jueves, 19 de julio de 2007

Delfines en selectividad (III)

No estamos publicando al ritmo que nos gustaría los capítulos de esta serie dedicada a la presencia del delfín en algunos autores clásicos griegos y latinos.
El verano, con el calor que impide la concentración, y también el cansancio de todo un año, hace que estemos un poco remisos a sentarnos ante el ordenador y teclear nuestras modestas aportaciones. Por eso, a partir de ahora, las entradas se publicarán con mayor separación en el tiempo.
En nuestro seguimiento de los textos clásicos que hablan de delfines, y que iniciamos a propósito de un texto de Plinio el Viejo que salió como Opción B en el examen de Latín II de las Pruebas de Acceso a la Universidad, del Sistema Universitario Valenciano, hemos hecho referencia a autores como el propio Plinio, Heródoto, Píndaro, Eurípides o Luciano.
Otro autor que ofrece numerosas anécdotas de delfines es Claudio Eliano.
En el libro I, capítulo 18, de su Historia de los animales, también conocido como De natura animalium, nos habla del instinto maternal del delfín hembra:
Se admiran los hombres del amor que las mujeres sienten por sus hijos; mas yo veo que madres, cuyos hijos o hijas murieron, continúan viviendo y, con el tiempo, se olvidan de sus sufrimientos, desaparecido ya el dolor. Por el contrario, el delfín hembra excede a todos los animales en el amor a su prole. Pare dos *** y cuando el pescador hiere a un hijo suyo con el arpón o le alcanza con la punta de un dardo ***. El dardo en la parte superior tiene un agujero y una larga cuerda lo traspasa, mientras que la punta, hundiéndose, hace presa en el cetáceo. Y mientras el delfín herido conserva su vigor, el pescador afloja la cuerda para que aquél no pueda romperla a causa de su violencia y para que a él mismo no le sobrevengan dos infortunios, a saber, que el delfín se marche con el dardo y que él quede burlado en su propósito; cuando advierte el pescador que el cetáceo se cansa y está algo debilitado por la herida, lleva la barca despacio cerca y saca a tierra su presa. Pero la madre no se asusta ante lo sucedido ni escapa amedrentada, sino que, por un misterioso instinto, sigue anhelante a su hijo. Y por más terrores que uno quiera poner frente a ella, no se asustará ni consentirá en abandonar a su hijo, que está en trance de muerte, sino que hasta es posible cogerla con la mano, ¡a tan poca distancia se pone de los pescadores, como si quisiera rechazarlos! Sucede, por fin, que los hombres la capturan juntamente con su hijo, siendo notorio que pudo salvarse con la huida. Y si están con ella las dos crías y advierte que una de las dos ha sido herida y que se la llevan, como dije antes, persigue al que está ileso y le empuja moviendo su cola y dándole mordiscos; y, lo mejor que puede, da un resoplido indistinto, que es la contraseña salvadora para huir. El hijo se pone a salvo, pero ella se queda hasta que es capturada y muere juntamente con el otro hijo cautivo.
El mismo Claudio Eliano, en el capítulo 6 del libro II, refiere una anécdota similar a otra narrada por Plinio el Viejo en el capítulo 24 del libro IX de su Historia Natural.
Una traducción latina de la obra de Eliano, debida a Friedrich Jacobs y realizada en 1832, está disponible aquí.
Éste es el texto de Claudio Eliano, en la traducción de José María Díaz-Regañón en la editorial Gredos.
Los corintios, y con ellos los lesbios, celebran el amor a la música de los delfines, y los habitantes de Íos, su condición afectuosa. Los lesbios cuentan la historia de Arión de Metimna, pero los habitantes de Íos cuentan lo concerniente al hermoso muchacho de la isla, a su diversión natatoria y al delfín. Un individuo de Bizancio llamado Leónidas cuenta que, mientras navegaba costeando la Eólide, vio con sus propios ojos, en la ciudad llamada Poroselene (entre Lesbos y Asia Menor), un delfín domesticado que vivía en la playa y que se comportaba con los naturales como si fueran amigos personales. Y refiere que una pareja de ancianos alimentaba a este hijo adoptivo ofreciéndole los más apetitosos bocados. Además, el hijo de los ancianos era criado juntamente con el delfín y el matrimonio cuidaba de ambos, y, en cierta manera, a causa de la convivencia el muchacho y el cetáceo poco a poco llegaron a amarse el uno al otro sin darse cuenta y, como se repite vulgarmente, “una mutua y augustísima corriente amorosa creció” entre ellos. Resultó, pues, que el delfín amaba ya a Poroselene como su patria y cogió tanto apego al puerto como a su propio hogar y, lo que es más, devolvía a los que habían cuidado de él el pago del alimento que le habían procurado.
Y he aquí cómo lo hacía. Cuando se hizo grande y ya no necesitaba coger el alimento de la mano, sino que podía atreverse a alejarse nadando y a rodear y perseguir a las presas del mar, capturaba unas para alimentarse, pero otras las llevaba a sus amigos, y éstos estaban enterados de ello y se complacían en esperar la parte que les traía. Ésta era una ganancia. La otra, la siguiente: los padres adoptivos pusieron al delfín como al muchacho un nombre y éste, con la confianza que otorga la común crianza, colocado de pie sobre un promontorio, lo llamaba por su nombre y al llamarlo empleaba tiernas palabras. El delfín, ya estuviera entablando una porfía con un navío provisto de remos, o buceando y saltando con desprecio de todos los demás peces, que, en bandadas, merodeaban por el lugar, o estuviera cazando porque se lo pedía el apetito, salía a la superficie con toda rapidez como un navío que avanza levantando grandes olas y, acercándose a su amado, jugueteaba y se zambullía con él. Unas veces nadaba a su vera, otras veces parecía como si el delfín quisiera desafiar e incluso animar a su amado a competir con él. Y lo que es más admirable, a veces renunciaba a ser el primero en la competición y se quedaba rezagado como si sintiera placer en resultar derrotado. Todos estos sucesos fueron divulgados clamorosamente, y a todos los que arribaban a la isla les parecía éste el espectáculo más estupendo de cuantos podía ofrecer la ciudad. Y para los viejos y el muchacho todo esto constituía una fuente de ingresos.


Como se habrá observado, a parte de la anécdota en sí, están presentes en el fragmento el gusto de los delfines por la música y su tendencia a jugar con las naves que surcan la mar, cuya estela siguen. Quizás por ello abundan en la literatura clásica las historias de delfines amigos de los seres humanos, especialmente de niños.
Pausanias, en su Descripción de Grecia III, 25, 7, al hablar del cabo Ténaro (del que hablamos en la historia de Arión de Metimna) dice:
Entre otras ofrendas que hay en Ténaro está una estatua en bronce de Arión, el citaredo, sobre un delfín. La historia del propio Arión y la del delfín la ha contado Heródoto de oídas en su historia de Lidia. En cuanto al delfín de Poroselene, yo lo he visto mostrando su gratitud al niño, que le había curado después de ser herido por unos pescadores, he visto a este delfín obedeciendo a su llamada y llevando al niño siempre que quería montar en él.
Por su parte, Plinio cuenta lo siguiente:
Durante el reinado del divino Augusto, un delfín que había entrado en el lago Lucrino tomó mucho cariño a un niño pobre que desde Bayas iba a Putéolos (actual Pozzuoli), porque se detenía a mediodía, lo llamaba con el nombre de Simón y a menudo lo atraía con trozos de pan que llevaba para el camino – no contaría esta historia si no estuviese recogida en las obras de Mecenas, Fabiano, Flavio Alfio y muchos otros -; en cualquier momento del día en que lo llamase el niño acudía desde las profundidades y, después de comer de su mano, le ofrecía el lomo para que montase, escondiendo los aguijones de su aleta dorsal como en una vaina, y una vez arriba lo llevaba a Putéolos a la escuela a través del mar inmenso y lo devolvía de la misma forma, durante varios años; cuando, a causa de una enfermedad, murió el niño, el delfín volvió una y otra vez al lugar acostumbrado, triste, semejante a quien ha perdido a un ser querido, hasta que murió de nostalgia, sin que a nadie le cupiese duda del motivo.
En posteriores capítulos presentaremos otras anécdotas referidas a los delfines, presentes en textos de autores clásicos. Nos estamos dando cuenta de la buena fama del delfín en la antigüedad, coincidente con la que tiene en la actualidad. En efecto, este animal resulta simpático a la mayoría de personas. Su docilidad a la hora de ser entrenado para ofrecer hermosos espectáculos en los delfinarios; su carácter, en general, amistoso, su aspecto, casi siempre “sonriente”; su convivencia con el ser humano le ha valido fama de benigno y pacífico. Incluso se ha creado la delfinoterapia, para que con el delfín convivan personas, especialmente niños, con discapacidades psíquicas o sensoriales, como por otra parte se hace también con perros o caballos (otros dos animales, por cierto, de buena reputación).


