
El cordobés tiene también reflexiones referidas a las relaciones humanas, pero las que aquí ofreceremos rebasan este límite. Hemos querido ofrecerlas, porque, ciertamente, son hermosas y, al tiempo, útiles, ya que tratan sobre aspectos tan diversos como el uso del tiempo, la conveniencia de la paz interior, la necesidad de la amistad y la constancia, o la necesidad de poseer un espíritu de pobreza.
Están todas extraídas de las Epístolas morales a Lucilio, y las ofrecemos en la traducción que, para la edición de Gredos, realizó Don Ismael Roca Meliá, que fuera profesor nuestro de Textos Latinos en la Facultad de Valencia y gran especialista en el filósofo cordobés.
En la primera cita, Séneca hace referencia a varios asuntos. En primer lugar, hay una llamada a la tranquilidad y a la reflexión profunda ante la agitación de los viajes. Después hay algo chocante: el filósofo aconseja la lectura de pocos, pero grandes y reconocidos escritores, y encuentra contraproducente la multitud de libros; en todo caso, respecto a la lectura, da un consejo interesante: ten tantos libros, cuantos puedas leer.
Como costumbre provechosa, Séneca recomienda la meditación diaria de algún pasaje de un autor reconocido.
La última frase de esta primera selección es un canto contra el consumismo y tiene mucho que ver con la austeridad cristiana. Hay que tener lo necesario y, todo lo más, lo suficiente, pero nunca lo superfluo y, aún menos, lo absolutamente prescindible. Pobre es quien ambiciona más. Plenamente actual, sin duda.
Libro I, epístola 2 (Los viajes y las lecturas):
Considero el primer indicio de un espíritu equilibrado poder mantenerse firme y morar en sí.
Mas evita este escollo: que la lectura de muchos autores y de toda clase de obras denote en ti una cierta fluctuación e inestabilidad.
Es conveniente ocuparse y nutrirse de algunos grandes escritores, si queremos obtener algún fruto que permanezca firmemente en el alma. No está en ningún lugar quien está en todas partes. A los que pasan la vida en viajes les acontece esto: que tienen múltiples alojamientos y ningunas amistades. Es necesario que acaezca otro tanto a aquellos que no se aplican al trato familiar de ingenio alguno, sino que los manejan todos al vuelo y con precipitación.
El cuerpo no aprovecha ni asimila el alimento que expulsa tan pronto como lo ingiere; nada impide tanto la curación como el cambio frecuente de remedios; no llega a cicatrizar la herida en la que se ensayan las medicinas; no arraiga la planta que a menudo es trasladada de sitio; nada hay tan útil que pueda aprovechar con el cambio. Disipa la multitud de libros; por ello, si no puedes leer cuantos tuvieres a mano, basta con tener cuantos puedas leer…

Así, pues, lee siempre autores reconocidos y, si en alguna ocasión te agradare recurrir a otros, vuelve luego a los primeros. Procúrate cada día algún remedio frente a la pobreza, alguno frente a la muerte, no menos que frente a las restantes calamidades, y cuando hubieres examinado muchos escoge uno para meditarlo aquel día. Esto es lo que yo mismo hago; de los muchos pasajes que he leído me apropio alguno. El de hoy es éste que he descubierto en Epicuro (pues acostumbro a pasar al campamento enemigo no como tránsfuga, sino como explorador): “cosa honesta – dice – es la pobreza llevada con alegría”.
Mas no es pobreza aquella que es alegre; no es pobre el que tiene poco, sino el que ambiciona más…
¿Preguntas cuál es el límite conveniente de las riquezas? Primero tener lo necesario, luego lo suficiente.
A continuación, Séneca censura tanto el exceso, como el defecto, es decir, tanto a quienes largan confidencias a desconocidos, como a cuantos se muestran cerrados y poco francos con los más queridos.
