jueves, 18 de octubre de 2007

Voces griegas (y latinas) desde Castellón (III)

Un autor que ofrece siempre hermosas, o al menos útiles y siempre interesantes reflexiones, es Séneca.
Es un autor que tiene acérrimos enemigos y entusiastas seguidores. No soy ni lo uno ni lo otro, pero me gustan mucho ciertos pasajes de su obra, que permiten la reflexión y el manejo de ciertas situaciones desde otro punto de vista.
El cordobés tiene también reflexiones referidas a las relaciones humanas, pero las que aquí ofreceremos rebasan este límite. Hemos querido ofrecerlas, porque, ciertamente, son hermosas y, al tiempo, útiles, ya que tratan sobre aspectos tan diversos como el uso del tiempo, la conveniencia de la paz interior, la necesidad de la amistad y la constancia, o la necesidad de poseer un espíritu de pobreza.
Están todas extraídas de las Epístolas morales a Lucilio, y las ofrecemos en la traducción que, para la edición de Gredos, realizó Don Ismael Roca Meliá, que fuera profesor nuestro de Textos Latinos en la Facultad de Valencia y gran especialista en el filósofo cordobés.
En la primera cita, Séneca hace referencia a varios asuntos. En primer lugar, hay una llamada a la tranquilidad y a la reflexión profunda ante la agitación de los viajes. Después hay algo chocante: el filósofo aconseja la lectura de pocos, pero grandes y reconocidos escritores, y encuentra contraproducente la multitud de libros; en todo caso, respecto a la lectura, da un consejo interesante: ten tantos libros, cuantos puedas leer.
Como costumbre provechosa, Séneca recomienda la meditación diaria de algún pasaje de un autor reconocido.
La última frase de esta primera selección es un canto contra el consumismo y tiene mucho que ver con la austeridad cristiana. Hay que tener lo necesario y, todo lo más, lo suficiente, pero nunca lo superfluo y, aún menos, lo absolutamente prescindible. Pobre es quien ambiciona más. Plenamente actual, sin duda.
Libro I, epístola 2 (Los viajes y las lecturas):
Considero el primer indicio de un espíritu equilibrado poder mantenerse firme y morar en sí.
Mas evita este escollo: que la lectura de muchos autores y de toda clase de obras denote en ti una cierta fluctuación e inestabilidad.
Es conveniente ocuparse y nutrirse de algunos grandes escritores, si queremos obtener algún fruto que permanezca firmemente en el alma. No está en ningún lugar quien está en todas partes. A los que pasan la vida en viajes les acontece esto: que tienen múltiples alojamientos y ningunas amistades. Es necesario que acaezca otro tanto a aquellos que no se aplican al trato familiar de ingenio alguno, sino que los manejan todos al vuelo y con precipitación.
El cuerpo no aprovecha ni asimila el alimento que expulsa tan pronto como lo ingiere; nada impide tanto la curación como el cambio frecuente de remedios; no llega a cicatrizar la herida en la que se ensayan las medicinas; no arraiga la planta que a menudo es trasladada de sitio; nada hay tan útil que pueda aprovechar con el cambio. Disipa la multitud de libros; por ello, si no puedes leer cuantos tuvieres a mano, basta con tener cuantos puedas leer…
Así, pues, lee siempre autores reconocidos y, si en alguna ocasión te agradare recurrir a otros, vuelve luego a los primeros. Procúrate cada día algún remedio frente a la pobreza, alguno frente a la muerte, no menos que frente a las restantes calamidades, y cuando hubieres examinado muchos escoge uno para meditarlo aquel día. Esto es lo que yo mismo hago; de los muchos pasajes que he leído me apropio alguno. El de hoy es éste que he descubierto en Epicuro (pues acostumbro a pasar al campamento enemigo no como tránsfuga, sino como explorador): “cosa honesta – dice – es la pobreza llevada con alegría”.
Mas no es pobreza aquella que es alegre; no es pobre el que tiene poco, sino el que ambiciona más…
¿Preguntas cuál es el límite conveniente de las riquezas? Primero tener lo necesario, luego lo suficiente.
Segunda selección. Elección de los amigos: asunto serio, difícil y profundo. Séneca define al verdadero amigo como aquél en quien confiamos tanto como en nosotros mismos, si le hemos considerado digno de llevar el nombre de amigo, tras un período de “juicio” sobre sus cualidades. Es necedad, en cambio, encariñarse con alguien antes de haber realizado este ejercicio crítico, en el sentido primigenio del término (del griego κριτικός, capaz de juzgar). Elegir un amigo y recibirlo en nuestra amistad requiere larga reflexión; si, realizada ésta, nuestra decisión para aceptarlo como amigo es favorable, lo deberemos acoger con todas las consecuencias y deberá ser nuestro alter ego.
A continuación, Séneca censura tanto el exceso, como el defecto, es decir, tanto a quienes largan confidencias a desconocidos, como a cuantos se muestran cerrados y poco francos con los más queridos.
Libro I, Epístola 3 (Elección de los amigos):
Pero si consideras amigo a uno en quien no confías en la misma medida que en ti mismo, te equivocas de medio a medio y no has valorado con justeza la esencia de la verdadera amistad. Tú, al contrario, examina todas las cosas en el amigo, pero antes que nada a él mismo: una vez contraída la amistad hemos de confiarnos, antes de contraerla hemos de juzgar. Mas invierten el orden de su actuación quienes, en contra de los principios de Teofrasto, juzgan después de haberse encariñado, en vez de encariñarse después de haber juzgado. Reflexiona largo tiempo si debes recibir a alguien en tu amistad. Cuando hayas decidido hacerlo, acógelo de todo corazón: conversa con él con la misma franqueza que contigo mismo…
Algunos cuentan a quienes les salen al paso lo que sólo a los amigos ha de confiarse y largan a los oídos de cualquiera cuanto les atormenta; otros, por el contrario, se resisten a la confidencia incluso con los más queridos y, como gente que, si pudiese, ni siquiera confiaría en sí, ocultan en su interior todo secreto. Ni lo uno ni lo otro ha de hacerse; pues ambas cosas son defectuosas: lo mismo el fiarse de todos, como el no fiarse de nadie; ahora bien, lo primero lo calificaría de vicio más honesto; lo segundo, de más seguro.
De la epístola siguiente seleccionamos una sola frase; en ella se citan tres cualidades realmente valiosas en las relaciones humanas: sentido común, afabilidad y sociabilidad. ¡Nos faltan tantas veces en nuestra relación con los demás que debemos recordarlas para tratar de tenerlas siempre presentes! Libro I, Epístola 5 (Evitar la singularidad y limitar los deseos):
Esto es lo primero que garantiza la filosofía: sentido común, trato afable y sociabilidad, objetivo éste del que nos separará la desemejanza.
Tres ideas he elegido de la epístola sexta.
La primera: quien sabe que es imperfecto y sabe ver sus defectos y asumirlos, tiene “un alma perfeccionada”.
La auténtica amistad no la destruye nada; al contrario, por los amigos hay que dar hasta la vida. Ello nos recuerda la frase del evangelio de Juan (15,13): maiorem hac dilectionem nemo habet, ut animam suam quis ponat pro amicis suis (= nadie tiene más amor que el que da su vida por sus amigos).
Tercero, y muy importante. Hemos de ser nuestros propios amigos. Tiene tres ventajas: está en nuestras manos serlo, evitaremos la soledad, es un inicio para la autoposesión y el dominio de nosotros mismos.
Libro I, Epístola 6 (La verdadera amistad. Hay que convivir con el amigo):
Esta es la prueba cabal de un alma perfeccionada: el que descubre los propios defectos que todavía ignoraba; a ciertos enfermos se les felicita cuando advierten que lo están…
Así, pues, quisiera compartir contigo el súbito cambio experimentado en mí; entonces comenzaría a tener una confianza más firme en nuestra amistad, en aquella amistad auténtica que ni la esperanza, ni el miedo, ni la búsqueda del propio provecho destruyen, en aquella amistad con la que mueren y por la que mueren los hombres…
Entretanto te daré a conocer, ya que te debo el pequeño obsequio diario, la frase de Hecatón que hoy me ha encantado. Dice así: “¿Me preguntas en qué he aprovechado? He comenzado a ser mi propio amigo”. Mucho ha aprovechado: nunca estará solo. Ten presente que un tal amigo es posible a todos.
La epístola 16 es un bello canto a la filosofía, con hermosas metáforas y una frase que destaco: Sin ella nadie puede vivir sin temor, nadie con seguridad.
El párrafo siguiente, dedicado a los deseos surgidos de la naturaleza, se comenta por sí mismo.
Libro II, Epístola 16 (La filosofía es necesaria para la felicidad. Hay que seguir los dictados de la naturaleza):
La filosofía no es una actividad agradable al público, ni se presta a la ostentación. No se funda en las palabras, sino en las obras. Ni se emplea para que transcurra el día con algún entretenimiento, para eliminar del ocio el fastidio: configura y modela el espíritu, ordena la vida, rige las acciones, muestra lo que se debe hacer y lo que se debe omitir, se sienta al timón y a través de los peligros dirige el rumbo de los que vacilan. Sin ella nadie puede vivir sin temor, nadie con seguridad; innumerables sucesos acaecen cada hora que exigen un consejo y éste hay que recabarlo de ella…
Los deseos de la naturaleza son limitados; los que nacen de la falsa opinión no saben dónde terminar, pues no hay término para lo engañoso. El que va por buen camino encuentra un final; el extravío no tiene fin. Aléjate, por tanto, de la vanidad, y cuando quieras saber si lo que pides responde a un deseo natural o a una ciega codicia, examina si pude detenerse en algún punto: si habiendo avanzado un gran trecho, siempre le queda otro más largo, ten por seguro que tal deseo no es natural.

La epístola 23 es una invitación a sentir el auténtico gozo, que nace del alma. Después hace una invitación a la reflexión, a la buena conciencia, a las rectas acciones, a las honestas decisiones, al sereno discurrir de la vida. Casi nada.
Libro III, Epístola 23 (El gozo y el bien verdaderos brotan de la virtud del alma)
Ha llegado a la perfección quien sabe de qué gozar, quien no ha dejado su felicidad al arbitrio ajeno. Anda angustiado e inseguro de sí mismo aquel a quien cautiva alguna esperanza, aunque esté a su alcance conseguirla, aunque sea de fácil acceso, aunque nunca sus esperanzas le hayan defraudado. Éste es tu primer cometido, querido Lucilio: aprende a sentir el gozo… Créeme, el gozo verdadero es cosa seria…
Los metales poco valiosos se explotan a flor de tierra; son, en cambio, muy valiosos aquellos cuyo filón se esconde en profundidad, pronto a corresponder con más abundancia al tesón del excavador. Las diversiones en que se deleita el vulgo brindan un placer ligero y muy superficial, y toda alegría que es afectada, carece de fundamento; ésta de que te hablo, hacia la cual intento conducirte, tiene solidez y se manifiesta más bien en el interior del alma…
Trabaja, te lo ruego, Lucio carísimo, sólo en aquello que puede hacerte feliz. Arroja y pisotea esos objetos que brillan por fuera, que te prometen otros o por otro motivo; atiende al único bien y goza de lo tuyo. ¿Qué quiere decir “de lo tuyo”? De ti mismo y de tu parte más noble…
La apetencia del verdadero bien carece de peligro. ¿Cuál es la naturaleza de éste, preguntas, y de dónde emana? Te lo diré: de la buena conciencia, de las honestas decisiones, de las acciones rectas, del desprecio al azar, del sereno y continuo discurrir de la vida que recorre un solo camino. Porque aquellos que de unos propósitos pasan de golpe a otros, o que ni siquiera pasan sino que son empujados por cualquier eventualidad, ¿cómo, indecisos e inconstantes, pueden mantener una postura segura y duradera?
Pocos son los que mediante la reflexión ponen orden en sí mismos y en sus cosas.

