente hacia la arena (starre in den Sand).
Ya en el segundo verso aparece el nombre del autor de las desgracias de Filoctetes; no es otro que Ulises a quien se dirige una inquisitiva pregunta (was tat ich dir Ulysses?). En el poema Ulises es quien ha arrebatado el arco a Filoctetes (daß du sie mir entwandt), no así en la tragedia sofoclea. Por cierto, el sie de este segundo verso se refiere, anticipándolas, a las palabras die Waffe, que inician el verso siguiente; nos parece esto más aceptable que no que se refiera a Bogen en plural; Bogen es masculino y se refiriera anafóricamente a esa palabra en singular, debería decir den; por ello entendemos que este pronombre sie prepara a die Waffe del verso siguiente y no tanto se refiere a Bogen del verso 1, que sería entonces plural, lo cual es posible ya que esta palabra hace el plural Bogen (en alemán del sur Bögen) y abarcaría entonces tanto el arco como las flechas, o tratarse de un plural poético. En Apolodoro (Epítome, V, 8) son Diomedes y Ulises los que se arrebatan a Filoctetes con astucia las armas. Pero, pese a no ser Ulises el que arrebató directamente el arco, el propio Filoctetes dice en el verso 1134-1135: en sustitución serás manejado por otro dueño, un hombre fecundo en ardides, en clara alusión al héroe itacense.
Esas armas, según relata Filoctetes en el poema que nos ocupa, han sido mensajero de la muerte para los troyanos (den Trojern des Todes Bote war). Estas palabras se refieren a la profecía de Héleno (o Calcante, según las versiones) de que Troya sólo sería tomada con las armas de Heracles. Armas que también han sido el sustento del héroe en la desierta Lemnos (la soledad de la isla la describe Filoctetes en la tragedia sofoclea homónima, versos 301-304). Que las armas sean su sustento es narrado por el propio Filoctetes en la tragedia sofoclea, en los versos 287 a 292 o el coro en la antistrofa del estásimo 1º (710-711). Más adelante Filoctetes (verso 933) se refiere al arco como su vida (τὸν βίον = mi vida = el Unterhalt de Mayrhofer). Otra nueva alusión en Sófocles al arco como medio de caza lo encontramos en los versos 955-956 (οὐ πτηνὸν ὄρνιν, οὐδὲ θῆρ᾿ ὀρειβάτην τόξοις ἐναίρων τοισίδ’ = sin poder matar con este arco alados pájaros ni montaraces fieras), curiosamente los dos tipos de animales citados por Mayrhofer (Vogelschwärme, der braune Hirsch). La misma idea en 1108-1110 (οὐ φορβὰν ἔτι προσφέρων, οὐ πτανῶν ἀπ᾿ ἐμῶν ὅπλων κραταιαῖς μετὰ χερσὶν ἴσχων = sin proporcionarme ya alimentos procedentes de mis aladas armas, las que yo sujetaba con mis fuertes brazos). El verso 1126 lo deja aún más claro: τὰν ἐμὰν μελέου τροφάν (= mi medio de vida).
Las bandadas de aves (Vogelschwärme) que sobrevuelan la canosa cabeza (über'm greisen Haupt) de Filoctetes y el pardo ciervo (der braune Hirsch) que surge de la espesura no tienen nada que temer, pues el héroe ya no posee el arco (Ich greife nach dem Bogen, umsonst, er ist geraubt). Esta idea está en la antistrofa 2ª, dentro del estásimo 3º, de la tragedia sofoclea, que es en realidad un diálogo lírico entre Filoctetes y el coro. La traducción que ofrecemos es la de Assela Alamillo en la editorial Gredos.:
¡Oh aladas presas y fieras de brillantes ojos a quienes esta región mantiene paciendo en sus montes! ¡No os alejéis ya a saltos huyendo de mi gruta! Pues no tengo en mis manos, ¡desgraciado de mí!, las flechas que eran antes mi protección
Antes, en la estrofa Filoctetes ha dicho:
¡Ay de mí! Sentado en cualquier punto de la playa ante el espumoso mar, se está riendo de mí, blandiendo en su mano mi medio de vida, desdichado, el arma que nadie alzó nunca. ¡Oh arco querido, arrebatado de mis manos! Probablemente estás viendo con piedad, si es que algún sentimiento tienes, que el amigo de Heracles en adelante no te utilizará ya y que, en sustitución, serás manejado por otro dueño, un hombre fecundo en ardides.
El antepenúltimo verso es una llamada a Némesis, que personifica la venganza divina. Extender las manos hacia arriba, hacia el cielo, es una forma de culto, llamada plegaria, muy frecuente en la Grecia Antigua. El penúltimo y último versos del poema son una llamada a Ulises (al que se califica de “astuto rey”- schlauer König -) para que, temiendo el castigo de la diosa Némesis, se apiade de Filoctetes y le devuelva el arco.
En la tragedia de Sófocles hay muchas intervenciones de Filoctetes deseando desgracias para Ulises, y también para los Atridas (314-316, 416-418, 1035, etc.).
Es, en definitiva, un poema de diez versos con rima: AABBCCDDEE, que realiza una breve, pero al tiempo completa alusión al mito de Filoctetes. Están presentes su soledad en la isla, su imposibilidad de alimentarse, su odio a Ulises que le ha arrebatado sus armas, la referencia a la caída de Troya mediante el uso de su arco, su petición de venganza, su llamada a la compasión de su enemigo y su exigencia para que le sea devuelto su medio de vida.
En próximas entradas hablaremos de otros aspectos del mito de Filoctetes, especialmente en su versión sofoclea.