Ver saltar delfines cerca del barco en el que navegamos nos produce satisfacción y es un bello espectáculo.
Hasta ahora los textos que hemos presentado presentan esta cara positiva del delfín. ¿Los habrá de negativos? La respuesta en próximos capítulos.
Terminamos con una pregunta de la cual damos la respuesta:
¿Cuál es el último animal? Respuesta: NÍFLED LE, esto es, NIF LED LE)

martes, 10 de julio de 2007

Delfines en selectividad (II)

Empezamos en nuestro anterior artículo, publicado el 24 de junio, una serie dedicada a la presencia del delfín en algunos autores clásicos. La excusa fue un texto de Plinio el Viejo que apareció en la opción B del examen de Latín II en las PAAU. Ya vimos la descripción que ofrecía el mencionado Plinio en los capítulos 20 a 24 del libro IX de su Historia Natural.
El final de la traducción se refería al gusto de los delfines por jugar con las naves y su afición a la música.
Sobre el gusto del delfín por la música y por brincar junto a embarcaciones leemos en la primera estrofa del primer estásimo de la Electra de Eurípides:
Naves ilustres que un día arribasteis a Troya
con incontables remos
escoltando la danza de las Nereidas
cuando saltaba el delfín amante de la flauta (φίλαυλος δελφίς)
ante las proas de oscuros espolones
retorciéndose,
acompañando al hijo de Tetis,
ligero en el salto de sus pies, a Aquiles,
junto con Agamenón
hasta las riberas del Simoeis en Troya.

κλειναὶ νᾶες, αἵ ποτ' ἔβατε Τροίαν
τοῖς ἀμετρήτοις ἐρετμοῖς
πέμπουσαι χοροὺς μετἀ Νηρῄδων,
ἵν' ὁ φίλαυλος ἔπαλλε δελ-
φὶς πρῴραις κυανεμβόλοι-
σιν εἱλισσόμενος,
πορεύων τὸν τᾶς Θέτιδος
κοῦφον ἀλμα ποδῶν ᾿Αχιλῆ
σὺν ᾿Αγαμέμνονι Τρωίας
ἐπὶ Σιμουντίδας ἀκτάς.
Éstos, y otros, versos de Eurípides los pone en boca de Esquilo el comediógrafo Aristófanes en su obra Las ranas. Es una parodia del pobre Eurípides, blanco de las críticas del comediógrafo, que no ocultaba su preferencia por Esquilo. En concreto las palabras de la Electra recogidas por Aristófanes son:
ἵν᾿ ὁ φίλαυλος ἔπαλλε δελφὶς πρῴραις κυανεμβόλοις (donde el delfín amante de la flauta saltaba ante las proas de oscuros espolones), dentro de este contexto:
᾿Αλκυόνες, ἀ παρ᾿ ἀενάοις θαλάσσης
κύμασι στωμύλλετε,
τέγγουσαι νοτίοις πτερῶν
ῥανίσι χρόα δροσιζόμεναι·
αἵ θ' ὑπωρόφιοι κατὰ γωνίας
εἰειειειειειλίσσετε δακτύλοις φάλαγγες
ἱστότονα πηνίσματα,
κερκίδος ἀοιδοῦ μελέτας,
ἵν' ὁ φίλαυλος ἔπαλλε δελ-
φὶς πρῴραις κυανεμβόλοις
μαντεῖα καὶ σταδίους.
Οἰνάνθας γάνος ἀμπέλου,
βότρυος ἕλικα παυσίπονον.
περίβαλλ', ὦ τέκνον, ὠλένας.
῾Ορᾷς τὸν πόδα τοῦτον;
La traducción del fragmento, debida a Luis M. Macía Aparicio, en Ediciones Clásicas, es:
¡Oh, alciones que sobre las inagotables olas
del mar parloteáis,
mojando con húmedas gotas
de rocío la superficie de vuestras alas.
Y vosotras que en los rincones del techo, arañas,
con los dedos teeeeeeedéis
vuestras telas en telar tejidas
producto de la melodiosa lanzadera,
donde el delfín amigo de la flauta,
junto a las proas de espolón oscuro hacía saltar
oráculos y distancias.
Alegría de la viña en flor,
pámpano del racimo que la fatiga quitas.
Arrodéame criatura, con tus brazos.
¿te has fijado en el pie
(métrico se refiere)?

Genial, como siempre, Aristófanes.
La velocidad del delfín y su gusto por navegar junto a las naves ya los destacaba Píndaro en el fragmento 234 de la edición de Snell-Maehler (Leipzig, 1980). La traducción es la de Emilio Suárez de la Torre en Cátedra Letras Universales:
ὕφ᾿ ἅρμασιν ἵππος,
ἐν δ᾿ ἀρότρῳ βοῦς· παρὰ ναῦν δ᾿ ἰθύει τάχιστα δελφίς, κάπρῳ δὲ βουλεύοντα φόνον κύνα χρή.

…unido al carro, el caballo, y en el arado, el buey; al lado de la nave el que más veloz avanza es el delfín; y, cuando pretendas dar muerte al jabalí, has de buscar un perro resistente.
Una conocida anécdota sobre los delfines es la referida al poeta Arión de Metimna, que nos narra Heródoto en el Libro I de sus Historias:
23. Periandro, el que reveló a Trasibulo la respuesta del oráculo, era hijo de Cípselo y tirano de Corinto. Dicen los corintios, y concuerdan con ellos los lesbios, que acaeció en sus tiempos la mayor maravilla: la de Arión, natural de Metimna cuando fue llevado a Ténaro sobre un delfín. Este Arión era un citaredo, sin segundo entre todos los de su tiempo, y el primer poeta, que sepamos, que compuso el ditirambo, le dio su nombre y lo hizo ejecutar en Corinto.
24. Cuentan que Arión pasaba lo más de su vida en la corte de Periandro, que tuvo deseo de hacer un viaje a Italia y a Sicilia; y después de ganar grandes riquezas quiso volverse a Corinto. Partió de Tarento y, como de nadie se fiaba tanto como de los corintios, fletó un barco corintio. Pero los marineros, en alta mar, tramaron echarle al agua y apoderarse de sus riquezas. Arión, que lo entendió, les suplicó que le salvasen la vida, y él les dejaría sus bienes. Pero no les persuadió con tales ruegos, y los marineros le ordenaron que se matara con sus propias manos y así lograría sepultura en tierra o que se arrojara inmediatamente al mar. Acorralado Arión en tal apremio, les pidió, ya que así resolvían, le permitieran ataviarse con todas sus galas y cantar sobre la cubierta de la nave, y les prometió matarse luego de cantar.) Y ellos, encantados con la idea de escuchar al mejor músico de su tiempo, dejaron todos la popa y se vinieron a oírle en medio del barco. Arión, revestido de todas sus galas y con la cítara en la mano, de pie en la cubierta, cantó el nomo ortio, y habiéndolo concluido, se arrojó al mar tal como se hallaba, con todas sus galas. Los marineros navegaron a Corinto, y entre tanto un delfín (según cuentan) recogió al cantor y lo trajo a Ténaro. Arión desembarcó y se fue a Corinto vestido con el mismo atavío, y refirió todo lo sucedido. Periandro, sin darle crédito, le hizo custodiar, sin dejarle en libertad y aguardó celosamente a los marineros. Cuando llegaron, los mandó llamar y les preguntó si podían darle alguna noticia de Arión. Ellos respondieron que se hallaba bueno en Tarento. Al decir esto, se les apareció Arión con el mismo traje con que se había lanzado al mar de su crimen. Esto es lo que cuentan corintios y lesbios; y en Tarento hay una ofrenda de Arión, en bronce, no grande, que representa un hombre cabalgando sobre un delfín.
Esta anécdota, que hemos visto en Heródoto, la recoge también Luciano en el octavo de sus Diálogos Marinos que pasamos a reproducir en traducción de José Luis Navarro y Andrés Espinosa, en Gredos:
Poseidón.Bravo, delfines, porque sois siempre filántropos y hace ya tiempo acompañasteis y acogisteis al hijito de Ino cuando cayó con su madre desde las Escirónidas (Nota: perseguida por Atamante, Ino cayó al mar en compañía de su hijo Melicertes al que alude el diálogo. Los delfines lo recogieron y lo llevaron a Corinto. Posteriormente él y su madre fueron objeto de culto bajo los nombres de Palemón y Leucótea, respectivamente); incluso ahora has transportado a nado otra vez a ese citarodo a lomos tuyos desde Metimna, con su pompa y su cítara y no te quedaste indiferente viéndolo estar a punto de perecer a manos de los marineros.
Delfín.No te sorprendas, Poseidón, que nos portemos tan bien con los hombres, pues somos nosotros ahora peces, nacidos hombres. Y por ello precisamente le reprocho a Dioniso en que nos haya cambiado de forma luego de ser vencidos en batalla naval, cuando debería haberse limitado a someternos tal y como nos había sojuzgado.
Poseidón.Pues ¿qué es lo que sucedió con el Arión de marras, Delfín?
Delfín.Periandro, creo, disfrutaba con él y muchas veces le mandaba buscar por su arte. Él, que se había enriquecido a costa del tirano, sintió ganas de volver a Metimna, su patria, navegando, para exhibir su riqueza. Subiendo a bordo de una embarcación de unos tipos desalmados, como quiera que dio a entender que transportaba mucho oro y plata, cuando llegó al medio del Egeo se amotinaron contra él los marineros. Él – yo lo iba oyendo todo porque nadaba junto a la nave – les dijo, “puesto que os ha parecido oportuno actuar así, permitidme al menos que me ponga mis vestiduras, que entone un treno por mí mismo y que luego me arroje al agua sin que nadie me tire”. Aceptaron los marineros, se puso el vestido, entonó un canto melodioso en grado sumo y se arrojó al mar en la idea de que en el acto moriría. Pero yo, recogiéndolo y montándolo a lomos míos me lo llevé a nado rumbo a Ténaro.
Poseidón.Te alabo tu amor a la música, pues le has dado un digno pago por oír su canto.