De la Epístola 27 extraemos este mensaje: la virtud es difícil de alcanzar, pero nos proporciona el bien supremo y el esfuerzo merece la pena.
Libro III, Epístola 27 (El esfuerzo por la virtud, bien supremo, es una labor personal)
Trata mejor de conseguir algún bien que permanezca; mas no existe ninguno fuera del que el alma descubre en sí misma. Sólo la virtud proporciona el gozo perenne, seguro; aunque se presente algún obstáculo, éste se interpone a la manera de las nubes que se mueven en las capas bajas y no impiden la claridad.
En esta epístola 37 hallamos el lema de la Universitat Jaume I de Castelló: sapientia sola libertas est. A fe que quien eligió ese lema estaba muy inspirado y acertó en ese lema para una universidad.
La frase: sométete tú mismo a la razón, es también muy hermosa. Muchas personas han dilapidado su vida por no haber aplicado la razón en más ocasiones durante su existencia.
Libro IV, Epístola 37 (El compromiso de la sabiduría)
Cosa rastrera es la necedad, abyecta, despreciable, servil, sometida a muchas y muy violentas pasiones. A estos tan severos déspotas, que a veces mandan por turno, a veces a la par, los aleja de ti la sabiduría que constituye la única libertad. Único es el camino que a ella nos conduce, directamente por cierto; por él no te desviarás. Anda con paso firme. Si quieres someter a ti todas las cosas, sométete tú mismo a la razón. A muchos gobernarás, si la razón te gobernare a ti. Aprenderás de ella qué proyectos debes acometer y de qué manera; no te cogerán de sorpresa los acontecimientos.
Ni uno solo me podrás nombrar que sepa cómo ha comenzado a querer lo que quiere; no le ha conducido a ello su razón, sino que lo ha lanzado su instinto. La fortuna no tropieza con nosotros menos frecuentemente que nosotros con ella. Lo vergonzoso no es que uno vaya a su ritmo, sino que se vea arrastrado y que, inmerso de repente en la vorágine de los acontecimientos, pregunte con sorpresa: “¿Cómo he llegado yo aquí?”.



Vamos con la última epístola seleccionada, en este breve repaso de citas senequianas.
El primer paso para avanzar en el camino hacia la virtud es reconocer nuestros defectos, porque es de nuestro interior de donde surge el mal. Hay una relación entre estas palabras y las que proclama Jesús en el evangelio de Mateo, 15, 11: No mancha al hombre lo que entra por la boca; lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre.
Libro V, Epístola 50 (Hemos de reconocer los defectos y confiar en corregirlos)
¿Por qué nos engañamos? Nuestro mal no procede del exterior; se halla dentro de nosotros, radica en nuestras mismas entrañas y la causa de que difícilmente alcanzamos la salud está en desconocer que padecemos la enfermedad. Y caso de que comencemos la curación, ¿cuándo destruiremos la fuerza poderosa de tantas enfermedades?... Hemos de afanarnos; y, para decir la verdad, tampoco es grande el esfuerzo, a condición de que, como he indicado, comencemos a modelar, a reformar nuestra alma antes de que se endurezca en el vicio.
En próximas entradas seguiremos con este repaso a las voces griegas y latinas, en relación con las relaciones interpersonales, la condición humana y la actitud ante determinadas situaciones de la vida.

sábado, 6 de octubre de 2007

Voces griegas (y latinas) desde Castellón (II)

En nuestra anterior entrada, primer capítulo de esta serie, explicábamos el propósito de esta nueva tanda de modestas aportaciones al blogosférico universo. En este segundo, iniciamos ya éstas, entre las cuales haremos nuestras propias reflexiones.
Allá vamos. Comenzaremos con algo divertido y, en cierto modo, exagerado. Son los pequeños retratos que Teofrasto hiciera sobre diferentes caracteres de los seres humanos. De su lectura podemos extraer conclusiones interesantes y, de seguro, que en alguno de los caracteres veremos retratado a alguna persona conocida, o con la que en cierta ocasión, tratamos. Es posible incluso, que, en algún aspecto de algún carácter, nos veamos un poquito identificados.
En primer lugar ofrecemos fragmentos de la introducción a la obra citada, que se ofrece en compañía de las cartas de parásitos y cortesanas de Alcifrón, que hace Elisa Ruiz García en la edición de Gredos:
A nuestro modo de ver, el libro de los Caracteres no es otra cosa que una pieza más de esa espléndida maquinaria intelectual que fue el sistema filosófico ideado por el Estagirita (Aristóteles). La obra que comentamos es una mímesis de los defectos – que no de los vicios – que aquejan frecuentemente a la gente mediocre y carente de formación. Las descripciones están realizadas con ese don de la eutrapelia que caracteriza al hombre de ingenio. Gracias a ello se pone en funcionamiento el sutil mecanismo de la risa. La sola presencia de esta manifestación anímica arrastrará consigo los benéficos efluvios ya analizados, permitiendo que surta efecto la intención próxima de la paideía (παιδεία) y su objetivo final de la philantropía (φιλανθρωπία)…
Algo de todo ello queda plasmado en esos esbozos magistrales (el adjetivo se refiere al contenido de los testimonios que son un modelo de fina observación psicológica, sutil ironía y capacidad de concreción; desde el punto de vista de la calidad de la prosa dejan mucho que desear), en los que despacha de un plumazo – apenas una treintena de líneas - el retrato acabado de una forma de ser. Todavía hoy sus descripciones tienen plena vigencia, pues ha sabido captar lo que es esencial y, al mismo tiempo, pertinente en cada tipo psicológico. Buena prueba de su lucidez e inteligencia es la vía narrativa y el tono discursivo empleados. No se trata de sesudas reflexiones o de exquisitas disquisiciones sobre la condición humana en la estricta línea de la investigación aristotélica, sino de una bocanada de humor sano y reconfortante sobre los defectos inherentes a nuestra calidad de seres racionales. La lectura de estos breves capítulos produce un efecto catártico sobre nuestra propia conducta y acrecienta la capacidad de comprensión y de ternura hacia el prójimo y sus debilidades. No hay una visión inmisericorde de nuestros errores ni una actitud punitiva o moralizadora, tan sólo un dibujo hecho con finos trazos e intención caricaturizante.
Hasta aquí algo de lo que podemos leer en la introducción, realmente interesante, de Elisa Ruiz. Concluimos con otro fragmento de esa introducción:
El término griego kharaktēr (χαρακτήρ) servía originariamente para designar el instrumento que deja una huella o graba, por ejemplo, el troquel y, también, el efecto de esta acción, esto es, la impronta marcada. Un uso metafórico del vocablo lo llevó a significar “señal”, “distintivo”. Probablemente bajo esta acepción lo utilizó Teofrasto, quien, tal vez, introdujo la novedad de aplicarlo al alma humana. Según P. Steinmetz, el plural que figura como título de la obra estaría justificado por ser una denominación genérica, algo así como “rasgos”.

Los 30 caracteres que describe Teofrasto son:

  1. Del fingimiento.
  2. De la adulación.
  3. De la charlatanería.
  4. De la rusticidad.
  5. De la oficiosidad.
  6. De la desvergüenza.
  7. De la locuacidad.
  8. De la novelería.
  9. De la gorronería.
  10. De la sordidez.
  11. Del gamberrismo.
  12. De la inoportunidad.
  13. Del entrometimiento.
  14. De la torpeza.
  15. De la grosería.
  16. De la superstición.
  17. De la insatisfacción de su propia suerte.
  18. De la desconfianza.
  19. De la guarrería.
  20. De la impertinencia.
  21. De la vanidad.
  22. De la tacañería.
  23. De la manía de grandezas.
  24. De la altanería.
  25. De la cobardía.
  26. De la oligarquía.
  27. Del afán tardío de educación.
  28. De la maledicencia.
  29. De la afición a la maldad.
  30. De la codicia

Probablemente haya quien no vea relación entre la introducción que ofrecíamos en la anterior entrada y la obra con la que iniciamos los textos clásicos que tratan sobre las relaciones humanas. Nosotros creemos que hay que tener claro que los seres humanos están caracterizados por una serie de distintivos o marcas (caracteres) que los hacen especiales y únicos. Es cierto que podemos englobar en determinado carácter a un grupo grande de personas; mejor expresado, hay personas de caracteres muy afines. El carácter indudablemente nos modela y, a veces, es un impedimento, o una ventaja, para nuestras relaciones. Alguien dirá, con razón, que un ser humano es algo único e irrepetible, y es cierto, pero no se nos escapa que determinado número de individuos responden a unos distintivos o marcas comunes.
De todos estos caracteres que presenta Teofrasto ofreceremos aquéllos que consideramos más frecuentes, que son más graciosos o que se acercan al de algunas personas con las que, de seguro, hemos tratado. Evidentemente, los lectores deberán cambiar las circunstancias y situaciones de la Grecia antigua por situaciones de la actualidad y entender que hay cierto grado de hipérbole en la descripción teofrástica. Asimismo, a buen seguro que nuestras mentes sabrán establecer comparaciones entre las situaciones o ejemplos que describe Teofrasto sobre cada carácter y los que se puedan producir hoy en día.
Del primer ejemplo que aportamos, seguro que conocemos alguna persona. No es un rasgo raro o insólito entre las personas. También es interesante destacar que conocer los caracteres-tipo de ciertos individuos nos permite saber tratarlos mejor, con más conocimiento de causa.
Veamos ya qué es un charlatán.
De la charlatanería.
La charlatanería es una propensión a hablar mucho y fuera de propósito. El charlatán es un individuo capaz de sentarse al lado de alguien a quien no conoce y, para empezar, le hace el canto de su propia esposa; luego, le cuenta lo que ha soñado la noche anterior; después, describe con todo lujo de detalles lo que tuvo para cenar. A continuación, pasando de un tema a otro, afirma que los hombres de hoy son mucho peores que los de antaño, y que el trigo en el mercado está a muy buen precio, y que hay una gran afluencia de extranjeros, y que a partir de las Dionisias el mar es de nuevo navegable, y que si Zeus mandara más lluvia, mejoraría la situación del campo, y lo que cultivará en su tierra el año próximo, y que la vida está difícil, y que Damipo ha consagrado una antorcha grandísima en los Misterios, y cuántas son las columnas del Odeón, y “Ayer vomité” y “¿Qué día es hoy?”. Si se le aguanta, él no ceja: “en el mes de Boedromión se celebran los Misterios; en el de Pianepsión, las Apaturias, y en el de Posideón, las Dionisias rurales”.
[Es preciso huir a todo meter de tales individuos, si se quiere evitar una calentura. Pues resulta trabajoso pararle los pies a los que no distinguen entre la actividad y el ocio]