sábado, 10 de febrero de 2007

Caminar y meditar

Das Wandern
Das Wandern ist des Müllers Lust,
Das Wandern!
Das muß ein schlechter Müller sein,
Dem niemals fiel das Wandern ein,
Das Wandern.
Vom Wasser haben wir's gelernt,
Vom Wasser!
Das hat nicht Rast bei Tag und Nacht,
Ist stets auf Wanderschaft bedacht,
Das Wasser.
Das sehn wir auch den Rädern ab,
Den Rädern!
Die gar nicht gerne stille stehn,
Die sich mein Tag nicht müde drehn,
Die Räder.
Die Steine selbst, so schwer sie sind,
Die Steine!
Sie tanzen mit den muntern Reihn
Und wollen gar noch schneller sein,
Die Steine.
O Wandern, Wandern, meine Lust,
O Wandern!
Herr Meister und Frau Meisterin,
Laßt mich in Frieden weiterziehn
Und wandern.

Caminar
Caminar es el gozo del molinero,
¡caminar!
ese debe ser mal molinero
que jamás pensó en caminar,
¡caminar!
Del agua lo hemos aprendido,
¡del agua!
No descansa ni de día ni de noche
está siempre deseosa de caminar,
¡el agua!
Lo copiamos también de las ruedas,
¡las ruedas!
No les gusta estar paradas
y ningún día se cansan de girar,
¡las ruedas!
Las piedras mismas tan pesadas como son,
¡las piedras!
bailan el animado baile
y quieren ser todavía más rápidas,
¡las piedras!
¡Oh caminar, caminar, mi gozo!
¡oh caminar!
Señor maestro y señora maestra,
dejadme continuar en paz mi camino
y caminar.