Libro I, Epístola 3 (Elección de los amigos):
Pero si consideras amigo a uno en quien no confías en la misma medida que en ti mismo, te equivocas de medio a medio y no has valorado con justeza la esencia de la verdadera amistad. Tú, al contrario, examina todas las cosas en el amigo, pero antes que nada a él mismo: una vez contraída la amistad hemos de confiarnos, antes de contraerla hemos de juzgar. Mas invierten el orden de su actuación quienes, en contra de los principios de Teofrasto, juzgan después de haberse encariñado, en vez de encariñarse después de haber juzgado. Reflexiona largo tiempo si debes recibir a alguien en tu amistad. Cuando hayas decidido hacerlo, acógelo de todo corazón: conversa con él con la misma franqueza que contigo mismo…
Algunos cuentan a quienes les salen al paso lo que sólo a los amigos ha de confiarse y largan a los oídos de cualquiera cuanto les atormenta; otros, por el contrario, se resisten a la confidencia incluso con los más queridos y, como gente que, si pudiese, ni siquiera confiaría en sí, ocultan en su interior todo secreto. Ni lo uno ni lo otro ha de hacerse; pues ambas cosas son defectuosas: lo mismo el fiarse de todos, como el no fiarse de nadie; ahora bien, lo primero lo calificaría de vicio más honesto; lo segundo, de más seguro.
Esto es lo primero que garantiza la filosofía: sentido común, trato afable y sociabilidad, objetivo éste del que nos separará la desemejanza.
La primera: quien sabe que es imperfecto y sabe ver sus defectos y asumirlos, tiene “un alma perfecciona

La auténtica amistad no la destruye nada; al contrario, por los amigos hay que dar hasta la vida. Ello nos recuerda la frase del evangelio de Juan (15,13): maiorem hac dilectionem nemo habet, ut animam suam quis ponat pro amicis suis (= nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos).
Libro I, Epístola 6 (La verdadera amistad. Hay que convivir con el amigo):
Esta es la prueba cabal de un alma perfeccionada: el que descubre los propios defectos que todavía ignoraba; a ciertos enfermos se les felicita cuando advierten que lo están…
Así, pues, quisiera compartir contigo el súbito cambio experimentado en mí; entonces comenzaría a tener una confianza más firme en nuestra amistad, en aquella amistad auténtica que ni la esperanza, ni el miedo, ni la búsqueda del propio provecho destruyen, en aquella amistad con la que mueren y por la que mueren los hombres…
Entretanto te daré a conocer, ya que te debo el pequeño obsequio diario, la frase de Hecatón que hoy me ha encantado. Dice así: “¿Me preguntas en qué he aprovechado? He comenzado a ser mi propio amigo”. Mucho ha aprovechado: nunca estará solo. Ten presente que un tal amigo es posible a todos.
El párrafo siguiente, dedicado a los deseos surgidos de la naturaleza, se comenta por sí mismo.
Libro II, Epístola 16 (La filosofía es necesaria para la felicidad. Hay que seguir los dictados de la naturaleza):
La filosofía no es una actividad agradable al público, ni se presta a la ostentación. No se funda en las palabras, sino en las obras. Ni se emplea para que transcurra el día con algún entretenimiento, para eliminar del ocio el fastidio: configura y modela el espíritu, ordena la vida, rige las acciones, muestra lo que se debe hacer y lo que se debe omitir, se sienta al timón y a través de los peligros dirige el rumbo de los que vacilan. Sin ella nadie puede vivir sin temor, nadie con seguridad; innumerables sucesos acaecen cada hora que exigen un consejo y éste hay que recabarlo de ella…
Los deseos de la naturaleza son limitados; los que nacen de la falsa opinión no saben dónde terminar, pues no hay término para lo engañoso. El que va por buen camino encuentra un final; el extravío no tiene fin. Aléjate, por tanto, de la vanidad, y cuando quieras saber si lo que pides responde a un deseo natural o a una ciega codicia, examina si pude detenerse en algún punto: si habiendo avanzado un gran trecho, siempre le queda otro más largo, ten por seguro que tal deseo no es natural.