Hay personas que decimos que tienen el don de la inoportunidad. Todos sabemos a qué nos referimos. Teofrasto exagera un poco, pero los ejemplos que pone son bastante próximos (mutatis mutandis, claro está).
De la inoportunidad.
La inoportunidad es una intervención extemporánea que perturba a las personas de nuestro entorno. El inoportuno actúa de la forma siguiente. Se acerca a hacerle sus confidencias a alguien, cuando precisamente está ocupado. Intenta cortejar a su amada, en una ocasión en que ella está con fiebre. Va a pedirle que sea su fiador a un individuo que acaba de ser condenado por un asunto de garantías. Se presenta como testigo de una causa que ya ha sido juzgada. Invitado a una boda, pronunciará duras acusaciones contra el sexo femenino. Al que acaba de llegar de una larga caminata, le propondrá dar un paseo. Asimismo, es capaz de traerle un comprador que ofrece más a quien ha cerrado un trato, y de levantarse y explicar todo desde el principio a los que ya tienen noticias y están al cabo del asunto. Pone todo su empeño en prestar unas atenciones que el interesado no desea, pero que, por pudor, no sabe rehusar. Cuando unas personas están celebrando un banquete, tras un sacrificio, se presenta para reclamar unos intereses. Si delante de él se azota a un esclavo, él explicará que en una ocasión un criado suyo se ahorcó después de un castigo similar. En el caso de que actúe de árbitro en un litigio, incita a las partes contendientes, a pesar de que ambas deseen una conciliación. Y arrastra a bailar a alguien que no está bajo los efectos del vino.
Todos conocemos personas groseras. El diccionario de la RAEL define así “grosero”: basto, ordinario y sin arte // descortés, que no observa decoro ni urbanidad.
De éstos hay muchos.
De la grosería.
La grosería es una tosquedad en el trato que se manifiesta verbalmente. El grosero, si alguien le pregunta: “¿Dónde está Fulano?”, replica: “Y a mí que me importa.” Cuando se le saluda, no contesta. Si vende algo, no dice a sus compradores el precio que pide, sino que inquiere cuáles son las pretensiones del cliente. A los que le dan muestras de estima y le envían algún obsequio con motivo de las fiestas, él objeta que no le resultará regalado. Es incapaz de perdonar a quien le mancha, le empuja o le pisa involuntariamente. Al amigo que le pide su contribución en un préstamo, primero se la niega, y luego, se presenta con ella, afirmando que se trata de un dinero perdido. Si da un tropezón en el camino, se pone a maldecir la piedra. No consiente aguardar a alguien por mucho tiempo. Tampoco accede a cantar, recitar o bailar. E, incluso, se atreve a no implorar a los dioses.
El impertinente, dice la RAE, es aquél excesivamente susceptible; que muestra desagrado por todo, y pide o hace cosas que son fuera de propósito.
Voy a contar algo que me ocurrió este verano con una persona a la que califico de impertinente.
Aeropuerto de Schiphol en Amsterdam. Vengo de un vuelo desde Budapest y debo conectar con otro de KLM Amsterdam-Madrid. Vamos con retraso, muy justos de tiempo para coger la conexión. Buscamos la puerta de embarque e iniciamos un largo recorrido por el aeropuerto siguiendo la estela de los paneles luminosos amarillos. Llegamos a un control de pasaportes. Los nervios, las prisas, la necesidad de asegurarse o de confirmarse en lo que se sabe, me hacen preguntar, en mi pésimo inglés, a la moza holandesa, funcionaria de aduanas, si por allí vamos a la puerta D28. Era una pregunta casi retórica, hecha para escuchar un tranquilizador, y también esperado, sí. La señorita, en efecto, pudiera haber dicho simplemente: “sí, señor = Yes, sir”. Pues no. Me pregunta en inglés: ¿Usted que piensa? ¿Usted ve el cartel luminoso? ¿Qué pone allí? Y no sé qué más. Todo esto con un tono y una cara de auténtica IMPERTINENTE. Me quedé con ganas de decirle algo feo en valenciano, pero me aguanté. Esta persona demostró unas nefastas condiciones para trabajar cara al público y un don de gentes, como suele decirse, a la altura del betún. Me pasé todo el viaje de vuelta a Madrid en avión y a Castellón en coche pensando en ello. Me provocó un malestar durante unos días, hasta que di con este texto de Teofrasto y me dije: “aquí está”, sobre todo por la frase:” Entretiene a los que están a punto de embarcarse”; esta chica es una impertinente, o al menos a mí me lo pareció.
De la impertinencia.
La impertinencia es, en lo que a tañe a su definición, una forma de trato que, sin dañar, causa fastidio. El impertinente es un individuo capaz de ir y despertar a uno que acaba de dormirse para hablar con él. Entretiene a los que están a punto de embarcarse, y, en cambio, si vienen a visitarle, pide que aguarden hasta que vuelva del paseo. A la nodriza le quita el niño de los brazos y le da de comer masticándole él mismo los alimentos, y, al tiempo que lo besuquea, utiliza diminutivos cariñosos y lo llama “bribonada de su abuelo”. Mientras come, cuenta que ha evacuado por arriba y por abajo gracias al eléboro, que ha bebido, y que en sus deposiciones la bilis era más negra que la sopa que está sobre la mesa. No le importa preguntar en presencia del servicio: “Dime, mamá, ¿qué día era cuando tuviste los dolores y me pariste?” Afirma que en su casa el agua está fría gracias a un depósito; que su huerto produce verduras de todas clases y muy tiernas; que su cocinero tiene muy buena mano; que su vivienda se asemeja a un albergue, pues siempre está llena, y que sus amigos son como una vasija agujereada, ya que no consigue hartarlos, a pesar de sus buenos oficios. Cuando actúa de anfitrión, le ensalza a su compañero de mesa los méritos de su parásito, y, al tiempo, que los invita a beber, les declara que ha preparado una grata sorpresa a los comensales y que, si así lo desean, el esclavo irá a buscarla a casa del proxeneta para que “Todos oigamos su música y disfrutemos.”
Y con el impertinente concluimos el pequeño desfile de caracteres teofrásticos.
La intención de este segundo capítulo:
· tener claro que las personas tienen unas características, según las cuales, se pueden agrupar (siendo, no obstante, únicas e irrepetibles, y dotadas de intrínseca dignidad).
· aprender a tratar a las personas a partir del conocimiento de estos caracteres, huyendo, eso sí, siempre de los prejuicios, los estereotipos y las imágenes preconcebidas. Pensamos que no debemos confundir prejuicio o estereotipo con carácter, característica.
· Es decir, cuanto más conozcamos al ser humano mejor podremos interconectar, relacionarnos y comunicarnos con él.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Voces griegas (y latinas) desde Castellón (I)

No, no es éste un nuevo blog que pretenda competir con el de Ana desde Benicàssim (esa competencia requeriría de ímprobos esfuerzos y, a buen seguro, aun con esfuerzo y dedicación, no lograríamos hacer nuestro blog más atractivo e interesante que el suyo).
Lo de las voces griegas (y latinas) se explica a continuación.
Hemos comenzado un nuevo curso. Hemos tenido un junio, un julio y un septiembre de mucho trabajo, pero, por fin, llegan los meses de actividad ¿normal?, en los que hay que afrontar el día a día, sin agobios ni premuras, ni cálculos, ni carreras, ni confecciones de listas o calendarios, ni casillas de horarios o asignaciones departamentales.
Lo que sí hemos de aplicar es el tacto, la escucha activa, la paciencia, la serenidad de ánimo, la empatía, como siempre, por otra parte. En el contacto con los alumnos y los compañeros profesores hay que tener grandes dosis de estas “virtudes”, ninguna de ella innata en el ser humano y, por tanto, todas ellas adquiribles, susceptibles de ser aprendidas, practicadas, ejercitadas, mejoradas y perfeccionadas.
Cada día estoy más convencido de la complejidad del alma humana, de la diversidad de los caracteres, de la importancia de saber comunicarse, relacionarse y empatizar con el otro, de la necesidad de la amistad. Algo muy difícil, porque siempre hay personas que nos “sacan de las casillas” o con las cuales la relación se hace especialmente compleja y espesa. En la otra parte de la balanza, hay personas que nos apoyan, nos dan fuerzas, nos aconsejan, nos valoran, nos suben la autoestima y con las que siempre podemos contar; es a ellas a las que podemos llamar amigos.
En cuanto a las relaciones personales, si al carácter de los demás, unimos la idiosincrasia del nuestro, muchas veces, opuesto y siempre distinto, la dificultad para que éstas discurran por el cauce del entendimiento absoluto y perenne es mayor.
Determinadas situaciones vitales exigen de nosotros un mayor contacto con nuestros semejantes, o una relación distinta a la que, hasta cierto momento, manteníamos y es entonces cuando tenemos que usar con mayor asiduidad y delicadeza esas “virtudes” mencionadas y cuando tenemos que reflexionar sobre los distintos caracteres o personalidades, especialmente la nuestra para tratar de hacerla más asequible y abierta a los demás.
Especialmente con los alumnos, la necesidad de empatizar en los tiempos que corren es esencial Con ellos tendremos que sacar el mayor rendimiento de nuestras destrezas comunicativas y relacionales.
Esas cavilaciones o reflexiones sobre las relaciones interpersonales me han traído a la mente frases, fragmentos u obras de autores clásicos griegos y latinos relacionadas, de alguna forma, con lo que he comentado y que ahora quiero compartir con quienes se acerquen a leer las aportaciones que escribo en este “blog”. Son reflexiones sobre la condición humana, sobre la postura ante las dificultades, la elección de las amistades, las “virtudes” que debemos cultivar, etc.
Así que lo de voces griegas y latinas se refiere a las citas que a continuación ofreceré en una miscelánea que muchos, con razón, tildarán de caótica, y que no estará carente, en algún momento, como se verá, de cierto sentido del humor.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Delfines en selectividad (y V)