El otro día volví a escuchar el primero de los lieder que componen el ciclo Die schöne Müllerin (La bella molinera), D795, de Franz Schubert, compuesto en 1823. Toma por texto “Wanderschaft” de Wilhelm Müller (1794-1827), que lo compuso en 1818.
La obra se inicia con cuatro compases a cargo del piano que establece todo el ritmo de la pieza. Compás binario de 2/4 e indicado mässig geschwind (moderadamente rápido)
Es una melodía pegadiza, con un ritmo que semeja el caminar. El piano tiene un importante papel en la obra manteniendo en todo momento ese ritmo de marcha y aludiendo, con la figuración de la mano derecha, al fluir del agua al que alude la letra. La melodía tiene un carácter vivaz, alegre y extrovertido
Un día de primavera de 1823, Schubert estaba en casa de un amigo cuando éste se vio obligado a ausentarse. El compositor decidió esperarle y, para entretenerse, abrió un libro que estaba encima de una mesa y leyó unos poemas titulados La bella molinera, escritos por Wilhelm Müller, autor que Schubert no conocía. La lectura le impresionó vivamente y, sin esperar a su amigo, regresó a su casa llevándose el libro. Aquélla misma noche compuso los tres primeros lieder del ciclo. Wilhelm Müller era contemporáneo de Schubert. Los poemas a los que puso música son 20, y aunque todos los lieder están unidos entre sí por el argumento, cada uno de ellos es una composición con vida propia. La primera parte, aparentemente serena y esperanzada, está ya llena de tristes presagios que se cumplirán en la segunda.
“Das wandern” (El Caminar) expresa ya los principales elementos musicales de todo el ciclo: un bajo rítmico y marcado que representa el caminar, y una figuración de semicorcheas que representa el arroyo. El protagonista inicia aquí un viaje, que concluirá dramáticamente con un lied en forma de canción de cuna cuya honda tristeza la aproxima a un canto fúnebre.
Pues bien, caminar no sólo es la alegría del molinero, sino también la mía y ese lied schubertiano fue un nuevo argumento para dedicar unas horas del sábado a ejercer ese alegre quehacer que es el caminar.
Caminar solo, además, permite un ejercicio aconsejable para toda persona: la meditación. Necesitamos ambas cosas, el caminar y la meditación, para cuidar y mejorar nuestra salud, de cuerpo y alma, respectivamente. Por ello, hoy, tras la comida, he cogido mi coche y me he dirigido a un lugar ideal para combinar las acciones a que hemos aludido, la meditación y el caminar. Ese lugar es el Desierto de las Palmas.
Declarado Paraje Natural en octubre de 1989, es hoy, pese a haber sufrido dos atroces incendios, una zona en regeneración que ofrece al caminante variadas rutas que permiten observar la rica flora y fauna de la zona, así como disfrutar de magníficas vistas y panoramas. Más información se puede encontrar aquí.
Tras aparcar el coche en el aparcamiento situado junto a la carretera, frente al monasterio nuevo, y debajo de la Casa de Espiritualidad, me he dirigido a la Portería vieja. Desde aquí ya se puede tener un bonito panorama de Benicàssim, el Grau, Castelló y toda la comarca de la Plana Alta, el propio Paraje del Desierto, con el castillo de Montornés en primer término, les Agulles de Santa Águeda a la izquierda y cerrando nuestra vista, el Mediterráneo, el Mare Nostrum romano, de un azul intenso hoy y donde se podían divisar las islas Columbretes, sobre todo l’Illa Grossa con su blanco faro.
Deleitado con el panorama, he cogido el camino que sale por detrás de la portería y que serpentea entre la vegetación típica de la zona (palmito, tomillo, lentisco, etc.). En este momento de mi viaje me han llegado a la mente las palabras clave de dos meditaciones de Marco Aurelio que suelo releer en los momentos de decaimiento. Ahora las transcribo completas:
La primera:
Ser semejante al acantilado contra el cual sin interrupción rompen las olas, pero él se mantiene firme y en torno a él se adormece la espuma del oleaje. ¡Desgraciado de mí, porque me aconteció eso!. Pero al contrario: soy afortunado, porque a causa de lo que me ha ocurrido, persisto hasta el fin sin aflicción, ni abrumado por el pasado ni temeroso del futuro. Porque ciertamente algo semejante pudo suceder a todo el mundo, pero no todo el mundo, después de esto, hubiera podido perseverar hasta el fin sin pena. ¿Por qué, pues, va a ser eso más un infortunio que esto buena fortuna? ¿Llamas acaso en una palabra infortunio del hombre a lo que no es desgracia de la naturaleza del hombre? ¿Y te parece aberración de la naturaleza del hombre lo que no va contra el designio de su propia naturaleza? ¿Qué, pues? ¿Has aprendido tal designio? ¿Acaso pues este suceso te impide ser justo, magnánimo, sensato, prudente, reflexivo, sincero, discreto, libre, etc., conjunto de virtudes con las cuales la naturaleza del hombre contiene lo que le es peculiar? Acuérdate, en adelante, en todo lo que te conduzca a la aflicción, de usar este principio: no es esto una desgracia, sino una dicha el soportarlo con dignidad.
Marco Aurelio, Meditaciones, Libro IV, 49, 1.
La segunda, que acude a mi mente al observar a la naturaleza en plena actividad (pájaros cantando, insectos volando, plantas y arbustos al lado del camino):
Al amanecer, cuando de mala gana y perezosamente despiertes, acuda puntual a ti este pensamiento: “Despierto para cumplir una tarea propia de hombre.” ¿Voy, pues, a seguir disgustado, si me encamino a hacer aquella tarea que justifica mi existencia y para la cual he sido traído al mundo? ¿O es que he sido formado para calentarme, reclinado entre pequeños cobertores? “Pero eso es más agradable”. ¿Has nacido, pues, para deleitarte? Y, en suma, ¿has nacido para la pasividad o para la actividad? ¿No ves que los arbustos, los pajarillos, las hormigas, las arañas, las abejas, cumplen su función propia, contribuyendo por su cuenta al orden del mundo? Y tú, entonces, ¿rehusas hacer lo que es propio del hombre (τὰ ἀνθρωπικὰ)? ¿no persigues con ahínco lo que está de acuerdo con tu naturaleza (τὸ κατὰ τὴν σὴν φύσιν)?
Marco Aurelio, Meditaciones, Libro V, 1, 1.
El camino llega a la altura del centro de Información La Bartola, cuyas instalaciones vemos perfectamente, y sigue hasta empalmar con la pista de tierra que, cruzando el paraje, lleva a La Pobla Tornesa. Por unos minutos he seguido esta pista. En este tramo, a mano derecha del caminante la Font de la Mola. Una solitaria gota cae de su caño. Me ha recordado el verso ovidiano (Pónticas IV, 10, 5):
gutta cavat lapidem, consumitur anulus usu,
atteritur pressa vomer aduncus humo
Tempus edax igitur pareter nos omnia perdet
cessat duritia mors quoque victa mea.

La gota de agua cava la piedra, el anillo se desgasta con el uso y la reja del arado se embota a fuerza de surcar las glebas. El tiempo devorador lo destruye todo, menos a mí, y la muerte se declara vencida por la tenacidad de mis males.
Las tres primeras palabras (gutta cavat lapidem) fueron más tarde completadas así: gutta cavat lapidem non vi sed saepe cadendo (la gota cava la piedra no por la fuerza, sino a fuerza de caer).