En próximas entregas seguiremos aportando textos clásicos con presencia del mamífero marino.

lunes, 2 de julio de 2007

Filoctetes revisitado (y V, la pervivencia de Filoctetes)

Vamos a concluir nuestra serie dedicada a Filoctetes con dos ejemplos de pervivencia del mito, cerrando así un estudio que empezó con un poema de Johann Baptist Mayrhofer (1787-1836) sobre este personaje tan interesante para la reflexión sobre aspectos como el dolor, la exclusión, el arte de la mentira, la influencia de la educación y la naturaleza en el ser humano, la razón de Estado, etc.
Dos obras teatrales del siglo XX toman por asunto el mito de Filoctetes, el Philoktet de Heiner Müller, del cual no hablaremos, y Filoctetes de John Jesurun.
De esta última obra ofrecemos la información obtenida en Internet sobre representación en México en el año 2001 de una versión de la obra. Se trata de tres artículos sobre la misma representación.
Una moderna versión sobre exclusión y abandono (por Patricia Peñaloza)
Tres hombres solos en una isla. Uno de ellos, el excluido y olvidado, es víctima de la incomprensión de los otros; los dos restantes, quienes han rechazado al primero, no pueden al mismo tiempo abandonarlo del todo, pues le necesitan para lavar su culpa. Un intercambio intempestivo de pensamientos y reclamos en voz alta que podría desarrollarse entre tres personas o una misma partida en tres, ya en la antigua Grecia o ahora mismo.
Se trata de una versión moderna de Filoctetes de Sófocles, creación del dramaturgo neoyorkino John Jesurun, la cual se presenta, bajo la adaptación y dirección de Martín Acosta, en la Sala Villaurrutia de la Unidad Artística y Cultural del Bosque.
Montada de manera compleja y arriesgada, esta moderna versión brinda al espectador una sensación abigarrada, caótica, alrededor de la soledad y el abandono. Todo esto, mediante discusiones, recuerdos, imaginaciones. Lo suficientemente antigua como para hablar de guerreros, soldados de arco y flecha, invasiones a Troya, pero lo bastante superpuesta, fragmentada, desestructurada, atemporal, como para ser contemporánea.
Filoctetes es un general griego miembro de la expedición militar a Troya y poseedor del arco y las flechas mágicas de Hércules. En el viaje es mordido por una serpiente; recibe una herida tan dolorosa y debilitante que sus amigos Ulises y Neoptólemo lo abandonan en la isla desierta de Lemnos. Después de diez años, los griegos habrán logrado muy poco progreso en el asedio de Troya. Entonces un adivino les dice que sólo se podrá ganar con el arco y las flechas mágicas de Hércules. Ulises y Neoptólemo, hijo de Aquiles, viajan a Lemnos por el arco. La obra comienza en este punto.
La historia se desarrolla a través del diálogo entre los tres personajes. Aunque es lógico que Filoctetes está muerto, éste se halla más vivo que nunca para hablarles de las verdades que ha conocido al vivir diez años en esa isla. Las palabras de éste pueden ser los mismos pensamientos de sus detractores, un fantasma, o acaso los tres se hallen en una misma dimensión ubicada entre la vida y la muerte. Tal vez exista sólo uno de ellos; tal vez no exista ninguno.
El arco y las flechas, motores originales del viaje y el encuentro, pasan a segundo plano. Cada personaje representará las diferentes personalidades que pueden habitar a un mismo hombre o a un mismo triángulo de personas que conforman una fuerte relación humana, creadora de la historia misma.
Filoctetes es sin duda quien lleva sobre sí el peso de las reflexiones, a manera, digamos, de una conciencia colectiva, o de quien luego de muerto regresa del más allá para hacer ver a los vivos sus necedades.
A modo de extractos pide a momentos que lo amen y después lo maten, pues afirma no importarle la muerte si antes han de amarlo y se han de apiadar de él. Expresa que si el amor ha de llevarlo a la muerte, que entonces así sea antes de ser excluido, abandonado. Por su parte, Ulises, portando una gruesa máscara de orgullo asegura: “No quiero ver más”; no acepta su responsabilidad, critica y humilla a Filoctetes, y le achaca la culpa de lo que le pasa, de manera hipócrita: “Eres la podredumbre de la sociedad”, para entre ambos crear espejo, hacer ver que uno es reflejo del otro, acción que más tarde se repetirá de diferente manera con Neoptólemo a través de un juego de palabras aparentemente interminable, cual serpiente mordiendo su cola.
Más tarde, aunque Filoctetes quiere convencerse de que su vergüenza es inútil, exhorta luego a los otros a no temer al oprobio que le genera la podredumbre de la cual es presa: “un día ya no recordarán los reproches”. El personaje va evolucionando en la confrontación del mal que le aqueja, y del desprecio a sí mismo, pasa a su revaloración: “Me amo a mí mismo a pesar de mi fealdad”.
De alguna manera, la metáfora general bien podría ser aplicada a un actual enfermo de SIDA o a cualquier otro enfermo terminal, así como a las comunidades que viven en la miseria.
La puesta en escena resulta irónica, audaz; la escenografía y los elementos escénicos son propositivos, minimalistas, y el diseño sonoro es altamente afortunado. Destaca la alucinante actuación del protagonista Arturo Reyes (Filoctetes).
Vale la pena atender a las acrobacias verbales y corporales que logra Reyes, sus desplantes escénicos, los recursos del director para crear intenciones distintas entre sí con el sencillo auxilio de una roca, un espejo convexo, tres sillas y una varilla metálica. De igual modo, despierta una aguda atención al texto, una reflexión a propósito del abandono y la hipocresía de una sociedad ensoberbecida.
Filoctetes, de Sófocles, llevado al plano de la sociedad contemporánea
“Para que aprendan el lenguaje del sufrimiento y aprendan el lenguaje de los muertos”, sentenció Filoctetes durante su estreno el pasado fin de semana, en la Sala Xavier Villaurrutia de la Unidad Artística y Cultural del Bosque.
A partir de la versión que el dramaturgo neoyorquino John Jesurun escribe del clásico de Sófocles y dirigida por Martín Acosta, esta puesta en escena se ubica en la mitológica isla de Lemnos que igual se visualiza como la habitación de algún hotel en la que vive recluido el personaje principal.
La soledad de Filoctetes en su isla-habitación se ve de pronto interrumpida por la llegada de Ulises y Neoptólemo, que han salido de Troya con el objetivo de encontrarle o, en su defecto, hallar el arco y las flechas que Hércules le obsequiara tiempo atrás.
¿Pero qué representan ese arco y sus flechas en esta moderna versión de Filoctetes? La develación de un misterio. Después de haberlo abandonado, Ulises siente la necesidad de saber qué es lo que ha aprendido Filoctetes de la soledad, de la angustia y el dolor al que fue condenó tiempo atrás, dejándolo herido en esa misma isla-habitación.
Ulises encuentra a un Filoctetes en la etapa terminal de su enfermedad. No fue necesario que Jesurun nombrara el tipo de malestar que termina lentamente con la vida del personaje que sufre los estragos del SIDA y la mordida de serpiente que tanto menciona, es la indiferencia e ignorancia de una sociedad que prefiere mantenerlo aislado. Ulises mismo representa esa sociedad, ya que fue él quien propició el abandono.
De esta manera, a partir de la indiferencia de Ulises, la agresividad, la confusión y el temor de un joven Neoptólemo que vive atrapado en el mundo de las drogas, en busca del amor; y la sabiduría contenida en un Filoctetes sarcástico ante la duda que atormenta a sus necios acompañantes, Jesurun hace un llamado al espectador e incluso le incita a preguntarse por qué el “Señor” exige sufrimiento y dolor a cambio de su amor.
El montaje centra su filosofía en el cuerpo (de un joven, un viejo y un muerto como lo llama en su momento el personaje central) y plantea una serie de cuestionamientos en torno a la moral, a la religión y la muerte. En repetidas ocasiones el sufrimiento orilla al personaje principal a preguntarse por qué debe experimentar regocijo mientras una sociedad entera lo condena a la soledad en tanto que Dios le confiere el dolor.