Si en el pasado capítulo hacíamos referencia a la caza indiscriminada de delfines en Brasil, hoy debemos referirnos a una epidemia que está afectando a los delfines del Mediterráneo. Puede leerse la noticia aquí y aquí. Y todavía otra mala noticia referida a los delfines. Parece ser que el delfín blanco del río Yangtsé, en China, se ha extinguido debido a la presión de la actividad humana. Es éste un cetáceo de agua dulce.
Tras estas malas noticias sobre nuestros amigos los delfines, vamos con la última entrega de esta serie dedicada a textos clásicos en los que aparece el delfín, y que iniciamos a propósito de un texto de Plinio el Viejo que salió en la prueba de Latín II en los exámenes de selectividad de junio.
Hay otros dos episodios en los que Claudio Eliano coincide en parte con Plinio el Viejo. En uno de ellos se nos cuenta una colaboración entre pescadores y delfines para atrapar cierto tipo de peces.
Plinio sitúa esta sociedad de pesca en la provincia Narbonense, en el distrito de Nemauso (Nîmes) y, en concreto en el lago Latera. Lo narra en su Historia Natural IX, 29 y siguientes:
29. En la provincia Narbonense, en el distrito de Nemauso (la actual Nîmes), hay un lago llamado Latera donde los delfines pescan en sociedad con el hombre. En un momento determinado irrumpe en el mar por el desaguadero del lago una gran cantidad de mújoles que han estado aguardando el reflujo de la marea. No es posible tender las redes por esa razón, porque el peso no sería soportable de ningún modo, aunque los mújoles no esperasen astutamente la ocasión. De forma igualmente inteligente, se dirigen hacia las aguas profundas de una sima próxima, apresurándose a huir del único lugar adecuado para extender las redes. 30. Los pescadores se dan cuenta de esto – pues se congrega una multitud que conoce la fecha, deseosa de diversión – y todo el pueblo desde la costa llama a “Simón” (se trata de un juego de palabras; el nombre propio que se atribuye a los delfines tiene que ver con el adjetivo simus “chato”, puesto que el hocico plano era uno de sus rasgos más relevantes) con toda la fuerza de sus pulmones, para que se produzca el desenlace del espectáculo; los delfines oyen enseguida la llamada si el soplo del Aquilón acompaña a la voz; en cambio el Austro la retarda, al soplar en sentido opuesto, pero también en ese caso acuden corriendo en su ayuda cuando menos lo esperan. 31. Rápidamente aparece un batallón de delfines que se sitúa en el lugar donde se ha entablado el combate. Impiden a los asustados mújoles el acceso a alta mar y los empujan hacia aguas poco profundas; entonces los pescadores los rodean con las redes y las levantan con los tridentes. Los mújoles saltan por encima gracias a su rapidez; pero los delfines los reciben y, contentándose de momento con que mueran, aplazan su comida hasta la victoria. 32. El escenario de la lucha hierve de actividad y los delfines se divierten dejándose encerrar en las redes y empujando fuertemente a los mújoles; se deslizan entre las barcas y las redes o los nadadores tan suavemente que no abren ninguna salida para no incitar al enemigo a la huida. Ninguno intenta huir de un salto, cosa que les resulta divertido en otras ocasiones, a no ser que se les bajen las redes. Una vez que han salido, luchan ante la muralla de redes. Y así, terminada la captura, se distribuyen los mújoles que han matado, pero, dándose cuenta de que se trata de un esfuerzo demasiado extenuante para que la recompensa dure un solo día, los guardan para el día siguiente y comen, además de peces, pan mojado en vino.
33. Lo que cuenta Luciano respecto a este mismo tipo de pesca en el golfo de Jaso se diferencia en que los delfines aparecen espontáneamente, sin ser llamados, y reciben su parte de las manos, y cada barca tiene a uno de los delfines como socio, aunque sea de noche y a la luz de las antorchas.
Por su parte, Claudio Eliano en Historia de los animales, II, 8 narra lo siguiente sobre la pesca en sociedad con delfines, esta vez en la isla de Eubea:
Consejas provenientes de Eubea dicen que los pescadores de aquella isla se reparten con los delfines las presas capturadas. Y he oído que la pesca se hace de la siguiente manera. Es menester que el mar esté en calma y, si sucede así, fijan a la proa de las barcas braseros huecos con pujante fuego dentro; son transparentes, de manera que contienen el fuego y no ocultan la luz. Las llaman linternas. Pues bien, los peces se asustan del resplandor y quedan deslumbrados. Y algunos, ignorantes del significado de lo que ven, se acercan porque quieren saber lo que provoca su miedo. Luego, presas de terror, se quedan quietos, apiñados cerca de una roca, estremeciéndose de miedo, o son arrojados y empujados a lo largo de la costa y parecen aturdidos. A veces puestos en este trance es fácil arponearles. Así, cuando los delfines ven que los pescadores han encendido el fuego, se preparan para actuar. Los hombres reman tranquilamente y, mientras tanto, los delfines, atemorizando a los peces, los van empujando y les impiden escapar. Así que los peces, empujados por todas partes, y, en cierto modo, copados por los pescadores que reman y por los delfines que nadan, se dan cuenta de que no pueden escapar, se quedan quietos y son capturados en grandes cantidades. Y los delfines se acercan como si pidieran la parte debida a ellos en la provisión de comida, como paga del trabajo común, y los pescadores, leales y agradecidos, dejan a los camaradas que les ayudaron en la pesca su justa porción, por si desean llegar hasta ellos de nuevo sin ser llamados y dispuestos a ayudar; porque los trabajadores del mar de aquellas latitudes creen que si no hacen esto tendrán por enemigos a los que antes tuvieron por amigos.
En el capítulo 33 de la obra citada de Plinio hay una breve alusión a otra “virtud” de los delfines que, como no, también nos transmite Eliano.
Esto dice Plinio:
Además, los delfines tienen también una alianza entre sí. Tras ser capturado uno de ellos por el rey de Caria y estando atado en un puerto, acudieron los demás formando una gran muchedumbre para tratar de obtener misericordia, dando perceptibles muestras de tristeza, hasta que el rey ordenó soltarlo.
Eliano nos habla de un caso parecido en Historia de los animales, V, 6:
El delfín es un animal que ama a sus congéneres y testimonio de esto es Eno, ciudad de Tracia. Aconteció que fue capturado y herido un delfín, pero no de muerte, sino que el capturado podía todavía vivir. El animal se desangraba. Lo advirtieron los delfines que estaban libres y llegaran en tropel al puerto, donde se pusieron a dar brincos y mostraban la intención de hacer algo nada bueno. Los captores tuvieron miedo y soltaron al prisionero. Y aquéllos, escoltándole como si se tratara de alguno de la familia, se marcharon. Mas rara vez un hombre se avendrá a atender o a preocuparse por un pariente, sea hombre o mujer, en la desgracia.
Terminamos nuestro recorrido por algunos ejemplos de la literatura clásica que tratan sobre el delfín con la fábula 75 (305, en la edición de Chambry) de Esopo, titulada El mono y el delfín.
En ella, encontramos una reacción violenta de un delfín ante las mentiras de un mono al que ha rescatado. No es de extrañar en las fábulas este comportamiento extremo, que castiga las mezquindades de los animales, que deben ser siempre referidas a los seres humanos. Éste es el texto griego
ΔΕΛΦΙΣ ΚΑΙ ΠΙΘΗΚΟΣ
ἔθος ἐστὶ τοῖς πλέουσιν ἐπάγεσθαι κύνας Μελιταίους καὶ πιθήκους πρὸς παραμυθίαν τοῦ πλοῦ. καὶ δή τις πλεῖν μέλλων πίθηκον συνανήνεγκε. γενομένων δὲ αὐτῶν κατὰ τὸ Σούνιον (ἐστὶ δὲ τοῦτο ᾿Αθηναίων ἀκρωτήριον) συνέβη χειμῶνα σφοδρὸν γενέσθαι. περιτραπείσης δὲ τῆς νηὸς καὶ πάντων διακολυμβώντων καὶ ὁ πίθηκος ἐνήχετο. δελφὶς δὲ θεασάμενος αὐτὸν καὶ οἰόμενος ἄνθρωπον εἶναι ὑπεξελθὼν διεκόμιζεν. ὡς δὲ ἐγένετο κατὰ τὸν Πειραιᾶ, τὸν τῶν ᾿Αθηναίων λιμένα, ἐπυνθάνετο τοῦ πιθήκου, εἰ τὸ γένος ᾿Αθηναῖός ἐστι. τοῦ δὲ εἰπόντος καὶ λαμπρῶν γε ἐνταῦθα τετυχηκέναι γονέων, ἐκ δευτέρου ἠρώτα αὐτόν, εἰ ἐπίσταται τὸν Πειραιᾶ. καὶ ὃς ὑπολαβὼν αὐτὸν ἄνθρωπον λέγειν ἔφασκε καὶ φίλον αὐτοῦ εἶναι καὶ συνήθη. καὶ ὁ δελφὶς ἀγανακτήσας κατὰ τῆς αὐτοῦ ψευδολογίας βαπτίζων αὐτὸν ἀπέπνιξεν.
πρὸς ἄνδρα ψευδολόγον.
Y ahora nuestra traducción, que no pretende ser literal:
El delfín y el mono
Es costumbre de los que viajan por mar llevar consigo perrillos de malta y monos para entretenerse durante la travesía. Y uno que iba a emprender viaje por mar llevaba consigo un mono. Cuando estaban a la altura de Sunion (que es un promontorio del Ática) sucedió que se desencadenó una violenta tempestad. Habiendo zozobrado la nave y salvándose todos a nado, también el mono nadaba. Y un delfín, viéndolo, y creyendo que se trataba de un hombre, salió a su encuentro y lo transportó (en sus lomos). Cuando estuvo en el Pireo, el puerto de Atenas, preguntó al mono si era ateniense de linaje. Al responder aquél que sí y que tenía allí parientes ilustres, le volvió a preguntar si conocía a Pireo. Y el mono suponiendo que se refería a un hombre, dijo que era amigo íntimo suyo. Y el delfín, irritado por sus mentiras, lo hundió en el agua y lo ahogó.
(La fábula está dirigida ) al hombre mentiroso.
No podemos concluir nuestra entrada sin hacer referencia a los devastadores incendios que, provocados o no, han asolado el Peloponeso griego, escenario de históricos hechos, y que han estado a punto de invadir lugares arqueológicos como Epidauro u Olimpia. También ha sido muy afectada la isla de Eubea.
Si el incendio que, desgraciadamente, hemos sufrido en Castellón y del que hemos sido testigos nos ha hecho llorar al contemplar 5.500 hectáreas arrasadas, pensemos que puede suponer la visión de más de 100.000 hectáreas calcinadas. Realmente, terrible y desolador.

jueves, 23 de agosto de 2007

Delfines en selectividad (IV)