Esta pista llegar al lugar donde se separan las dos vertientes de la sierra. Mirando hacia el norte, a mi derecha está la cresta del Desierto (la excursión que estoy realizando se conoce como “la de la cresta”) y a mi izquierda, como se puede apreciar en un cartel panorámico muy instructivo, se divisa en primer término La Pobla, más allá Vall d’Alba, Villafamés, Cabanes, Benlloch, y más al fondo La Serra d’En Galcerà. Por supuesto, levantándose sobre todo, el pico del Penyagolosa, que adopta desde este lugar aspecto triangular.
Dejo la pista y afronto el camino que me llevará desde aquí hasta la cruz del Bartolo por encima de esta cresta rocosa de tonos rojizos, propios del rodeno que la forman. Este camino es muy bello, porque nos encontramos siempre entre dos mundos panorámicos: a la derecha la vertiente este del Desierto con la costa y el mar al fondo, y a la izquierda el valle de Vall d’Alba y el Pla de l’Arc y las sierras interiores con el Penyagolosa como punto culminante. Hace aquí bastante viento; también es bueno que, de cuando en cuando, nos aireemos a ver si se nos despeja la cabeza y nos nacen nuevas ideas.
Mientras camino me pregunto quien habrá hollado estos parajes antes que yo y me respondo: recientemente, excursionistas como yo, pero ¿y más atrás en el tiempo? ¿acaso monjes eremitas carmelitas, piratas berberiscos, anónimos agricultores, arrieros con sus acémilas, pastores con sus rebaños? ¿soldados romanos, guerreros iberos, ilercavones, comerciantes griegos?
Mientras, ya he llegado junto a varias antenas y la cruz del Bartolo, de 18 metros de altura. Medito sobre la presencia de una cruz en el punto más alto de este lugar emblemático. Este lugar santo debía estar coronado por una cruz, ese instrumento de tortura que el cristianismo ha convertido en símbolo de amor y de redención. En la cruz hay una cita de Juan (12, 32): Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí. Anualmente se celebra aquí una eucaristía con motivo de la Pujada a la Creu del Bartolo. Las estaciones del Vía Crucis, que también se realiza, comienzan en la pista asfaltada que surge a la izquierda de la carretera, nada más dejar el acceso al monasterio.
Abandono la cruz y llego a la pista asfaltada que sube del monasterio. No la sigo hasta el Bartolo, sino que giro a la izquierda para tomar un sendero que empalma con la pista de la Balaguera y cruza el Camí dels senglars. Dos cuervos levantan el vuelo de una roca a la derecha del camino y no sé porqué me vienen a la cabeza la ornitomancia de los antiguos griegos y romanos y los versos 999 a 1004 de la Antígona de Sófocles.
Llego a la pista que conduce, a la izquierda a Les Santes, pero giro a la derecha para subir al Bartolo. Allí, ahogada por un mar de antenas, se levanta la ermita de San Miguel. En parte superior de la entrada hay una cerámica en la que el artista ha pintado un san Miguel atlético y alado (es el jefe de las milicias angélicas), que tiene sujeto con una cadena, que cuelga de su mano izquierda, al diablo, al que pisa con su pie en la cabeza. En su derecha blande una espada. Me recuerda mucho al san Miguel de Guido Reni. No lleva el acostumbrado escudo en el que se lee Quis ut Deus? (= ¿quién como Dios?, significado del nombre Mikael en hebreo). Me complace mucho que los 729 metros de altitud del monte Bartolo los corone una ermita cuyo titular es mi santo.
Estoy unos minutos sentado en las escaleras de acceso a la ermita, contemplando el hermoso panorama. Una hermosa combinación cromática se muestra ante mis ojos: el verde de la vegetación del paraje, muy agradecida, ya que con pocas lluvias se muestra muy viva; el rojizo del rodeno y el marrón de las pistas forestales forman el otro foco cromático; el blanco de las edificaciones de la costa benicense y el azul del mar en el fondo completan un cromatismo que el Sol, que empieza a ponerse, contribuye a embellecer.

Tomo el camino de regreso, primero por la pista asfaltada y después por el camino que surge a la izquierda y que me deposita de nuevo en la pista, ya casi en la carretera. Es obligada la visita a la iglesia del monasterio.
Unos momentos de meditación en este hermoso templo que preside un retablo con la transverberación de Santa Teresa. En las cuatro esquinas del crucero: San José, San Juan de la Cruz, la Virgen del Carmen con el escapulario (que, según la tradición, entregó un 16 de julio de 1251 a San Simón Stock) y San Elías. Terminada la visita, subo a mi coche y vuelvo a Castellón. Tras la reparadora ducha y la cena, me siento a escribir estas letras, mientras suena de fondo, a través de Radio Clásica, la transmisión diferida de la representación del 26 de octubre de 2006 de Otello de Verdi, desde la ópera de Viena.
Comenzaba este comentario haciendo referencia a un lied de Schubert. Pues bien, otro lied del vienés nos servirá de motivo para nuestra próxima entrada.