Al final, cuando Filoctetes logra por fin esa libertad corporal y espiritual por él ambicionada, aparece un Ulises ya enfermo, en plena soledad y sin rumbo, y a un Neoptólemo más seguro aunque también con el dolor a cuestas.
Apoyada en una escenografía sencilla (sólo tres sillas, una mesa, una máquina de escribir, dos piedras y un espejo) y con un excelente manejo de la iluminación (se puede apreciar el sello sin igual de Matías Gorlero), la puesta en escena encierra un mundo de símbolos que lo mismo hablan de la carga que representa para el hombre vivir en una sociedad que censura a quienes se salen de los cánones establecidos, así como del intento por reafirmar su identidad cuando ha sido señalado.
Cabe destacar, de igual manera, la dirección de Martín Acosta (que no olvida poner en antecedentes al espectador), así como las actuaciones de Arturo Reyes, Marco Pérez y Roberto Soto.
Tal vez después de ver esta obra, el espectador pueda contestar la pregunta que el joven Neoptólemo hace en medio de la confusión y el dolor de ver el sufrimiento de Filoctetes: ¿Tiene que ver con el amor?
Filoctetes (Olga Saavedra)
Recuperar el arco y las flechas mágicas de Hércules es el objetivo. La propuesta es hecha por John Jesurun, becario de la Fundación MacArthur, a partir de una traducción del mismo Jesurun, de Erwin Veytia y Martín Acosta, este último, becario de la Foundation for Contemporary Performance Arts de New York y miembro del Sistema Nacional de Creadores.
La acción nos lleva a la desierta isla de Lemnos, en donde tres hombres solos –Filoctetes, Ulises y Neoptólemo– y muchas preguntas lanzadas como flechas, serán la rueda que impulsará la acción.
Las palabras-flechas reflejarán a su paso la ansiedad de Ulises, el rencor y odio de Filoctetes abandonado tiempo atrás en esta isla, y la juvenil curiosidad de Neoptólemo. Filoctetes es un general griego miembro de la expedición militar a Troya. Él posee el arco y las flechas mágicas de Hércules. Durante el viaje a Troya, Filoctetes es mordido por una serpiente. La herida es muy dolorosa y debilitante y sus compañeros de viaje, entre ellos su amigo Ulises, deciden abandonarlo en Lemnos.
Las batallas se dan y a lo largo de diez años los griegos asedian Troya sin resultados. Un adivino les indica que ganarán cuando posean el arco y las flechas mágicas de Hércules. Así que Ulises y el hijo de Aquiles, Neoptólemo, deciden viajar a Lemnos a buscar aquello que les dará la gloria.
Y es aquí en donde inicia la acción, con Ulises y Neoptólemo llegando a Lemnos en búsqueda del solitario poseedor de los instrumentos prodigiosos. Pero pronto nos encontramos presos de ese triángulo que forman los personajes y en el cual se mueven sin llegar a un punto concreto, pues se encuentran limitados por sus propias pasiones: “Somos un triángulo visible e indivisible.”
Filoctetes es como un recuerdo, como una sombra que de tanto dolor se marcó en las piedras de la isla y no se sabe si en realidad se habla con el cuerpo, con el espíritu, con ambos, o sólo con un fantasma creado en sus mentes ¿Está muerto?
Sea lo uno o lo otro, su dolor es evidente y su pierna herida por la mordedura es como un río que ha invadido su cuerpo invocado y su espíritu humillado. Pero ¿qué clase de serpiente lo mordió? Filoctetes sólo nos da una pista: “Tenía la forma de la dulzura.”
Ulises, fuerte, pragmático y bañado con la luz del éxito, pierde pronto la paciencia y sus palabras como aguijones urgen la entrega esperada: “Dame el arco y te mataré”, exige y amenaza a Filoctetes y éste, con la misma eficacia, responde: “Mátame y te daré el arco.”
El enfrentamiento es feroz y sin embargo tenue. Bajo el paso del tiempo la furia de los mares se ha calmado en apariencia pero en el fondo subyacen los remordimientos, el odio, la sed de venganza y la impotencia por la pérdida continua de batallas libradas o futuras, en el espíritu o en tierra firme.
Las palabras brotan de cada uno y nos engañan porque parece que son una respuesta. Acudimos a una metamorfosis gramatical-biológica en donde las palabras devienen virus contaminantes de inquietud e incertidumbre.
Filoctetes ha tenido el tiempo necesario para bordar sobre su dolor, para acumular resentimientos y desear que quienes pierdan sean los aqueos. No va a ceder fácilmente el arco ni las flechas. Es como si no dejara de preguntarse: “¿Quién me dejó aquí? ¿Por qué me dejaron aquí?”
Para el joven Neoptólemo la figura de Filoctetes es enigmática y repugnante a la vez; “¿Qué dios te lanzó dentro de mi órbita?” “¿Qué célula te mudó la existencia? ¿Quién o qué pudo hacerlo y por qué? ¿Quién eres?” Y su aparente dulzura intenta lograr lo que la fortaleza de Ulises no ha podido.
En sus ansias por resolver el acertijo, Neoptólemo pregunta una y otra vez: “¿Tiene algo que ver con el amor?”, y su voz es como un eco suave que aminora la tensión.
Ir en búsqueda del arco y las flechas es una aventura que nos sumerge en una atmósfera de arena, mar, sangre y sentimientos; de sensaciones fuertes pero adormecidas que van despertando paulatinamente con el rumor de los vientos pasados.
Ulises, Filoctetes y Neoptólemo parecen tan astutos para engañarnos que no sabemos quién habla realmente en esta suerte de alteración semántica barnizada con humor y aires modernos. Cuando Filoctetes se queja de dolor, Neoptólemo pregunta al público: “¿Alguien trae una aspirina?”
Mientras todo esto sucede, al otro lado del mar sigue la guerra. Y en Lemnos los tres hombres solos siguen formulándose reclamos interminables que nos envuelven y también nos hacen dudar en dónde estamos. ¿Regresamos al inicio? ¿Estamos a la mitad? ¿Y el arco y las flechas? Preguntas que se quedan atrapadas en la figura de Filoctetes, personificado por Arturo Reyes, quien desaparece con ellas en la oscuridad concluyendo su historia: “Y eso fue todo... buenas noches.”
Por su parte, Sonia Silva escribe:
Como una experiencia muy fuerte, esto debido a su complejidad y a su estructura laberíntica desde el punto de vista dramático, calificó Martín Acosta la puesta en escena de Filoctetes, que actualmente dirige en la Sala Xavier Villaurrutia de la Unidad Artística y Cultural del Bosque y que el próximo domingo 1° de abril (de 2001) concluye su temporada.
No es fácil encontrar interlocutores, espectadores, para este tipo de obras que plantean mitos griegos, reconoce el director escénico, quien también dijo que la puesta en escena fue de menos a más.” Afortunadamente, en las últimas semanas la recepción ha sido mucho más amplia”.
Sostiene que un director desde que tiene la obra en sus manos calcula el público que va a recibir; “Filoctetes ha encontrado poco a poco sus interlocutores y desafortunadamente en este momento sí es necesario cerrar (temporada), pues existen muchos proyectos detrás”, comentó.
También expresó que, sin embargo, los mitos griegos son muy generosos y sólo se debe encontrar la manera de contextualizarlos, como fue en este caso el mito de Sófocles.
“El autor, John Jesurun, se encargó de eso, de contextualizar la obra. Lo difícil es el lenguaje, de igual manera que en la tragedia griega. En realidad lo que el dramaturgo hace es un gran poema dramático, un poema ético con muchos poemas contemporáneos”, señaló.
Y es que en este poema ético al que se refiere Acosta, se hace referencia desde lo más culterano a lo más pop, desde Madona hasta Nietzsche; y en donde, de igual manera, se pueden apreciar combinaciones múltiples.
“El tema no es nada obvio. Nosotros no queríamos traicionar al autor, pues Jesurun nunca menciona la palabra SIDA en la obra, entonces, la deducción tiene que ser dada a través de la relación entre los personajes y eso es lo que tratamos de hacer: el problema no es el SIDA en sí mismo”, explicó.
Acosta cuestiona: ¿Qué pasa con un ser, cualquiera que éste sea, si tiene alguna enfermedad de esta naturaleza? Es marginado, puesto en un rincón. Después llegan a pedirle perdón y ayuda porque le necesitan. “Esta es la situación dramática con la que nosotros arrancamos”.
Dijo también que el mito griego sirve para todo, pues es muy flexible. “Por eso Edipo nos sirve casi para todo y Orestes nos sirve para matar a nuestra madre cada que queremos... en realidad sólo es cuestión de poner el mito en términos contemporáneos y eso hace el autor”.