Después de algunas semanas de silencio blogosférico, retomamos nuestro repaso a algunos textos clásicos que tratan sobre el delfín.
Antes, no obstante, un recuerdo para los muertos y los afectados en el terrible terremoto de Perú. Justamente hace un año, más concretamente el 16 de agosto de 2006, recorría la carretera Panamericana desde Lima a Ica, pasando por ciudades como Chincha Alta, San Vicente de Cañete, Pisco o Paracas. Si de aquel país me impresionó la pobreza (en esta zona los campesinos “ocupan” parcelas de desierto a la izquierda de la carretera, dirección sur, - a la derecha está el Pacífico -), este seísmo ha venido a agravar la situación de miles de ciudadanos de este hermoso país que viven en la miseria. Desde la misma carretera podíamos ver, en las afueras de Lima Sur, verdaderas ciudades de chabolas, carentes, supongo, de todo tipo de medios que hagan la vida digna.
En Paracas embarcamos en una lancha, rumbo a las islas Ballestas, reserva natural con millones de aves (gaviotas, pelícanos, etc.) y con numerosos leones marinos y pingüinos. En la vuelta a la costa nos escoltó un grupo de juguetones delfines. Por cierto, hoy 23 de agosto es Santa Rosa de Lima, patrona del Perú, de América y de Filipinas. Ilustramos esta entrada con fotos de Paracas y las Ballestas.
Hecho este paréntesis, volvemos a nuestro asunto.
Tras la historia del delfín del lago Lucrito, recordada en el anterior capítulo, Plinio nos relata otros casos de amistad entre delfines y niños o, seres humanos en general, entre ellas la ya comentada de Arión de Metimna. Se trata del final del capítulo 26 y los capítulos 27 y 28 del libro IX de su Historia Natural:
En la ciudad de Jaso (situada en la costa suroccidental de Asia Menor, entre las penínsulas de Mileto y Halicarnaso) se recuerda otra historia semejante, anterior a ésta, relacionada con un niño: 27 durante mucho tiempo un delfín dio muestras de afecto hacia él, hasta que, por seguirlo afanosamente mientras se alejaba hacia la orilla, murió varado en la arena. Alejandro Magno puso a este niño al frente de los sacerdotes de Neptuno, en Babilonia, porque interpretó que ese amor era un presagio favorable. Cuenta Hegesidemo que en la misma ciudad de Jaso otro niño llamado Hermias que cabalgaba por el mar de forma semejante, murió ahogado entre las olas de una tempestad repentina que se lo llevó; el delfín, considerándose culpable de su muerte, no volvió al mar y murió en la playa. 28. Teofrasto cuenta que esto sucedió también en Naupacto. Y no son casos aislados: las mismas historias de niños y delfines cuentan en Anfiloquia y Tarento. Todo esto hace creíble la del citaredo Arión: mientras unos marineros se disponían a matarlo para arrebatarle sus ganancias, los convenció con ruegos de que antes le permitiesen tocar la cítara; y cuando los delfines acudieron atraídos por la música, se arrojó al mar y fue recogido por uno de ellos y llevado a la costa de Ténaro.
Es conveniente que reproduzcamos la versión que da Claudio Eliano del episodio del delfín y el niño de Jaso:
No me parece lícito dejar en el olvido el amor que, en Jaso, dispensaba un delfín a un hermoso muchacho y que, desde antiguo, se viene celebrando. Debo, por lo tanto, recordarlo.
El gimnasio de la ciudad está situado a orillas del mar. Los efebos se dirigen a él y, según una costumbre antigua, se bañan allí después de practicar sus carreras y de luchar en la arena. Un delfín amaba con amor apasionado a uno de los nadadores de belleza sobresaliente. Al principio, al acercarse al muchacho, sentía éste temor y sobresalto, pero después, con la costumbre, el muchacho llegó a sentir un cálido sentimiento de amistad y simpatía hacia el delfín. Comenzaron a jugar el uno con el otro y, unas veces, competían nadando el uno junto al otro y, otras veces, montándose el muchacho, como un jinete en su caballo, era conducido ufano a lomos de su amante.
Y el pueblo de Jaso y los extranjeros se llenaban de admiración ante el suceso. Porque el delfín bogaba en un largo trecho del mar con su amante en el lomo y el tiempo que al jinete le apetecía. Luego daba la vuelta y lo dejaba cerca de la playa y, despidiéndose el uno del otro, el delfín se adelantaba en el mar y el muchacho iba a su casa. El delfín aparecía a la hora en que cesaban las actividades gimnásticas y el muchacho se alegraba de encontrar a su amigo que lo estaba esperando y de jugar con él, y, además de su natural belleza, suscitaba la admiración de todos, el que no sólo a los hombres, sino también a los irracionales apréciales el muchacho de extraordinaria amabilidad.
Mas no pasó mucho tiempo sin que este mutuo afecto sucumbiese a causa de la envidia (de los cielos). En efecto, el niño, que había hecho ejercicios demasiado violentos, agotado de cansancio, se echó boca abajo sobre su cabalgadura y, como la espina que el animal tiene en el lomo estaba erecta, rasgó ésta el ombligo del lindo muchacho. Se le rompieron algunas venas, la sangre comenzó a fluir copiosamente y la criatura murió allí mismo. Dándose cuenta el delfín de lo sucedido por el peso (que lo sentía inusualmente aumentado, ya que la truncada respiración no podía aligerarlo) y viendo la superficie del agua enrojecida de sangre, se cercioró de lo ocurrido y no quiso sobrevivir a su amante. Y, así, con todo el ímpetu de un navío que se desliza a través de rugientes olas, se dirigió a la playa, en donde quedó voluntariamente varado, llevando en su lomo el cuerpo muerto. Y allí yacían los dos: el muchacho muerto y el delfín exhalando el último aliento.
Pero Layo, amigo Eurípides, no se comportó así con Crisipo, si bien fue el primero entre los helenos, como tú dices y la fama pregona, en introducir el amor entre efebos.
Las gentes de Jaso, para recompensar la profunda amistad entre los dos, construyeron una tumba común para el agraciado muchacho y para el amoroso delfín y pusieron sobre ella una estela. Y en ella estaba representado un precioso niño cabalgando sobre un delfín. Acuñaron también una moneda de plata y bronce, en la que grabaron el infortunio de ambos y, al conmemorar así lo sucedido, rendían también homenaje a la intervención de dios tan poderoso.
Me he enterado de que también en Alejandría, durante el reinado de Tolomeo II, un delfín se enamoró de manera parecida, y lo mismo sucedió en Dicearquía de Italia. Lo cual, de haberlo conocido Heródoto, creo que no lo hubiera admirado menos que lo sucedido a Arión de Metimna.
Otra virtud atribuida a los delfines es la gratitud. Así nos lo corrobora esta otra anécdota de Claudio Eliano (VIII, 3):
Los delfines son más celosos que los hombres en mostrar su gratitud y no son constreñidos por la costumbre persa que alaba Jenofonte (Ciropedia I, 2, 7). Lo que voy a contar es lo siguiente. Un hombre llamado Cérano, pario de nación, dio dinero, a manera de rescate, a unos pescadores de Bizancio para que dejaran libres a unos delfines que habían caído en la red. Y a esta acción los delfines correspondieron agradecidos. En efecto, navegaba, en cierta ocasión, en una pentecóntora - según se dice – que llevaba a bordo a algunos milesios, y en el estrecho que hay entre y Paros volcó la nave, pereciendo todos menos Cérano, al que salvaron unos delfines, devolviendo así el beneficio que anteriormente habían recibido del personaje. Y en el lugar en que depositaron a éste, después de transportarlo a nado sobre sus lomos, hay un promontorio con una roca que forma una caverna. Y el lugar se llama Ceráneo.
Algún tiempo después murió Cérano y lo incineraron cerca del mar. Cuando los delfines se enteraron del lugar de la incineración acudieron todos en grupo, como si fueran a un funeral, y, mientras se mantuvo vivo el fuego de la pira, permanecieron junto al cadáver como un amigo junto a otro amigo. Y cuando se hubo extinguido el fuego, se retiraron a nado.
Los hombres, en cambio, tributan honras a los hombres mientras viven, son ricos y parece sonreírles la fortuna, pero se alejan de ellos cuando están muertos o son desgraciados, para no tener que pagarles los beneficios recibidos de ellos.
Con esta especie de moraleja final, por desgracia cierta en muchos casos, finalizamos nuestra cuarta y penúltima entrega sobre los delfines, que coincide con una triste noticia sobre la caza de estos simpáticos cetáceos.

jueves, 19 de julio de 2007

Delfines en selectividad (III)

No estamos publicando al ritmo que nos gustaría los capítulos de esta serie dedicada a la presencia del delfín en algunos autores clásicos griegos y latinos.
El verano, con el calor que impide la concentración, y también el cansancio de todo un año, hace que estemos un poco remisos a sentarnos ante el ordenador y teclear nuestras modestas aportaciones. Por eso, a partir de ahora, las entradas se publicarán con mayor separación en el tiempo.
En nuestro seguimiento de los textos clásicos que hablan de delfines, y que iniciamos a propósito de un texto de Plinio el Viejo que salió como Opción B en el examen de Latín II de las Pruebas de Acceso a la Universidad, del Sistema Universitario Valenciano, hemos hecho referencia a autores como el propio Plinio, Heródoto, Píndaro, Eurípides o Luciano.
Otro autor que ofrece numerosas anécdotas de delfines es Claudio Eliano.
En el libro I, capítulo 18, de su Historia de los animales, también conocido como De natura animalium, nos habla del instinto maternal del delfín hembra:
Se admiran los hombres del amor que las mujeres sienten por sus hijos; mas yo veo que madres, cuyos hijos o hijas murieron, continúan viviendo y, con el tiempo, se olvidan de sus sufrimientos, desaparecido ya el dolor. Por el contrario, el delfín hembra excede a todos los animales en el amor a su prole. Pare dos *** y cuando el pescador hiere a un hijo suyo con el arpón o le alcanza con la punta de un dardo ***. El dardo en la parte superior tiene un agujero y una larga cuerda lo traspasa, mientras que la punta, hundiéndose, hace presa en el cetáceo. Y mientras el delfín herido conserva su vigor, el pescador afloja la cuerda para que aquél no pueda romperla a causa de su violencia y para que a él mismo no le sobrevengan dos infortunios, a saber, que el delfín se marche con el dardo y que él quede burlado en su propósito; cuando advierte el pescador que el cetáceo se cansa y está algo debilitado por la herida, lleva la barca despacio cerca y saca a tierra su presa. Pero la madre no se asusta ante lo sucedido ni escapa amedrentada, sino que, por un misterioso instinto, sigue anhelante a su hijo. Y por más terrores que uno quiera poner frente a ella, no se asustará ni consentirá en abandonar a su hijo, que está en trance de muerte, sino que hasta es posible cogerla con la mano, ¡a tan poca distancia se pone de los pescadores, como si quisiera rechazarlos! Sucede, por fin, que los hombres la capturan juntamente con su hijo, siendo notorio que pudo salvarse con la huida. Y si están con ella las dos crías y advierte que una de las dos ha sido herida y que se la llevan, como dije antes, persigue al que está ileso y le empuja moviendo su cola y dándole mordiscos; y, lo mejor que puede, da un resoplido indistinto, que es la contraseña salvadora para huir. El hijo se pone a salvo, pero ella se queda hasta que es capturada y muere juntamente con el otro hijo cautivo.
El mismo Claudio Eliano, en el capítulo 6 del libro II, refiere una anécdota similar a otra narrada por Plinio el Viejo en el capítulo 24 del libro IX de su Historia Natural.
Una traducción latina de la obra de Eliano, debida a Friedrich Jacobs y realizada en 1832, está disponible aquí.
Éste es el texto de Claudio Eliano, en la traducción de José María Díaz-Regañón en la editorial Gredos.
Los corintios, y con ellos los lesbios, celebran el amor a la música de los delfines, y los habitantes de Íos, su condición afectuosa. Los lesbios cuentan la historia de Arión de Metimna, pero los habitantes de Íos cuentan lo concerniente al hermoso muchacho de la isla, a su diversión natatoria y al delfín. Un individuo de Bizancio llamado Leónidas cuenta que, mientras navegaba costeando la Eólide, vio con sus propios ojos, en la ciudad llamada Poroselene (entre Lesbos y Asia Menor), un delfín domesticado que vivía en la playa y que se comportaba con los naturales como si fueran amigos personales. Y refiere que una pareja de ancianos alimentaba a este hijo adoptivo ofreciéndole los más apetitosos bocados. Además, el hijo de los ancianos era criado juntamente con el delfín y el matrimonio cuidaba de ambos, y, en cierta manera, a causa de la convivencia el muchacho y el cetáceo poco a poco llegaron a amarse el uno al otro sin darse cuenta y, como se repite vulgarmente, “una mutua y augustísima corriente amorosa creció” entre ellos. Resultó, pues, que el delfín amaba ya a Poroselene como su patria y cogió tanto apego al puerto como a su propio hogar y, lo que es más, devolvía a los que habían cuidado de él el pago del alimento que le habían procurado.
Y he aquí cómo lo hacía. Cuando se hizo grande y ya no necesitaba coger el alimento de la mano, sino que podía atreverse a alejarse nadando y a rodear y perseguir a las presas del mar, capturaba unas para alimentarse, pero otras las llevaba a sus amigos, y éstos estaban enterados de ello y se complacían en esperar la parte que les traía. Ésta era una ganancia. La otra, la siguiente: los padres adoptivos pusieron al delfín como al muchacho un nombre y éste, con la confianza que otorga la común crianza, colocado de pie sobre un promontorio, lo llamaba por su nombre y al llamarlo empleaba tiernas palabras. El delfín, ya estuviera entablando una porfía con un navío provisto de remos, o buceando y saltando con desprecio de todos los demás peces, que, en bandadas, merodeaban por el lugar, o estuviera cazando porque se lo pedía el apetito, salía a la superficie con toda rapidez como un navío que avanza levantando grandes olas y, acercándose a su amado, jugueteaba y se zambullía con él. Unas veces nadaba a su vera, otras veces parecía como si el delfín quisiera desafiar e incluso animar a su amado a competir con él. Y lo que es más admirable, a veces renunciaba a ser el primero en la competición y se quedaba rezagado como si sintiera placer en resultar derrotado. Todos estos sucesos fueron divulgados clamorosamente, y a todos los que arribaban a la isla les parecía éste el espectáculo más estupendo de cuantos podía ofrecer la ciudad. Y para los viejos y el muchacho todo esto constituía una fuente de ingresos.