sábado, 3 de febrero de 2007

Era de Sófocles, no de Esquilo (y IV)

Iniciamos esta cuarta y última entrada de las que hemos dedicado a repasar las sentencias (γνῶμαι) que aparecen en el Áyax sofocleo.
Concluímos la anterior citando un texto antibelicista que aparece en el 4º estásimo de la tragedia.
Todas las que siguen se insertan en la éxodo de la obra, que va desde el verso 1223 al final, 1420. Hay tres partes diferenciadas en la éxodo: un primer enfrentamiento (ἀγών), hasta el verso 1315, entre Teucro y Agamenón, réplica del mantenido por el primero con Menelao, hermano de Agamenón, en el episodio 4º; un diálogo entre Agamenón y Odiseo (hasta el verso 1401), que durante 23 versos (1346-1369) adopta la forma de esticomitia, y la tercera, en que se disponen brevemente los preparativos del enterramiento de Áyax.
En el enfrentamiento entre Teucro y Agamenón, éste critica la insolencia y la arrogancia del primero; le recuerda que en la lucha por las armas de Aquiles, Áyax fue vencido por Odiseo, y no le parece bien que ahora Teucro adopte un tono insolente. Añade que no podría establecerse ninguna ley si los que con justicia han vencido son rechazados, y, en cambio, se promociona a los perdedores. En ese contexto aparece la siguiente sentencia (1250-1252):
No son los más seguros los hombres grandes y de anchas espaldas, sino que en todas partes vencen los que razonan prudentemente (= οὐ γὰρ οἱ πλατεῖς οὐδ' εὐρύνωτοι φῶτες ἀσφαλέστατοι, ἀλλ' οἱ φρονοῦσι εὖ κρατοῦσι πανταχοῦ).
En el mismo enfrentamiento, Teucro pronuncia una sentencia, por desgracia, muy vigente (1266-1267):
¡Cuán rápidamente se pierde para los mortales el agradecimiento al que ha muerto! (= τοῦ θανόντος ὡς ταχεῖά τις βροτοῖς χάρις διαρρεῖ). Con ella alude a las veces que Áyax defendió, lanza en ristre, al caudillo heleno, exponiendo incluso su vida.
En la segunda parte de la éxodo aparece Odiseo que viene a hablar en favor de Áyax y a conseguir de Agamenón el enterramiento de su cadáver, al que se opone el rey de Micenas. De la intervención de Odiseo destacamos dos sentencias. La primera nos recuerda el refrán valenciano: en dir les veritats s'acaben les amistats o en castellano: si dices las verdades, pierdes las amistades.
Odiseo, que se considera amigo de Agamenón, formula la sentencia en forma de pregunta (1328-1329):
¿Le es posible a un amigo decirte la verdad y seguir siendo tan amigo como antes? (= ἔξεστιν οὖν εἰπόντι τἀληθῆ φίλῳ σοί μηδὲν ἦσσον ἢ πάρος ξυνηρετεῖν).
Antes de la segunda frase odiseica aparecen dos sentencias en labios de Agamenón.

La primera (1350) dirigida a sí mismo, cuando Odiseo le pide que no se recree en el mal ajeno. Agamenón responde: No es fácil que un tirano sea piadoso (= τόν τοι τύραννον εὐσεβεῖν οὐ ῥᾴδιον).
La segunda, en el verso 1352, es todo un ejemplo de cómo el noble debe obedecer. Ya Menelao (1075-1080) había defendido la idea del orden y la obediencia. Ahora Agamenón dice:
Es preciso que el hombre noble obedezca a los que tienen el poder (= κλύειν τὸν ἐσθλὸν ἄνδρα χρὴ τῶν ἐν τέλει).
La segunda frase de Odiseo hace referencia a cómo quienes eran nuestros aliados pueden convertirse en nuestros enemigos:
Ciertamente, muchos son amigos en un momento y después son enemigos (= ἢ κάρτα πολλοὶ νῦν φίλοι καὖθίς πικροί, donde la última palabra significa "duro, cruel, amargo, agrio").
El final de nuestro repaso de las sentencias del Áyax de Sófocles nos lleva al final mismo de la obra (1418-1420), donde el corifeo proclama:
Ciertamente que a los mortales les es posible conocer muchas cosas al verlas. Pero antes nadie es adivino de cómo serán las cosas futuras (= ἢ πολλὰ βροτοῖς ἔστιν ἰδοῦσιν γνῶναι. πρὶν ἰδεῖν δ' οὐδεὶς μάντις τῶν μελλόντων ὄ τι πράξει).