Hasta aquí nuestra "larga" serie dedicada al personaje de Filoctetes y, especialmente, a la tragedia homónima de Sófocles. Nuestra única intención era invitar, impulsar o mover a la relectura de esta tragedia sofoclea, poseedora, sin duda, de elementos muy ricos e interesantes, de plena actualidad.


Si lo hemos conseguido, nos damos por satisfechos.
Como colofón, una frase de la tragedia:
476 Para los hombres bien nacidos, lo moralmente vergonzoso es aborrecible y lo virtuoso es digno de gloria (τοῖσι γενναίοισί τοι τό τ᾿ αἰσχρὸν ἐχθρὸν καὶ τὸ χρηστὸν εὐκλεές).

domingo, 24 de junio de 2007

Delfines en selectividad (I)



Aunque ya han pasado algunos días desde que se celebró el examen de Latín II en las PAAU (Pruebas de Acceso a la Universidad) del Sistema Universitario Valenciano y ya se conocen los resultados de la misma, es ahora cuando puedo publicar este artículo que tiene como pretexto ese examen.
No quiero comentar nada acerca del vocabulario que se ofreció a los alumnos que, más que ayudar a la traducción correcta, ayudó a confundir a los alumnos llevándolos a traducciones erróneas, derivadas de los significados de ciertas palabras del texto del ejercicio A, un fragmento de la Guerra de las Galias de Julio César, que, además, en la versión en valenciano omitía la primera palabra (el nombre propio Caesar) del texto en la versión castellana. Otros lo han hecho en este blog, y también en este otro lugar.
Me voy a fijar en el texto de la segunda opción.
A decir de los especialistas en latín, el ejercicio B sorprendió por el autor del cual se tomó el texto, Plinio el Viejo, rara avis en este tipo de exámenes, y la obra, su Historia Natural.
El texto era una fusión de los capítulos 20 y 24 del libro IX de la Historia Natural, ambos referidos al delfín, en concreto a la especie delphinus delphis, que habita en el Mediterráneo y cuyo tamaño oscila entre los 2’5 y los 4 metros de longitud. Éstos son los fragmentos:
20. Velocissimum omnium animalium, non solum marinorum, est delphinus, ocior volucre, acrior telo, ac nisi multum infra rostrum os illi foret medio paene in ventre, nullus piscium celeritatem eius evaderet. (…) 24. Delphinus non homini tantum amicum animal, verum et musicae arti, mulcetur symphoniae cantu, set praecipue hydrauli sono.
Y esto lo que apareció en el examen de las PAAU:
Velocissimus omnium animalium, non solum marinorum, est delphinus, ocior volucre, acrior telo, ac, nisi multum infra rostrum os illi esset medio paene in ventre, nullus piscium celeritatem eius evaderet. (…). Delphinus non homini tantum amicus est, verum et musicae arti.
Como se puede observar el texto de selectividad presenta la lectura velocissimus, por velocissimum, esset, en lugar de foret y tantum amicus est, frente a tantum amicum animal. Otro aspecto importante es que cortar la frase verum et musicae arti, añadiendo un punto, que no está en el texto original, si además previamente hemos cambiado tantum amicum animal por tantum amicus est, hace que la traducción que se deba hacer sea: “el delfín no es sólo amigo del ser humano, sino también del arte de la música”. Obsérvese más adelante que la traducción del fragmento completo es muy distinta. Destacamos en negrita la frase en cuestión.
La traducción del fragmento que hace Josefa Cantó, en Cátedra Letras Universales es ésta:
“El delfín es el más veloz de todos los animales, no sólo de los marinos; es más rápido que un pájaro, más agudo que un dardo y si no tuviese la boca mucho más abajo que el hocico, casi en mitad del vientre, ningún pez escaparía a su rapidez. El delfín no es sólo un animal amigo del hombre, sino que además se amansa con la música, (con el canto armónico y sobre todo con el sonido del órgano hidráulico).
El texto presentaba por encabezamiento CARACTERÍSTICAS QUE DEFINEN AL DELFÍN. No soy experto en lengua castellana, pero quedaría mejor sencillamente CARACTERÍSTICAS DEL DELFÍN.
Debajo de este encabezamiento, cuya misión suponemos que era situar al alumno, se decía:
Plinio el viejo (sic) describe las características del delfín (aquí sí que está bien, ¿por qué no lo pusieron así en el encabezamiento?) y algunas de las razones por las que apreciarlo (esta expresión chirría también; ¿por qué no “razones para apreciarlo” o “razones por las que se le aprecia”?).
Después del texto, y a modo de subtítulo, hay una indicación totalmente superflua y fuera de lugar, que alude a otras informaciones que Plinio el Viejo da sobre le delfín en el capítulo 21. Se dice:
Incluye en su descripción que poseen mamas, que viven en pareja y se preocupan por sus crías; que disponen de una voz peculiar.
¿Y qué? ¿Por qué no se dice que Plinio da otras muchas informaciones sobre el simpático cetáceo? ¿A qué viene este comentario? Además puede llevar a la confusión a los alumnos, que pueden creer que esas informaciones están en el texto del examen y no, como es lo cierto, en los capítulos que siguen al ofrecido en el examen.
Bien no quiero seguir comentando nada de este texto que, en cambio, nos ha dado pie para un artículo sobre la presencia del delfín en algunos autores clásicos.

Empezaremos por el nombre del animal (δελφίς). Está emparentado con los términos δελφύς (útero) y ἀδελφός (hermano, es decir, “que ha compartido el mismo útero”, “nacido del mismo seno materno”; formado por el prefijo copulativo ἀ- y la palabra “útero” ya comentada).
La Suda en la entrada 211 de la letra delta dice:
δελφύς: μήτρα. ἔνθεν ἀδελφός. ὁ ἐκ τῆς αὐτῆς μήτρας.
Útero: matriz. De donde “hermano”. El de la misma matriz.
También está relacionado con δέλφαξ (cerda, puerca), con presencia de un sufijo de carácter popular -αξ, presente también en κόραξ (cuervo) y σκύλαξ (cachorro de perro). Chantraine dice que poseía una labio velar inicial, según se desprende del eolio βέλφιν, con retrotracción del acento; el sufijo es muy raro. El animal sería llamado por su forma. Podría ser una especie de apodo: el “cerdo” del mar (le “goret” de la mer, dice Chantraine).
Hemos de decir que hay más de 30 especies de delfines. Nosotros nos referiremos siempre al delfín común. El nombre científico del delfín común es Delphinus delphis. Como en otros animales, el nombre científico consiste en el nombre latino del animal, seguido del nombre griego, transliterado y latinizado. Esto ocurre también con el cuervo (Corvus corax, de κόραξ) ο el ciervo (Cervus elaphus, de ἔλαφος).
Como nuestra pretensión no es científica, ni zoológica, pasamos directamente a un breve recorrido por la presencia del delfín en los textos clásicos griegos y latinos.
Y comenzamos por el texto que ha dado pie a este artículo. Se trata de los capítulos 20 a 33 del Libro IX de la Historia Natural de Plinio el Viejo. Para el texto latino remitimos a este lugar.
La traducción que ofrecemos es la de los capítulos 20 a 24. De los restantes capítulos nos ocuparemos en una próxima entrada, ya que se trata de anécdotas referidas a delfines, que dejamos para más adelante. La traducción ofrecida es siempre la de Josefa Cantó en Cátedra Letras Universales:
20. El delfín es el más veloz de todos los animales, no sólo de los marinos; es más rápido que un pájaro, más agudo que un dardo y si no tuviese la boca mucho más abajo que el hocico, casi en mitad del vientre, ningún pez escaparía a su rapidez. Pero la naturaleza, previsora, los hace retardarse, porque a no ser boca arriba, en posición invertida, no capturan nada; esto da indicios de su velocidad. Cuando, empujados por el hambre, persiguen un pez que huye hacia las profundidades y retienen mucho tiempo la respiración, surgen de repente en forma de aire como una flecha impulsada por un arco y saltan con tanta fuerza que muchas veces sobrepasan en altura las velas de los barcos. 21. Generalmente van en parejas; paren cachorros al décimo mes, en verano, a veces incluso dos. Los alimentan a sus pechos, como las ballenas, e incluso transportan a las crías recién nacidas y aún débiles; es más, las acompañan largo tiempo cuando son ya adultas, mostrando gran afecto por su descendencia. 22. Crecen rápidamente; se cree que hacia los diez años han alcanzado su desarrollo completo. Viven hasta los treinta años; se sabe gracias al experimento de marcarles la cola con un corte. Desaparecen durante treinta días en torno a la salida del Perro (primeros de agosto) y se ocultan por un procedimiento desconocido; es una cosa asombrosa, porque en el agua no pueden respirar. Suelen embarrancar en la costa por razones inciertas, pero no mueren inmediatamente al tocar la tierra; la muerte es más rápida si tienen el conducto respiratorio cerrado. 23. Tienen la lengua móvil, a diferencia de otros animales acuáticos, corta y ancha, no diferente de la de un cerdo. El gemido es semejante a la voz humana, el lomo arqueado, el hocico chato. Por esta razón todos los delfines comprenden el nombre de “Simón” y prefieren que les llamen así (simus significa “chato”, puesto que el hocico plano era uno de sus rasgos más relevantes).
24. El delfín no es sólo un animal amigo del hombre, sino que además se amansa con la música, con el canto armónico y sobre todo con el sonido del órgano hidráulico. No se asusta del hombre como de un extraño, sino que sale al encuentro de las naves, juega dando saltos, incluso compite con ellas en velocidad y las deja atrás aunque vayan a toda vela.
Hasta aquí nuestra primera entrega sobre la presencia del delfín en la literatura griega y romana clásicas, a propósito de un texto latino en selectividad. En posteriores artículos ofreceremos un acercamiento, no exhaustivo a otros textos y autores.