Como se habrá observado, a parte de la anécdota en sí, están presentes en el fragmento el gusto de los delfines por la música y su tendencia a jugar con las naves que surcan la mar, cuya estela siguen. Quizás por ello abundan en la literatura clásica las historias de delfines amigos de los seres humanos, especialmente de niños.
Pausanias, en su Descripción de Grecia III, 25, 7, al hablar del cabo Ténaro (del que hablamos en la historia de Arión de Metimna) dice:
Entre otras ofrendas que hay en Ténaro está una estatua en bronce de Arión, el citaredo, sobre un delfín. La historia del propio Arión y la del delfín la ha contado Heródoto de oídas en su historia de Lidia. En cuanto al delfín de Poroselene, yo lo he visto mostrando su gratitud al niño, que le había curado después de ser herido por unos pescadores, he visto a este delfín obedeciendo a su llamada y llevando al niño siempre que quería montar en él.
Por su parte, Plinio cuenta lo siguiente:
Durante el reinado del divino Augusto, un delfín que había entrado en el lago Lucrino tomó mucho cariño a un niño pobre que desde Bayas iba a Putéolos (actual Pozzuoli), porque se detenía a mediodía, lo llamaba con el nombre de Simón y a menudo lo atraía con trozos de pan que llevaba para el camino – no contaría esta historia si no estuviese recogida en las obras de Mecenas, Fabiano, Flavio Alfio y muchos otros -; en cualquier momento del día en que lo llamase el niño acudía desde las profundidades y, después de comer de su mano, le ofrecía el lomo para que montase, escondiendo los aguijones de su aleta dorsal como en una vaina, y una vez arriba lo llevaba a Putéolos a la escuela a través del mar inmenso y lo devolvía de la misma forma, durante varios años; cuando, a causa de una enfermedad, murió el niño, el delfín volvió una y otra vez al lugar acostumbrado, triste, semejante a quien ha perdido a un ser querido, hasta que murió de nostalgia, sin que a nadie le cupiese duda del motivo.
En posteriores capítulos presentaremos otras anécdotas referidas a los delfines, presentes en textos de autores clásicos. Nos estamos dando cuenta de la buena fama del delfín en la antigüedad, coincidente con la que tiene en la actualidad. En efecto, este animal resulta simpático a la mayoría de personas. Su docilidad a la hora de ser entrenado para ofrecer hermosos espectáculos en los delfinarios; su carácter, en general, amistoso, su aspecto, casi siempre “sonriente”; su convivencia con el ser humano le ha valido fama de benigno y pacífico. Incluso se ha creado la delfinoterapia, para que con el delfín convivan personas, especialmente niños, con discapacidades psíquicas o sensoriales, como por otra parte se hace también con perros o caballos (otros dos animales, por cierto, de buena reputación).


Ver saltar delfines cerca del barco en el que navegamos nos produce satisfacción y es un bello espectáculo.
Hasta ahora los textos que hemos presentado presentan esta cara positiva del delfín. ¿Los habrá de negativos? La respuesta en próximos capítulos.
Terminamos con una pregunta de la cual damos la respuesta:
¿Cuál es el último animal? Respuesta: NÍFLED LE, esto es, NIF LED LE)

martes, 10 de julio de 2007

Delfines en selectividad (II)

Empezamos en nuestro anterior artículo, publicado el 24 de junio, una serie dedicada a la presencia del delfín en algunos autores clásicos. La excusa fue un texto de Plinio el Viejo que apareció en la opción B del examen de Latín II en las PAAU. Ya vimos la descripción que ofrecía el mencionado Plinio en los capítulos 20 a 24 del libro IX de su Historia Natural.
El final de la traducción se refería al gusto de los delfines por jugar con las naves y su afición a la música.
Sobre el gusto del delfín por la música y por brincar junto a embarcaciones leemos en la primera estrofa del primer estásimo de la Electra de Eurípides:
Naves ilustres que un día arribasteis a Troya
con incontables remos
escoltando la danza de las Nereidas
cuando saltaba el delfín amante de la flauta (φίλαυλος δελφίς)
ante las proas de oscuros espolones
retorciéndose,
acompañando al hijo de Tetis,
ligero en el salto de sus pies, a Aquiles,
junto con Agamenón
hasta las riberas del Simoeis en Troya.

κλειναὶ νᾶες, αἵ ποτ' ἔβατε Τροίαν
τοῖς ἀμετρήτοις ἐρετμοῖς
πέμπουσαι χοροὺς μετἀ Νηρῄδων,
ἵν' ὁ φίλαυλος ἔπαλλε δελ-
φὶς πρῴραις κυανεμβόλοι-
σιν εἱλισσόμενος,
πορεύων τὸν τᾶς Θέτιδος
κοῦφον ἀλμα ποδῶν ᾿Αχιλῆ
σὺν ᾿Αγαμέμνονι Τρωίας
ἐπὶ Σιμουντίδας ἀκτάς.
Éstos, y otros, versos de Eurípides los pone en boca de Esquilo el comediógrafo Aristófanes en su obra Las ranas. Es una parodia del pobre Eurípides, blanco de las críticas del comediógrafo, que no ocultaba su preferencia por Esquilo. En concreto las palabras de la Electra recogidas por Aristófanes son:
ἵν᾿ ὁ φίλαυλος ἔπαλλε δελφὶς πρῴραις κυανεμβόλοις (donde el delfín amante de la flauta saltaba ante las proas de oscuros espolones), dentro de este contexto:
᾿Αλκυόνες, ἀ παρ᾿ ἀενάοις θαλάσσης
κύμασι στωμύλλετε,
τέγγουσαι νοτίοις πτερῶν
ῥανίσι χρόα δροσιζόμεναι·
αἵ θ' ὑπωρόφιοι κατὰ γωνίας
εἰειειειειειλίσσετε δακτύλοις φάλαγγες
ἱστότονα πηνίσματα,
κερκίδος ἀοιδοῦ μελέτας,
ἵν' ὁ φίλαυλος ἔπαλλε δελ-
φὶς πρῴραις κυανεμβόλοις
μαντεῖα καὶ σταδίους.
Οἰνάνθας γάνος ἀμπέλου,
βότρυος ἕλικα παυσίπονον.
περίβαλλ', ὦ τέκνον, ὠλένας.
῾Ορᾷς τὸν πόδα τοῦτον;
La traducción del fragmento, debida a Luis M. Macía Aparicio, en Ediciones Clásicas, es:
¡Oh, alciones que sobre las inagotables olas
del mar parloteáis,
mojando con húmedas gotas
de rocío la superficie de vuestras alas.
Y vosotras que en los rincones del techo, arañas,
con los dedos teeeeeeedéis
vuestras telas en telar tejidas
producto de la melodiosa lanzadera,
donde el delfín amigo de la flauta,
junto a las proas de espolón oscuro hacía saltar
oráculos y distancias.
Alegría de la viña en flor,
pámpano del racimo que la fatiga quitas.
Arrodéame criatura, con tus brazos.
¿te has fijado en el pie
(métrico se refiere)?

Genial, como siempre, Aristófanes.
La velocidad del delfín y su gusto por navegar junto a las naves ya los destacaba Píndaro en el fragmento 234 de la edición de Snell-Maehler (Leipzig, 1980). La traducción es la de Emilio Suárez de la Torre en Cátedra Letras Universales:
ὕφ᾿ ἅρμασιν ἵππος,
ἐν δ᾿ ἀρότρῳ βοῦς· παρὰ ναῦν δ᾿ ἰθύει τάχιστα δελφίς, κάπρῳ δὲ βουλεύοντα φόνον κύνα χρή.