Hasta aquí nuestro repaso a las frases, que podemos considerar sentencias, en el Áyax de Sófocles. Como ya dijimos, no descartemos la posibilidad de realizar este mismo repaso con otras tragedias de Sófocles o de Eurípides.
Esperamos que muchas de ellas nos sean de aplicación en la vida o, al menos, nos lleven a la reflexión.

martes, 30 de enero de 2007

Era de Sófocles, no de Esquilo (III)

Ofrecemos la tercera entrega de este recorrido por las sentencias que jalonan el Áyax de Sófocles y que iniciamos a propósito de una de ellas, que, durante mucho tiempo, habíamos atribuído a Esquilo.
Decir, en primer lugar, que este recorrido se podría hacer en cualquiera de las tragedias griegas conservadas y no descartamos hacerlo en una próxima ocasión con otras del mismo autor.
Antes de seguir con ese repaso me tomo la libertad de citar dos sentencias que aparecen en el evangelio que se proclamó en la eucaristía del pasado domingo (Domingo IV del Tiempo Ordinario) y que son muy conocidas. Pertenecen al evangelista Lucas (4, 23-24) y son ambas pronunciadas por Jesús en la sinagoga de Nazaret, su patria. La primera es: médico, cúrate a ti mismo (en griego ἰατρέ, θεράπευσον σεαυτόν; en latín, medice, cura te ipsum). Jesús la pronuncia intuyendo el pensamiento de quienes lo escuchan: haz milagros en tu tierra, no en otros lugares. Puede tener varias interpretaciones. Normalmente usamos esta expresión dirigida a personas que ponen demasiado entusiasmo en corregir los defectos de los demás y Jesús va a dirigir duras palabras a sus compatriotas, hasta el punto que lo expulsarán de la sinagoga con intención de despeñarlo.
Después pronuncia el segundo proverbio adivinando lo que después pasará. Ningún profeta es aceptado en su tierra ( en griego: οὐδεὶς προφήτης δεκτός ἐστιν ἐν τῇ πατρίδι αὐτοῦ; en latín: nemo propheta acceptus est in patria sua). Con ello hace referencia al final que tuvo Jesús y también a la dificultad que comporta ser profeta (ser crítico, decir las verdades, denunciar las injusticias) en la propia patria. Ello traerá consigo dificultades para el profeta. Otro significado, el que más se usa hoy, es el que indica que muchas personas obtienen triunfos y reconocimiento, no en su patria, sino en el extranjero, En la Edad Media había una versión rimada: in patria natus non est propheta vocatus.
Y volvemos ya al Áyax.
En el diálogo lírico que establecen el coro y Tecmesa, ésta dice en los versos 964-965: los torpes no conocen lo valioso, aún teniéndolo en sus manos, hasta que se lo arrebatan (= οἱ γὰρ κακοὶ γνώμαισι τἀγάθὸν χεροῖν ἔχοντες οὐκ ἴσασι, πρίν τις ἐκβάλῃ).
En el episodio 4º, el hermano de Áyax, Teucro, muestra su consternación por la muerte de su hermano al tiempo que se preocupa por su cadáver. Es entonces cuando dice:
Todos suelen reírse de los muertos tan pronto como están caídos (= τοῖς θανοῦσί τοι φιλοῦσι πάντες κειμένοις ἐπεγγελᾶν).
Más adelante se produce un enfrentamiento (ἀγών) entre Menelao, que ha llegado para prohibir la sepultura de Áyax, y Teucro. En la intervención de Menealo hay estas dos sentencias:
- En una ciudad donde no reinase el temor, nunca se llevarían las leyes a buen cumplimiento, ni podría ser ya prudentemente guiado un ejército, si no hubiera una defensa del miedo y del respeto.
Es ésta una idea que expone también otro caudillo (el Creonte de la Antígona, cuando dice: al que la ciudad designa se le debe obedecer en lo pequeño, en lo justo y en lo contrario... No existe un mal mayor que la anarquía) y que arranca de la poesía homérica.
Menelao remacha la idea unos versos más adelante: Quien tiene temor y, a la vez, vergüenza sabe bien que tiene salvación (= δέος γὰρ ᾧ πρόσεστιν αἰσχύνη θ' ὁμοῦ, σωτηρίαν ἔχοντα τόνδ' ἐπίστασο). Y sigue añadiendo: Y donde se permite la insolencia y hacer lo que se quiera, piensa que una ciudad tal, con el tiempo caería al fondo, aunque corrieran vientos favorables.
El enfrentamiento Menelao-Teucro adquiere un tono fuerte que hace expresar al corifeo una frase que se nos antoja muy bella:
Las palabras duras, aunque estén cargadas de razón, muerden (= τὰ σκληρὰ γάρ τοι, κἂν ὑπερδίκ' ᾖ, δάκνει). El corifeo, sin duda, suscribiría la frase del general de los jesuitas Claudio Acquaviva (1543-1615): fortiter in re, suaviter in modo.
En el cuarto estásimo de la obra el coro enumera las penalidades que trae consigo la guerra:
¡Ojalá antes se hubiera sumergido en el amplio cielo o en el Hades, común a todos, aquel hombre que mostró a los helenos la guerra de odiosas armas que a todos afecta! ¡Oh infortunios creadores de infortunios nuevos! Ella fue la que empezó a destruir a los hombres.
Es un claro alegato antibelicista que no necesita ningún comentario y que merece que detengamos aquí el repaso a las sentencias del Áyax, más si cabe el 30 de enero en el que celebramos el día mundial de la PAZ.