martes, 19 de junio de 2007

Filoctetes revisitado (IV, la epifanía de Heracles ¿un deus ex machina?)



Concluida ya la extensa tercera (III) parte, dedicada a los tres protagonistas del drama, nos centramos en un aspecto destacable del mismo, cual es la aparición en el verso 1409, en pleno éxodo de la obra, del héroe tebano Heracles, muy unido, como ya hemos visto, a la figura de Filoctetes.
Albin Lesky escribe en su obra Historia de la literatura griega (las citas son nuestras):
“Apoyado en Neoptólemo, Filoctetes se encamina vacilante hacia el barco.
En realidad, concluye aquí la obra, pero no es posible que termine así. Pues, aunque el poeta trágico puede tomarse ciertas libertades con respecto a la tradición mítica y puede seguir su propio camino particularmente en la motivación psíquica de los acontecimientos, no puede modificar el desarrollo en determinados puntos establecidos. El mito afirma que Filoctetes estuvo en Troya y con su arco contribuyó considerablemente a su caída. La aparición de Heracles detiene, pues, a los dos en su trayecto al barco.
Cuando Heracles, que ha sido encumbrado al Olimpo, quebranta con su palabra la resistencia de Filoctetes y encauza la acción por el camino prescrito, está realizando algo semejante al deus ex machina de Eurípides.
Pero, a diferencia de aquél, está ligado más estrechamente a la estructura general del drama. El hecho de que Filoctetes lleve el arco de Heracles desde su muerte en el Eta es una circunstancia externa, más esencial resulta que Heracles induzca al amigo a ceder no con un acto de autoridad, sino aludiendo a su propio camino, que a través de grandes sufrimientos le llevó a las alturas. En la advertencia de Heracles de que los dioses sean venerados (1441 εὐσεβεῖν τὰ πρὸς θεούς = mostrad la debida reverencia para los dioses / 1443-1444 La piedad no muere con los mortales y, aunque estemos vivos o muertos, ella no perece (οὐ γὰρ ηὑσέβεια συνθνῄσκει βροτοῖς· / κἂν ζῶσι κἂν θάνωσιν, οὐκ ἀπόλλυται) nos habla el propio poeta, que durante toda su vida conservó siempre su fe religiosa”.
Hasta aquí la cita de Lesky.
En efecto, cuando Neoptólemo ha desistido de persuadir a Filoctetes, y éste se ha empecinado en no dar su brazo a torcer, las cosas quedan sin camino humano de salida.
Un Heracles divinizado, que viene del Olimpo, persuade con su palabra la resistencia de Filoctetes y encauza la acción por el camino “míticamente correcto”. Se ha escrito mucho sobre la asimilación de esta aparición de Heracles al recurso del deus ex machina euripideo.
Burckhardt, en Historia de la cultura griega, escribe:
“En Sófocles se entrelazan carácter y acción de los hombres con el destino de tal manera, que al espectador le debe aparecer lo último, a partir del principio como inevitable, y precisamente por una razón interior, y no porque se sepa el mito de corrido. La única excepción es el Filoctetes que psicológicamente busca otra terminación que la que el mito prescribe: Neoptólemo (en contraposición a Ulises) está ya tan conmovido por los dolores del paciente, que se halla a punto de devolverle a su patria. Entonces aparece- como único ejemplo en Sófocles – Heracles como deus ex machina, y anuncia la leyes del destino. A Sófocles le atraía en el tema verosímilmente, como en el Áyax, su rico contenido en pathos; estos dolores están realzados hasta el extremo, y su colmo es el contacto con Neoptólemo. Al poeta le interesaba más el agotamiento del fondo de estos caracteres que una conclusión armoniosa”.
Lasso de la Vega, en la introducción a las Tragedias de Sófocles, en Gredos, con su peculiar estilo, se expresa así:
“Aquí se produce la epifanía de Heracles, viejo camarada de Filoctetes (de aquél recibió su arco) y hoy deificado.
Enseña Heracles el sentido del destino de Filoctetes, que toda su existencia es, a su vez y sucesivamente, desgracia y felicidad. Adivina porvenires que escapan a los humanos, para su enseñamiento. El héroe, qué remedio, obedece: si el cristiano sabe dar a la libertad toda la dignidad de la obediencia, el griego sabe dar a la obediencia toda la dignidad de la libertad. La solución de Heracles preserva la disgnidad de Filoctetes y, a la vez, se cumple la voluntad de los dioses. Este episodio final ¿es, como pretenden algunos, el deus ex machina que, con desprecio de todo lo anterior en el drama, metiéndose al quite satisface las exigencias de la leyenda, como en Eurípides? ¿Esta epifanía es una interiorización del mito tradicional, en el sentido de una revelación íntima de la virtud del propio héroe, como pretende Whitman?
Heracles habla al hombre Filoctetes, se pone a sí mismo como ejemplo humano y la respuesta de Filoctetes se explica en el marco de la piedad sofoclea. Retirados los dioses de la acción dramática, queda al hombre un amplio territorio de actuación; pero toda su inteligencia y sus planes solamente consiguen que las cosas se enreden inextricablemente hasta que lo divino restaura, al final, el orden. Filoctetes cede y emprende el camino hacia Troya y hacia su propia gloria.”
Hasta aquí las palabras de Lasso de la Vega, y también ¿nuestro? artículo.

viernes, 15 de junio de 2007

Filoctetes revisitado (IIIj, los personajes: Filoctetes: la exclusión, el dolor físico y moral)