…unido al carro, el caballo, y en el arado, el buey; al lado de la nave el que más veloz avanza es el delfín; y, cuando pretendas dar muerte al jabalí, has de buscar un perro resistente.
Una conocida anécdota sobre los delfines es la referida al poeta Arión de Metimna, que nos narra Heródoto en el Libro I de sus Historias:
23. Periandro, el que reveló a Trasibulo la respuesta del oráculo, era hijo de Cípselo y tirano de Corinto. Dicen los corintios, y concuerdan con ellos los lesbios, que acaeció en sus tiempos la mayor maravilla: la de Arión, natural de Metimna cuando fue llevado a Ténaro sobre un delfín. Este Arión era un citaredo, sin segundo entre todos los de su tiempo, y el primer poeta, que sepamos, que compuso el ditirambo, le dio su nombre y lo hizo ejecutar en Corinto.
24. Cuentan que Arión pasaba lo más de su vida en la corte de Periandro, que tuvo deseo de hacer un viaje a Italia y a Sicilia; y después de ganar grandes riquezas quiso volverse a Corinto. Partió de Tarento y, como de nadie se fiaba tanto como de los corintios, fletó un barco corintio. Pero los marineros, en alta mar, tramaron echarle al agua y apoderarse de sus riquezas. Arión, que lo entendió, les suplicó que le salvasen la vida, y él les dejaría sus bienes. Pero no les persuadió con tales ruegos, y los marineros le ordenaron que se matara con sus propias manos y así lograría sepultura en tierra o que se arrojara inmediatamente al mar. Acorralado Arión en tal apremio, les pidió, ya que así resolvían, le permitieran ataviarse con todas sus galas y cantar sobre la cubierta de la nave, y les prometió matarse luego de cantar.) Y ellos, encantados con la idea de escuchar al mejor músico de su tiempo, dejaron todos la popa y se vinieron a oírle en medio del barco. Arión, revestido de todas sus galas y con la cítara en la mano, de pie en la cubierta, cantó el nomo ortio, y habiéndolo concluido, se arrojó al mar tal como se hallaba, con todas sus galas. Los marineros navegaron a Corinto, y entre tanto un delfín (según cuentan) recogió al cantor y lo trajo a Ténaro. Arión desembarcó y se fue a Corinto vestido con el mismo atavío, y refirió todo lo sucedido. Periandro, sin darle crédito, le hizo custodiar, sin dejarle en libertad y aguardó celosamente a los marineros. Cuando llegaron, los mandó llamar y les preguntó si podían darle alguna noticia de Arión. Ellos respondieron que se hallaba bueno en Tarento. Al decir esto, se les apareció Arión con el mismo traje con que se había lanzado al mar de su crimen. Esto es lo que cuentan corintios y lesbios; y en Tarento hay una ofrenda de Arión, en bronce, no grande, que representa un hombre cabalgando sobre un delfín.
Esta anécdota, que hemos visto en Heródoto, la recoge también Luciano en el octavo de sus Diálogos Marinos que pasamos a reproducir en traducción de José Luis Navarro y Andrés Espinosa, en Gredos:
Poseidón.Bravo, delfines, porque sois siempre filántropos y hace ya tiempo acompañasteis y acogisteis al hijito de Ino cuando cayó con su madre desde las Escirónidas (Nota: perseguida por Atamante, Ino cayó al mar en compañía de su hijo Melicertes al que alude el diálogo. Los delfines lo recogieron y lo llevaron a Corinto. Posteriormente él y su madre fueron objeto de culto bajo los nombres de Palemón y Leucótea, respectivamente); incluso ahora has transportado a nado otra vez a ese citarodo a lomos tuyos desde Metimna, con su pompa y su cítara y no te quedaste indiferente viéndolo estar a punto de perecer a manos de los marineros.
Delfín.No te sorprendas, Poseidón, que nos portemos tan bien con los hombres, pues somos nosotros ahora peces, nacidos hombres. Y por ello precisamente le reprocho a Dioniso en que nos haya cambiado de forma luego de ser vencidos en batalla naval, cuando debería haberse limitado a someternos tal y como nos había sojuzgado.
Poseidón.Pues ¿qué es lo que sucedió con el Arión de marras, Delfín?
Delfín.Periandro, creo, disfrutaba con él y muchas veces le mandaba buscar por su arte. Él, que se había enriquecido a costa del tirano, sintió ganas de volver a Metimna, su patria, navegando, para exhibir su riqueza. Subiendo a bordo de una embarcación de unos tipos desalmados, como quiera que dio a entender que transportaba mucho oro y plata, cuando llegó al medio del Egeo se amotinaron contra él los marineros. Él – yo lo iba oyendo todo porque nadaba junto a la nave – les dijo, “puesto que os ha parecido oportuno actuar así, permitidme al menos que me ponga mis vestiduras, que entone un treno por mí mismo y que luego me arroje al agua sin que nadie me tire”. Aceptaron los marineros, se puso el vestido, entonó un canto melodioso en grado sumo y se arrojó al mar en la idea de que en el acto moriría. Pero yo, recogiéndolo y montándolo a lomos míos me lo llevé a nado rumbo a Ténaro.
Poseidón.Te alabo tu amor a la música, pues le has dado un digno pago por oír su canto.

En próximas entregas seguiremos aportando textos clásicos con presencia del mamífero marino.

lunes, 2 de julio de 2007

Filoctetes revisitado (y V, la pervivencia de Filoctetes)