jueves, 25 de enero de 2007

Era de Sófocles, no de Esquilo (II)

Seguimos con el repaso a las sentencias de la tragedia Áyax de Sófocles. Lo hacemos hoy que hemos celebrado la Conversión de San Pablo. Por cierto, este día nos recuerda otro dicho que deberíamos aclarar; el dicho es "caerse del caballo, como San Pablo camino de Damasco". Incluso en el suplemento Crónica del periódico El Mundo, del domingo 17 de diciembre de 2006, en el que se habla del descubrimiento de la tumba del santo de Tarso en Roma, y que firma José Manuel Vidal, se hace una pequeña biografía de Pablo y también allí se dice que cayó del caballo, cuando iba camino de Damasco. Pues bien, pese a las representaciones pictóricas como ésta de Caravaggio, en ningún lugar del texto en el que se narra la conversión (Hechos de los Apóstoles, 9, 1-9) se dice que Saulo fuera a caballo; es más en el texto griego dice: ἐν δὲ τῷ πορεύεσθαι ἐγένετο αὐτὸν ἐγγίζειν τῇ Δαμασκῷ y en latín et cum iter faceret contigit ut appropinquaret Damasco, que, de ningún modo, permiten decir que fuera a caballo. Es, pues, una de esas expresiones viciadas, que conviene tener claras.
Bueno, seguimos ya con Sófocles.
Tras el segundo estásimo, se inicia un breve episodio en el que Áyax comunica a los marineros sus intenciones; el espectador capta en las palabras llenas de ironía trágica del héroe, sus verdaderas intenciones. Su intervención comienza así:
El tiempo largo y sin medida saca a la luz todo lo que era invisible, así como oculta lo que estaba claro. Nada hay que no se pueda esperar, sino que son doblegados, incluso, el terrible juramento y las mentes obstinadas.
En este mismo parlamento encontramos la cita que ha dado pie a estas entradas. En los versos 664-666 leemos: Cierto es el dicho de los hombres: "los dones de los enemigos no son tales y no aprovechan"(ἀλλ'ἔστ' ἀληθὴς ἡ βροτῶν παροιμία ἐχθρῶν ἄδωρα δῶρα κοὐκ ὀνήσιμα).
Más adelante, y en el mismo episodio, leemos una larga sentencia que destaca el inexorable paso del tiempo, los cambios en los ciclos vitales y aporta una reflexión sobre la amistad y la enemistad:
Las más terribles y resistentes cosas ceden ante mayores prerrogativas. Y así, los inviernos con sus pasos de nieve dejan paso al verano de buenos frutos. Y el círculo sombrío de la noche se aparta ante el día de blancos corceles para que brille su luz. Y el soplo de terribles vientos calma el ruidoso mar; el omnipotente sueño libera tras haber encadenado y no te tiene por siempre aunque te haya apresado. Y nosotros, ¿no vamos a aprender a ser sensatos? Yo, al menos, acabo de aprender que el enemigo deberá ser odiado por nosotros hasta un punto tal que también pueda ser amado en otra ocasión, y que voy a desear ayudar al amigo prestándole servicios en tanto que no va a durar siempre"
El fragmento se cierra con una cita bella, pero dura.
Pues para la mayor parte de los hombres no es de fiar el puerto de la amistad (τοῖς πολλοῖσι γὰρ βροτῶν ἄπιστός ἐσθ' ἑταιρείας λιμήν).
En el siguiente estásimo, y más en concreto en la antístrofa, el coro expresa una sentencia referida al poder devorador del tiempo:
Todo lo marchita el tiempo poderoso (Πάνθ᾿ ὁ μέγας χρόνος μαραίνει).
Hasta aquí esta nueva entrega de sentencias del Áyax sofocleo.