Seguimos con nuestros artículos dedicados al personaje de Filoctetes, en la tragedia homónima de Sófocles.
De esta fuente hemos sacado la siguiente información, muy interesante para nuestro artículo.
“Sobre la enfermedad y su tratamiento literario podemos tomar como referentes obras tan dispares como El idiota de Fiodor Dostoiewsky y La montaña mágica de Thomas Mann. Estas obras nos dan puntos de vista diferentes, sin embargo coinciden en presentarnos al enfermo, como infirmus que es, fuera del sistema social.
Y así quedará recluido en un mundo que se le hace a medida: Hans Castorp, recluido voluntariamente seducido por el morbo de la enfermedad, y su primo Joachim, que está realmente enfermo de tisis, como la sociedad centroeuropea del momento, en Davos.
El idiota noble en su propia inseguridad, como insegura y enferma se hallaba la aristocracia rusa, como portador del mal sagrado, la epilepsia.
De la misma manera Filoctetes queda aislado en su refugio insular. También Edipo a las puertas de Atenas, en Colono, lejos de Tebas. Y es que podríamos analizar la enfermedad desde el punto de vista que nos han legado autores bien diversos, aunque no podemos negar nuestra afición al Filoctetes de Sófocles, o al Edipo rey y su conclusión Edipo en Colono, como tampoco podemos negar el tratamiento literario que da Sófocles a sus obras a partir, probablemente, de su devoción a Asclepio, devoción que dota su obra de una piedad que provoca la emoción más sincera. Sófocles, según Mª Rosa Lida, “el más homérico de los trágicos […] pone como centro de su drama el más vulgar de los inexplicables azares divinos: la enfermedad”.
Analiza esta autora la obra de Sófocles en relación a la enfermedad y afirma que aunque Alcestis, Fedra, Orestes y Télefo son personajes enfermos, sin embargo Filoctetes marca los parámetros del enfermo «el solo y el enfermo».
Manifiesta Filoctetes una enfermedad no originada por el hombre, la serpiente que muerde a Filoctetes no es sino una representación de las fuerzas del mal que emanan de antiguas fuerzas ctónicas y que tan bien son representadas por todo tipo de reptiles en general y de serpientes en particular. Filoctetes, recluido en su dolor, habita en un lugar solitario, desolador y triste. Dice Neoptólemo:
38-39 Hace secar al sol unos andrajos llenos de hedionda sanies.
El enfermo se cuida a sí mismo como puede. Frente a él la actitud de Odiseo representa la del hombre «de Estado»:
1048-1052 Cuando se precisa semejante hombre, tal soy yo, y cuando es el momento de hombres justos y buenos, a nadie hallarás más frío que yo. Sí, mi carácter es desear la victoria de cualquier modo.
Con estas palabras se nos manifiesta el héroe como la misma representación de un estado frío y pragmático, frente a él está el enfermo con su hambre, con el dolor de sus heridas, abandonado a su suerte. Dice Mª Rosa Lida: «Sófocles llega a lo más primitivo de la pena trágica, a la enfermedad que degrada al hombre, por eso sitúa a su héroe fuera de la sociedad humana»
La enfermedad es un estigma, la maldición de la enfermedad es, desde los antiguos, una maldición sagrada: una evidencia de nuestra culpa, y todos podemos ser culpables, ni que sea de los pecados de nuestros padres, ni que sea de los pecados de nuestros hijos, aunque no entendamos el por qué todos somos culpables. Nadie está libre, y en el ensueño de una fingida tranquilidad deviene un sobresalto y se nos quiebra el tiempo. El rencor se abre en el espacio mínimo de un segundo interminable, se agrieta resquebrajando la carne que antes se sentía satisfecha.

El dolor se hace insoportable por lo sorprendente de su llegada y se marca así la frontera de la enfermedad, no sabemos si ignominiosa para nosotros o para los demás. Y es que la enfermedad no es un hecho aislado y personal, afecta también a la familia y a la comunidad toda, como la peste que asola la Tebas de Edipo a causa de su culpa. Difícilmente se mantiene oculta porque la enfermedad tiene lacras que evidencian la mancha, esté donde esté. El desequilibrio que se precipita en nuestro cuerpo se manifiesta, a pesar de los intentos de ocultación por miedo a la diferencia, por temor a que se produzca la segregación, el confinamiento. El jugar un papel asignado nos resguarda del mal de la segregación, incluso se nos permitirá jugar desde dentro sigilosamente, a reventar el sistema, de forma clandestina, nunca a las claras, sin apartarse de ese sistema, y si alguien lo hace debe atenerse a las consecuencias: marginación, soledad… Son las reglas, reglas no escritas, pero asumidas desde siempre, desde antiguo, cuando la diferencia primera se manifestó al percibir una mancha en la piel, un cabello de color encendido o unos ojos glaucos".

martes, 12 de junio de 2007

Filoctetes revisitado (IIIi, los personajes: Filoctetes: la exclusión, el dolor físico y moral)