Vamos a concluir nuestra serie dedicada a Filoctetes con dos ejemplos de pervivencia del mito, cerrando así un estudio que empezó con un poema de Johann Baptist Mayrhofer (1787-1836) sobre este personaje tan interesante para la reflexión sobre aspectos como el dolor, la exclusión, el arte de la mentira, la influencia de la educación y la naturaleza en el ser humano, la razón de Estado, etc.
Dos obras teatrales del siglo XX toman por asunto el mito de Filoctetes, el Philoktet de Heiner Müller, del cual no hablaremos, y Filoctetes de John Jesurun.
De esta última obra ofrecemos la información obtenida en Internet sobre representación en México en el año 2001 de una versión de la obra. Se trata de tres artículos sobre la misma representación.
Una moderna versión sobre exclusión y abandono (por Patricia Peñaloza)
Tres hombres solos en una isla. Uno de ellos, el excluido y olvidado, es víctima de la incomprensión de los otros; los dos restantes, quienes han rechazado al primero, no pueden al mismo tiempo abandonarlo del todo, pues le necesitan para lavar su culpa. Un intercambio intempestivo de pensamientos y reclamos en voz alta que podría desarrollarse entre tres personas o una misma partida en tres, ya en la antigua Grecia o ahora mismo.
Se trata de una versión moderna de Filoctetes de Sófocles, creación del dramaturgo neoyorkino John Jesurun, la cual se presenta, bajo la adaptación y dirección de Martín Acosta, en la Sala Villaurrutia de la Unidad Artística y Cultural del Bosque.
Montada de manera compleja y arriesgada, esta moderna versión brinda al espectador una sensación abigarrada, caótica, alrededor de la soledad y el abandono. Todo esto, mediante discusiones, recuerdos, imaginaciones. Lo suficientemente antigua como para hablar de guerreros, soldados de arco y flecha, invasiones a Troya, pero lo bastante superpuesta, fragmentada, desestructurada, atemporal, como para ser contemporánea.
Filoctetes es un general griego miembro de la expedición militar a Troya y poseedor del arco y las flechas mágicas de Hércules. En el viaje es mordido por una serpiente; recibe una herida tan dolorosa y debilitante que sus amigos Ulises y Neoptólemo lo abandonan en la isla desierta de Lemnos. Después de diez años, los griegos habrán logrado muy poco progreso en el asedio de Troya. Entonces un adivino les dice que sólo se podrá ganar con el arco y las flechas mágicas de Hércules. Ulises y Neoptólemo, hijo de Aquiles, viajan a Lemnos por el arco. La obra comienza en este punto.
La historia se desarrolla a través del diálogo entre los tres personajes. Aunque es lógico que Filoctetes está muerto, éste se halla más vivo que nunca para hablarles de las verdades que ha conocido al vivir diez años en esa isla. Las palabras de éste pueden ser los mismos pensamientos de sus detractores, un fantasma, o acaso los tres se hallen en una misma dimensión ubicada entre la vida y la muerte. Tal vez exista sólo uno de ellos; tal vez no exista ninguno.
El arco y las flechas, motores originales del viaje y el encuentro, pasan a segundo plano. Cada personaje representará las diferentes personalidades que pueden habitar a un mismo hombre o a un mismo triángulo de personas que conforman una fuerte relación humana, creadora de la historia misma.
Filoctetes es sin duda quien lleva sobre sí el peso de las reflexiones, a manera, digamos, de una conciencia colectiva, o de quien luego de muerto regresa del más allá para hacer ver a los vivos sus necedades.
A modo de extractos pide a momentos que lo amen y después lo maten, pues afirma no importarle la muerte si antes han de amarlo y se han de apiadar de él. Expresa que si el amor ha de llevarlo a la muerte, que entonces así sea antes de ser excluido, abandonado. Por su parte, Ulises, portando una gruesa máscara de orgullo asegura: “No quiero ver más”; no acepta su responsabilidad, critica y humilla a Filoctetes, y le achaca la culpa de lo que le pasa, de manera hipócrita: “Eres la podredumbre de la sociedad”, para entre ambos crear espejo, hacer ver que uno es reflejo del otro, acción que más tarde se repetirá de diferente manera con Neoptólemo a través de un juego de palabras aparentemente interminable, cual serpiente mordiendo su cola.
Más tarde, aunque Filoctetes quiere convencerse de que su vergüenza es inútil, exhorta luego a los otros a no temer al oprobio que le genera la podredumbre de la cual es presa: “un día ya no recordarán los reproches”. El personaje va evolucionando en la confrontación del mal que le aqueja, y del desprecio a sí mismo, pasa a su revaloración: “Me amo a mí mismo a pesar de mi fealdad”.
De alguna manera, la metáfora general bien podría ser aplicada a un actual enfermo de SIDA o a cualquier otro enfermo terminal, así como a las comunidades que viven en la miseria.
La puesta en escena resulta irónica, audaz; la escenografía y los elementos escénicos son propositivos, minimalistas, y el diseño sonoro es altamente afortunado. Destaca la alucinante actuación del protagonista Arturo Reyes (Filoctetes).
Vale la pena atender a las acrobacias verbales y corporales que logra Reyes, sus desplantes escénicos, los recursos del director para crear intenciones distintas entre sí con el sencillo auxilio de una roca, un espejo convexo, tres sillas y una varilla metálica. De igual modo, despierta una aguda atención al texto, una reflexión a propósito del abandono y la hipocresía de una sociedad ensoberbecida.
Filoctetes, de Sófocles, llevado al plano de la sociedad contemporánea
“Para que aprendan el lenguaje del sufrimiento y aprendan el lenguaje de los muertos”, sentenció Filoctetes durante su estreno el pasado fin de semana, en la Sala Xavier Villaurrutia de la Unidad Artística y Cultural del Bosque.
A partir de la versión que el dramaturgo neoyorquino John Jesurun escribe del clásico de Sófocles y dirigida por Martín Acosta, esta puesta en escena se ubica en la mitológica isla de Lemnos que igual se visualiza como la habitación de algún hotel en la que vive recluido el personaje principal.
La soledad de Filoctetes en su isla-habitación se ve de pronto interrumpida por la llegada de Ulises y Neoptólemo, que han salido de Troya con el objetivo de encontrarle o, en su defecto, hallar el arco y las flechas que Hércules le obsequiara tiempo atrás.
¿Pero qué representan ese arco y sus flechas en esta moderna versión de Filoctetes? La develación de un misterio. Después de haberlo abandonado, Ulises siente la necesidad de saber qué es lo que ha aprendido Filoctetes de la soledad, de la angustia y el dolor al que fue condenó tiempo atrás, dejándolo herido en esa misma isla-habitación.
Ulises encuentra a un Filoctetes en la etapa terminal de su enfermedad. No fue necesario que Jesurun nombrara el tipo de malestar que termina lentamente con la vida del personaje que sufre los estragos del SIDA y la mordida de serpiente que tanto menciona, es la indiferencia e ignorancia de una sociedad que prefiere mantenerlo aislado. Ulises mismo representa esa sociedad, ya que fue él quien propició el abandono.
De esta manera, a partir de la indiferencia de Ulises, la agresividad, la confusión y el temor de un joven Neoptólemo que vive atrapado en el mundo de las drogas, en busca del amor; y la sabiduría contenida en un Filoctetes sarcástico ante la duda que atormenta a sus necios acompañantes, Jesurun hace un llamado al espectador e incluso le incita a preguntarse por qué el “Señor” exige sufrimiento y dolor a cambio de su amor.
El montaje centra su filosofía en el cuerpo (de un joven, un viejo y un muerto como lo llama en su momento el personaje central) y plantea una serie de cuestionamientos en torno a la moral, a la religión y la muerte. En repetidas ocasiones el sufrimiento orilla al personaje principal a preguntarse por qué debe experimentar regocijo mientras una sociedad entera lo condena a la soledad en tanto que Dios le confiere el dolor.
Al final, cuando Filoctetes logra por fin esa libertad corporal y espiritual por él ambicionada, aparece un Ulises ya enfermo, en plena soledad y sin rumbo, y a un Neoptólemo más seguro aunque también con el dolor a cuestas.
Apoyada en una escenografía sencilla (sólo tres sillas, una mesa, una máquina de escribir, dos piedras y un espejo) y con un excelente manejo de la iluminación (se puede apreciar el sello sin igual de Matías Gorlero), la puesta en escena encierra un mundo de símbolos que lo mismo hablan de la carga que representa para el hombre vivir en una sociedad que censura a quienes se salen de los cánones establecidos, así como del intento por reafirmar su identidad cuando ha sido señalado.
Cabe destacar, de igual manera, la dirección de Martín Acosta (que no olvida poner en antecedentes al espectador), así como las actuaciones de Arturo Reyes, Marco Pérez y Roberto Soto.
Tal vez después de ver esta obra, el espectador pueda contestar la pregunta que el joven Neoptólemo hace en medio de la confusión y el dolor de ver el sufrimiento de Filoctetes: ¿Tiene que ver con el amor?
Filoctetes (Olga Saavedra)
Recuperar el arco y las flechas mágicas de Hércules es el objetivo. La propuesta es hecha por John Jesurun, becario de la Fundación MacArthur, a partir de una traducción del mismo Jesurun, de Erwin Veytia y Martín Acosta, este último, becario de la Foundation for Contemporary Performance Arts de New York y miembro del Sistema Nacional de Creadores.
La acción nos lleva a la desierta isla de Lemnos, en donde tres hombres solos –Filoctetes, Ulises y Neoptólemo– y muchas preguntas lanzadas como flechas, serán la rueda que impulsará la acción.
Las palabras-flechas reflejarán a su paso la ansiedad de Ulises, el rencor y odio de Filoctetes abandonado tiempo atrás en esta isla, y la juvenil curiosidad de Neoptólemo. Filoctetes es un general griego miembro de la expedición militar a Troya. Él posee el arco y las flechas mágicas de Hércules. Durante el viaje a Troya, Filoctetes es mordido por una serpiente. La herida es muy dolorosa y debilitante y sus compañeros de viaje, entre ellos su amigo Ulises, deciden abandonarlo en Lemnos.
Las batallas se dan y a lo largo de diez años los griegos asedian Troya sin resultados. Un adivino les indica que ganarán cuando posean el arco y las flechas mágicas de Hércules. Así que Ulises y el hijo de Aquiles, Neoptólemo, deciden viajar a Lemnos a buscar aquello que les dará la gloria.
Y es aquí en donde inicia la acción, con Ulises y Neoptólemo llegando a Lemnos en búsqueda del solitario poseedor de los instrumentos prodigiosos. Pero pronto nos encontramos presos de ese triángulo que forman los personajes y en el cual se mueven sin llegar a un punto concreto, pues se encuentran limitados por sus propias pasiones: “Somos un triángulo visible e indivisible.”
Filoctetes es como un recuerdo, como una sombra que de tanto dolor se marcó en las piedras de la isla y no se sabe si en realidad se habla con el cuerpo, con el espíritu, con ambos, o sólo con un fantasma creado en sus mentes ¿Está muerto?
Sea lo uno o lo otro, su dolor es evidente y su pierna herida por la mordedura es como un río que ha invadido su cuerpo invocado y su espíritu humillado. Pero ¿qué clase de serpiente lo mordió? Filoctetes sólo nos da una pista: “Tenía la forma de la dulzura.”
Ulises, fuerte, pragmático y bañado con la luz del éxito, pierde pronto la paciencia y sus palabras como aguijones urgen la entrega esperada: “Dame el arco y te mataré”, exige y amenaza a Filoctetes y éste, con la misma eficacia, responde: “Mátame y te daré el arco.”
El enfrentamiento es feroz y sin embargo tenue. Bajo el paso del tiempo la furia de los mares se ha calmado en apariencia pero en el fondo subyacen los remordimientos, el odio, la sed de venganza y la impotencia por la pérdida continua de batallas libradas o futuras, en el espíritu o en tierra firme.
Las palabras brotan de cada uno y nos engañan porque parece que son una respuesta. Acudimos a una metamorfosis gramatical-biológica en donde las palabras devienen virus contaminantes de inquietud e incertidumbre.
Filoctetes ha tenido el tiempo necesario para bordar sobre su dolor, para acumular resentimientos y desear que quienes pierdan sean los aqueos. No va a ceder fácilmente el arco ni las flechas. Es como si no dejara de preguntarse: “¿Quién me dejó aquí? ¿Por qué me dejaron aquí?”
Para el joven Neoptólemo la figura de Filoctetes es enigmática y repugnante a la vez; “¿Qué dios te lanzó dentro de mi órbita?” “¿Qué célula te mudó la existencia? ¿Quién o qué pudo hacerlo y por qué? ¿Quién eres?” Y su aparente dulzura intenta lograr lo que la fortaleza de Ulises no ha podido.
En sus ansias por resolver el acertijo, Neoptólemo pregunta una y otra vez: “¿Tiene algo que ver con el amor?”, y su voz es como un eco suave que aminora la tensión.
Ir en búsqueda del arco y las flechas es una aventura que nos sumerge en una atmósfera de arena, mar, sangre y sentimientos; de sensaciones fuertes pero adormecidas que van despertando paulatinamente con el rumor de los vientos pasados.
Ulises, Filoctetes y Neoptólemo parecen tan astutos para engañarnos que no sabemos quién habla realmente en esta suerte de alteración semántica barnizada con humor y aires modernos. Cuando Filoctetes se queja de dolor, Neoptólemo pregunta al público: “¿Alguien trae una aspirina?”
Mientras todo esto sucede, al otro lado del mar sigue la guerra. Y en Lemnos los tres hombres solos siguen formulándose reclamos interminables que nos envuelven y también nos hacen dudar en dónde estamos. ¿Regresamos al inicio? ¿Estamos a la mitad? ¿Y el arco y las flechas? Preguntas que se quedan atrapadas en la figura de Filoctetes, personificado por Arturo Reyes, quien desaparece con ellas en la oscuridad concluyendo su historia: “Y eso fue todo... buenas noches.”
Por su parte, Sonia Silva escribe:
Como una experiencia muy fuerte, esto debido a su complejidad y a su estructura laberíntica desde el punto de vista dramático, calificó Martín Acosta la puesta en escena de Filoctetes, que actualmente dirige en la Sala Xavier Villaurrutia de la Unidad Artística y Cultural del Bosque y que el próximo domingo 1° de abril (de 2001) concluye su temporada.
No es fácil encontrar interlocutores, espectadores, para este tipo de obras que plantean mitos griegos, reconoce el director escénico, quien también dijo que la puesta en escena fue de menos a más.” Afortunadamente, en las últimas semanas la recepción ha sido mucho más amplia”.
Sostiene que un director desde que tiene la obra en sus manos calcula el público que va a recibir; “Filoctetes ha encontrado poco a poco sus interlocutores y desafortunadamente en este momento sí es necesario cerrar (temporada), pues existen muchos proyectos detrás”, comentó.
También expresó que, sin embargo, los mitos griegos son muy generosos y sólo se debe encontrar la manera de contextualizarlos, como fue en este caso el mito de Sófocles.
“El autor, John Jesurun, se encargó de eso, de contextualizar la obra. Lo difícil es el lenguaje, de igual manera que en la tragedia griega. En realidad lo que el dramaturgo hace es un gran poema dramático, un poema ético con muchos poemas contemporáneos”, señaló.
Y es que en este poema ético al que se refiere Acosta, se hace referencia desde lo más culterano a lo más pop, desde Madona hasta Nietzsche; y en donde, de igual manera, se pueden apreciar combinaciones múltiples.
“El tema no es nada obvio. Nosotros no queríamos traicionar al autor, pues Jesurun nunca menciona la palabra SIDA en la obra, entonces, la deducción tiene que ser dada a través de la relación entre los personajes y eso es lo que tratamos de hacer: el problema no es el SIDA en sí mismo”, explicó.
Acosta cuestiona: ¿Qué pasa con un ser, cualquiera que éste sea, si tiene alguna enfermedad de esta naturaleza? Es marginado, puesto en un rincón. Después llegan a pedirle perdón y ayuda porque le necesitan. “Esta es la situación dramática con la que nosotros arrancamos”.
Dijo también que el mito griego sirve para todo, pues es muy flexible. “Por eso Edipo nos sirve casi para todo y Orestes nos sirve para matar a nuestra madre cada que queremos... en realidad sólo es cuestión de poner el mito en términos contemporáneos y eso hace el autor”.


Hasta aquí nuestra "larga" serie dedicada al personaje de Filoctetes y, especialmente, a la tragedia homónima de Sófocles. Nuestra única intención era invitar, impulsar o mover a la relectura de esta tragedia sofoclea, poseedora, sin duda, de elementos muy ricos e interesantes, de plena actualidad.


Si lo hemos conseguido, nos damos por satisfechos.
Como colofón, una frase de la tragedia:
476 Para los hombres bien nacidos, lo moralmente vergonzoso es aborrecible y lo virtuoso es digno de gloria (τοῖσι γενναίοισί τοι τό τ᾿ αἰσχρὸν ἐχθρὸν καὶ τὸ χρηστὸν εὐκλεές).