No quiero concluir sin aportar una cita de Gustave Flaubert, la correspondiente al jueves 25 de enero, que aparece en esa agenda del 2007, de la que hablaba en mi anterior entrada. Y si en mi anterior aportación, la frase de Chesterton rebajaba el tono gnómico y un tanto pesimista de Sófocles, la cita de Flaubert es un poco, o un mucho, demoledora:
La felicidad es una cosa monstruosa. Quienes la buscan no dejan de hallar castigo.

jueves, 18 de enero de 2007

Era de Sófocles, no de Esquilo (I)

El otro día me percaté de un error de memoria que me hacía atribuir a Esquilo una sentencia sofoclea. Cuando estudiaba sintaxis griega, en el capítulo de las oraciones nominales, y más concretamente en el de la oración nominal pura en la poesía de los siglos V y IV, aprendí de memoria el verso 665 de la tragedia Áyax de Sófocles (ἐχθρῶν ἄδωρα δῶρα κοὐκ ὀνήσιμα = los regalos de los enemigos no son regalos y no son provechosos). No sé porqué, tras muchos años, sigo reteniendo esa sentencia, pero le había cambiado el autor; pensaba que era de Esquilo.
El otro día comprobé mi error y, al mismo tiempo, me di cuenta de la riqueza de sentencias (γνῶμαι) que contenía el Áyax sofocleo.
Mi pretensión ahora es presentarlas conforme van apareciendo en la obra. A ello dedicaremos algunas entradas, es decir, no las presentaré todas hoy.
Antes de empezar he de decir que he conseguido una agenda del año 2007 que, para cada día, ofrece una frase de algún autor. La correspondiente al jueves 18 de enero pertenece al gran humanista valenciano Juan Luis Vives y reza así: Libre es aquél que apetece solamente lo que está en sus manos alcanzar; siervo, el que tiene otras ambiciones.
Me hubiera gustado aportar todas las sentencias en el griego original, pero problemas técnicos me lo han impedido y sólo aporto algunas. Paso, sin más, a ir presentando las sentencias en la traducción de Assela Alamillo de la editorial Gredos.
Empezamos por los versos 125 y 126, que salen de la boca de Odiseo. El héroe itacense expresa su compasión por Áyax, pero también muestra preocupación por su destino. Y añade:
Pues veo que cuantos vivimos nada somos sino fantasmas o sombra vana.
Es un lugar común de la poesía griega. El mismo Sófocles, en Filoctetes 947, insiste en la idea. Es proverbial el dicho de Píndaro (Pítica VIII, 95): σκιᾶς ὄναρ ἄνθρωπος, el hombre es el sueño de una sombra.
La diosa Atenea en los versos 132 y 133 hace un llamamiento a la piedad y una reprobación de la soberbia (ὕβρις) y expresa una sentencia tajante:
los dioses aman a los prudentes y aborrecen a los malvados.(τοὺς δὲ σώφρονας θεοὶ φιλοῦσι καὶ στυγοῦσι τοὺς κακοὺς).
En la párodo (157-163) el coro canta hablando de relaciones sociales entre poderosos y humildes:
La envidia se desliza contra el poderoso. Sin embargo, los pequeños sin los poderosos son débil protección de la torre. Porque, junto a los grandes, el pequeño perfectamente se acopla y el grande se endereza con ayuda de los pequeños. Pero no es posible instruir a tiempo a los insensatos en estas máximas.
El verso 293 ofrece una expresión proverbial, de carácter claramente machista, que también aparece en otros autores:
el silencio es un adorno en las mujeres (γυναιξὶ κόσμον ἡ σιγὴ φέρει).
En su largo parlamento del episodio 1º, Áyax pronuncia unas frases (473, 474, 477-479) relativas a la vida con honor y la muerte con deshonor, idea típicamente homérica y de la época arcaica:
Porque vergonzoso es que un hombre desee vivir largamente sin experimentar ningún cambio en sus desgracias... No compraría por ningún valor al hombre que se anima con esperanzas vanas; el noble debe vivir con honor o con honor morir.
Tecmesa en los versos 485-487 se lamenta del destino con estas claras palabras:
ningún mal hay mayor para los hombres que el destino que se nos ha impuesto (τῆς ἀναγκαίας τύχης οὐκ ἔστιν οὐδὲν μεῖζον ἀνθρώποις κακόν).
Cuando Tecmesa le pide a Áyax que la recuerde dice (520-522):
pues es preciso que el hombre recuerde, si es que algún contento ha sentido.
Un favor otro favor siempre engendra (χάρις χάριν γάρ ἐστιν ἡ τίκτουσ' ἀεί).
En los versos 554 y 555, Áyax, que está despidiéndose de su hijo Eurísaces, al tiempo que adiestrándolo en las duras costumbres, pues no quiere ocultarle la carnicería que ha cometido con los rebaños a los que ha matado, pensando que eran los helenos, alaba otro lugar común de la literatura griega, la inconsciencia de la infancia:
La vida más grata está en la inconsciencia hasta que llegas a conocer las alegrías y las penas (ἐν τῷ φρονεῖν γὰρ μηδὲν ἤδιστος βίος, ἔως τὸ χαίρειν καὶ τὸ λυπεῖσθαι μάθῆς).

Hasta aquí nuestra primera entrega de este resumen de las sentencias que aparecen en el Áyax de Sófocles.

No quiero concluir sin citar una frase de Chesterton para desengrasar un poco el carácter de esta entrada: Si el vino perjudica tus negocios, deja tus negocios.