Libro III, Epístola 23 (El gozo y el bien verdaderos brotan de la virtud del alma)
Ha llegado a la perfección quien sabe de qué gozar, quien no ha dejado su felicidad al arbitrio ajeno. Anda angustiado e inseguro de sí mismo aquel a quien cautiva alguna esperanza, aunque esté a su alcance conseguirla, aunque sea de fácil acceso, aunque nunca sus esperanzas le hayan defraudado. Éste es tu primer cometido, querido Lucilio: aprende a sentir el gozo… Créeme, el gozo verdadero es cosa seria…
Los metales poco valiosos se explotan a flor de tierra; son, en cambio, muy valiosos aquellos cuyo filón se esconde en profundidad, pronto a corresponder con más abundancia al tesón del excavador. Las diversiones en que se deleita el vulgo brindan un placer ligero y muy superficial, y toda alegría que es afectada, carece de fundamento; ésta de que te hablo, hacia la cual intento conducirte, tiene solidez y se manifiesta más bien en el interior del alma…
Trabaja, te lo ruego, Lucio carísimo, sólo en aquello que puede hacerte feliz. Arroja y pisotea esos objetos que brillan por fuera, que te prometen otros o por otro motivo; atiende al único bien y goza de lo tuyo. ¿Qué quiere decir “de lo tuyo”? De ti mismo y de tu parte más noble…
La apetencia del verdadero bien carece de peligro. ¿Cuál es la naturaleza de éste, preguntas, y de dónde emana? Te lo diré: de la buena conciencia, de las honestas decisiones, de las acciones rectas, del desprecio al azar, del sereno y continuo discurrir de la vida que recorre un solo camino. Porque aquellos que de unos propósitos pasan de golpe a otros, o que ni siquiera pasan sino que son empujados por cualquier eventualidad, ¿cómo, indecisos e inconstantes, pueden mantener una postura segura y duradera?
Pocos son los que mediante la reflexión ponen orden en sí mismos y en sus cosas.
Libro III, Epístola 27 (El esfuerzo por la virtud, bien supremo, es una labor personal)
Trata mejor de conseguir algún bien que permanezca; mas no existe ninguno fuera del que el alma descubre en sí misma. Sólo la virtud proporciona el gozo perenne, seguro; aunque se presente algún obstáculo, éste se interpone a la manera de las nubes que se mueven en las capas bajas y no impiden la claridad.
La frase: sométete tú mismo a la razón, es también muy hermosa. Muchas personas han dilapidado su vida por no haber aplicado la razón en más ocasiones durante su existencia.
Libro IV, Epístola 37 (El compromiso de la sabiduría)
Cosa rastrera es la necedad, abyecta, despreciable, servil, sometida a muchas y muy violentas pasiones. A estos tan severos déspotas, que a veces mandan por turno, a veces a la par, los aleja de ti la sabiduría que constituye la única libertad.

Ni uno solo me podrás nombrar que sepa cómo ha comenzado a querer lo que quiere; no le ha conducido a ello su razón, sino que lo ha lanzado su instinto. La fortuna no tropieza con nosotros menos frecuentemente que nosotros con ella. Lo vergonzoso no es que uno vaya a su ritmo, sino que se vea arrastrado y que, inmerso de repente en la vorágine de los acontecimientos, pregunte con sorpresa: “¿Cómo he llegado yo aquí?”.
El primer paso para avanzar en el camino hacia la virtud es reconocer nuestros defectos, porque es de nuestro interior de donde surge el mal. Hay una relación entre estas palabras y

Libro V, Epístola 50 (Hemos de reconocer los defectos y confiar en corregirlos)
¿Por qué nos engañamos? Nuestro mal no procede del exterior; se halla dentro de nosotros, radica en nuestras mismas entrañas y la causa de que difícilmente alcanzamos la salud está en desconocer que padecemos la enfermedad. Y caso de que comencemos la curación, ¿cuándo destruiremos la fuerza poderosa de tantas enfermedades?... Hemos de afanarnos; y, para decir la verdad, tampoco es grande el esfuerzo, a condición de que, como he indicado, comencemos a modelar, a reformar nuestra alma antes de que se endurezca en el vicio.