Nos queda ahora realizar un repaso de la actuación de Filoctetes en la tragedia.
Para ello nos servimos de pasajes del artículo Filoctetes y Odiseo: la dialéctica phýsis / kairós, de Fernando Ariel Casco y Lucas Martín Abraham de la Universidad Nacional del Sur.
La primera imagen que de Filoctetes nos ofrece la tragedia es la de un hombre completamente barbarizado y alejado del mundo civilizado. Se ha transformado, según sus propias palabras, en un salvaje. La presentación que el héroe hace de sí mismo se enmarca dentro de la configuración de un ἄπολις, es decir, la de un hombre condenado al destierro (versos 225-230):
“No os sobresaltéis por el miedo ante mí, temerosos de mi estado salvaje; antes bien apiadaos de un hombre mísero, solitario, abandonado aquí y arruinado, sin amigos, y habladle, si es que habéis llegado en calidad de amigos”
Su doloroso presente es consecuencia de la acción directa de los Atridas y Odiseo, quienes lo confinaron, como ya hemos recordado, a permanecer en la isla de Lemnos a causa de un pie que le supuraba con una herida devoradora. Al encontrarse con un grupo de extranjeros, los recibe con palabras que ya preanuncian el discurso posterior en el que manifiesta todos los males de los que ha sido objeto. Por oposición a las palabras de Odiseo, las de Filoctetes carecen de δόλος (engaño) y sólo tienen por objeto mover a la piedad de los visitantes (versos 255-317).
Luego de conocer por boca del joven que es el hijo de Aquiles, en él se produce una profunda conmoción, pues en la figura de Neoptólemo el viejo héroe ve representado su pasado: el joven comparte la misma φύσις (naturaleza) que el padre.
Este elemento es fundamental a la hora de configurar el personaje de Filoctetes, puesto que es el único parámetro que utiliza el viejo héroe para aceptar al joven. Al comprobar la simiente paterna de Neoptólemo, lo reconoce como a un hijo:
240-241 ¡Oh hijo de un padre queridísimo! ¡Oh tú, de un país amado! ¡Oh retoño del anciano Licomedes!
249 ¡Hijo mío! ¿es que no conoces a quien estás contemplando?
Inmediatamente después narrará las desgracias de su vida en la isla. Su corazón, preso de odio, revela una cólera marcial hacia los aqueos -en especial hacia Odiseo y los Atridas-, y sólo desea para ellos que los dioses un día les concedan la misma suerte que a él.
En lo referente a su concepción de φύσις, Filoctetes considera que la causante de la condición de λόγου κακοῦ de Odiseo descansa en su propia naturaleza y todos los males a los que lo sometió fueron consecuencia de ello
407-409 Pues bien sé que ése con su lengua participaría en cualquier bajo pretexto (λόγου κακοῦ) y en cualquier astucia de la que nada justo, al final, resultaría.
Por oposición al hijo de Laertes, la φύσις para Filoctetes no puede ser alterada de acuerdo con la ocasión, por ello justifica la actitud de Odiseo mediante la mención de su linaje: éste es el hijo de Sísifo y ello constituye el factor determinante de su φύσις. Hemos de considerar entonces que, según Filoctetes, no es el καιρός (la ocasión o conveniencia) lo que define la conducta de Odiseo, sino su propia naturaleza (φύσις). Para el viejo, el hombre es todo φύσις y en las acciones que lleva a cabo a lo largo de su vida, revela su origen. Por lo tanto, lo que separa a Odiseo de Filoctetes es un problema de concepción de φύσις, conflicto planteado ya desde el inicio de la tragedia (diálogo entre Odiseo y Neoptólemo). Y es esta misma concepción la que acercará al viejo hijo de Peante al hijo de Aquiles.
Filoctetes ha sido obligado al destierro y, en consecuencia, ha roto sus lazos de φιλία (amistad) con el mundo civilizado. Esta diferencia de concepción de φύσις, antes mencionada, ha conducido a Filoctetes a su presente condición de ἄπολις. Este término, en el contexto del discurso del héroe, remite a dos sentidos: por un lado, al mundo de los hombres, representado en los aqueos que lo han abandonado, y, por el otro, al de los dioses, porque Filoctetes no logra comprender los motivos por los cuales los grandes héroes de la gesta troyana han perecido y en cambio aún permanecen con vida los injustos e impíos, Odiseo, los Atridas y el mismo Tersites
416-418 ¡Ay de mí, desgraciado! ¡Pero el hijo de Tideo y el hijo de Sísifo, comprado por Laertes, no hay miedo de que mueran, y ellos son los que no deberían vivir!
448-452 Y en cierta manera se alegran (los dioses) devolviéndonos del Hades a los perversos y ladinos, mientras que no dejan de enviar allí a los justos y honrados ¿Cómo hay que entender esto y aprobarlo cuando, al tiempo que alabo las obras divinas, encuentro a los dioses malvados?
Esta falta de comprensión del mundo que lo rodea surge de la no correspondencia entre sus valores heroicos y la realidad circundante. Por ello, en Neoptólemo se corporiza la posibilidad de acabar con sus sufrimientos y lograr la dicha de encontrarse con los suyos pero, sobre todo, reencontrarse con un mundo que creía perdido. Neoptólemo es el nexo para reanudar sus lazos con el pasado heroico. Además es el indicio de que aún no ha perecido por completo esa raza de héroes de la que él forma parte. El hecho de que lo considera un hijo pone de manifiesto la concepción de φιλία, ya que el joven representa para Filoctetes la figura del hijo no concebido y, en ausencia de su padre, él debe introducirlo en los antiguos valores de la ética heroica.
Aun cuando Agamenón y Odiseo habiten el mundo gobernándolo con injusticias, Neoptólemo, según su parecer, será el continuador de estirpes nobles como la de Aquiles y la suya. Esta forma de persuasión operará como factor decisivo en el cambio de conducta de Neoptólemo, luego de haberle arrebatado el arco.
El arco de Heracles, en posesión de Filoctetes, es el instrumento que los aqueos persiguen con el fin de tomar Troya, y representa a la vez la posibilidad de reestablecer el pacto primigenio de la alianza aquea. Sin embargo, Filoctetes rechaza todo posible vínculo con ellos. De esta manera, el plan urdido por Odiseo ha de llevarse a cabo, aún cuando Neoptólemo sienta la opresión de no proceder conforme a su φύσις. Filoctetes no concibe la posibilidad de un engaño puesto que, para su mentalidad, la naturaleza del joven nunca podría hacerlo obrar mal. Esta postura ubica a Filoctetes en el extremo opuesto a la figura de Odiseo; el viejo héroe incurre en un error: su concepto de φύσις es tan definido que no supone un desvío de la conducta de Neoptólemo. La actitud del hijo de Aquiles frente al guerrero herido, soportando sus gritos y el hedor que despedía su pie, a diferencia de Odiseo y Agamenón, lo acerca a una concepción de φύσις superior
867-876 ¡Oh resplandor del sol que sucedes al sueño! ¡Oh custodia de estos extranjeros, en la que mis esperanzas no creían! Nunca hubiera yo supuesto, oh hijo, que te resignaras a seguir tan compasivamente a mi lado, ante mis sufrimientos, prestándome tu ayuda. Los Atridas, sin embargo, no pudieron soportarlo tan pacientemente, ¡los valientes jefes del ejército! Pero tu sangre es noble y eres nacido de nobles, y consideraste todo esto fácil, aun estando agobiado por los gritos y el mal olor.
Sófocles plantea, desde la configuración de este personaje, que si bien la naturaleza no es alterable en términos de educación, pues aflora en el contexto propicio, sí es perfectible.
Ante la imposibilidad de resolución del conflicto entre Filoctetes, por un lado y Odiseo, por el otro, el autor se ve obligado a poner en escena un elemento conciliador: el “deus ex machina”, corporizado en la figura de Heracles. Su presencia resuelve el conflicto, no desde un punto de vista conciliador entre Odiseo y Filoctetes, sino, por el contrario, a través de la renuncia a la cólera por parte del viejo héroe y la aceptación de su destino heroico en la recíproca compañía de Neoptólemo.
Sorprende que la figura de Odiseo, que desde un principio perseguía el bien común, una vez caída su artimaña dolosa, desaparezca del escenario del conflicto y toda la atención se concentre en los personajes del joven y del viejo.
En resumen, lo dado y lo nuevo pueden llegar a reconciliarse cuando la φύσις irrumpe y se hace evidente en toda su magnitud. Las palabras del Heracles recuperan la confianza de Filoctetes en Neoptólemo, confianza rota a causa del ardid de Odiseo, y se reestablecen así los lazos de φιλία entre ambos.
Dicha reconciliación, mediante un pacto recíproco, posibilitará no sólo que la ciudad sitiada sea definitivamente destruida, sino también que se lleve a cabo la unión de los dos como el símbolo aún vivo de los antiguos valores
1424-1433 Irás con este hombre a la ciudad troyana, donde, primero, quedarás libre de tu penosa dolencia y, luego, elegido por tu valor el más importante del ejército, tras matar con mis flechas a Paris, que fue el causante de estos males, devastarás Troya, y el botín que, como premio, recibas de la armada lo enviarás a tu morada para tu padre Peante, a la meseta del Eta, tu patria. En cuanto al botín que logres del ejército en memoria de mis flechas, llévalo a mi tumba.
Para concluir, la dialéctica φύσις / καιρός evidencia, en la postura de ambos héroes -Odiseo y Filoctetes-, la complejidad del replanteamiento de los valores del pasado épico en el nuevo contexto de la πόλις. La persuasión inicialmente planteada por Odiseo cambia transitoriamente la conducta del hijo de Aquiles debido a la inmadurez ética propia de su juventud. Sin embargo, el engaño pierde progresivamente su efecto a lo largo del encuentro entre el hijo de Peante y Neoptólemo que, en un contexto propicio, se reencuentra con los valores paternos y manifiesta la naturaleza aparentemente alterada. Esta realidad se materializa en las palabras de Heracles
1434-1438 Y a ti, hijo de Aquiles, te aconsejo lo mismo. Pues ni tu puedes tomar la llanura de Troya sin éste, ni él sin ti. Antes bien, como dos leones que van juntos, protegeos el uno del otro.

domingo, 10 de junio de 2007

Filoctetes revisitado (IIIh, los personajes: Filoctetes: la exclusión, el dolor físico y moral)


Hace tiempo que no escribimos nada sobre el Filoctetes sofocleo (nuestra última entrada sobre el tema fue el 9 de mayo), pero aún nos quedan cosas por decir, y con el siguiente artículo retomamos el "culebrón" Filoctetes.
Nos parece interesante también lo dicho por Albin Lesky sobre la obra en su Historia de la literatura griega (las citas son nuestras)
“Un rasgo importante de Sófocles parece manifestarse precisamente en esta obra. Cuando Filoctetes se ve defraudado de la manera más cruel por Neoptólemo, su lastimero grito se dirige a las calas, los promontorios y los animales salvajes que con él habitan en la isla":
936-940: “¡Oh calas, oh promontorios, oh animales salvajes de las montañas con los que yo vivía! ¡Oh abruptas rocas! Ante vosotros – pues a ninguno otro conozco con quien pueda hablar -, ante vosotros, que estáis acostumbrados a asistirme, me lamento a gritos de los hechos que el hijo de Aquiles me infirió”.
Y cuando los abandona, después del feliz giro que toma su vida, saluda una vez más con ternura la morada de sus desdichas, con el rugido de su mar, el eco de sus montes y las fuentes que saciaban su sed:
1453-1469 : “Adiós, oh morada que me has protegido y ninfas de los arroyos y los prados, y tú, enérgico estrépito del promontorio marino donde, muchas veces, en su interior, se empapó mi cabeza por las trombas del viento sur y donde a menudo el monte Hermeo me devolvía con el eco, en pleno sufrimiento, el gemido de mi propia voz! Y ahora, ¡oh fuentes y agua licia!, os dejo, os dejo ya a pesar de que nunca había tenido este propósito. Adiós, ¡oh región de Lemnos rodeada por el mar! Envíame en feliz e irreprochable travesía adonde me llevan la gran Moira y el consejo de los amigos y la divinidad que todo lo puede y que así hizo que se cumpliera.”
Recordamos el último adiós de Áyax (859-865) en la tragedia homónima de Sófocles:
“¡Oh luz, oh suelo sagrado de mi tierra de Salamina!, ¡oh sede paterna de mi hogar, ilustre Atenas y raza familiar!, ¡oh fuentes y ríos de aquí, llanura troyana!, a vosotros os hablo y os digo adiós, ¡oh vosotros que habéis sido alimento para mí! Esta palabra es la última que os dirijo, las demás se las diré a los de abajo en el Hades.”
Y sentimos aquí con particular fuerza cómo el poeta nos presenta a sus criaturas aspirando a superar las fronteras de la soledad, a la cual les condena su destino y su grandeza.”
Hasta aquí la cita de Lesky.
Cuando hablamos de Neoptólemo en nuestro blog, y en concreto en la tercera parte, nos referimos al artículo de Savater y citamos una parte del mismo titulada La oferta de Neoptólemo.
Aquella cita concluía así:
"Por ello intenta conciliar estas exigencias opuestas, hablando francamente con Filoctetes y haciéndole una propuesta razonable: le ofrece su curación y su reinstauración plena en la sociedad a cambio de su colaboración voluntaria en la batalla definitiva contra Troya”.
Pues bien, la continuación del artículo la ofrecemos ahora que hablamos de Filoctetes; es ésta:
“Pero Filoctetes se siente profundamente dolido y traicionado. De nuevo se utiliza contra él el abuso y la prepotencia, unidas ahora al engaño. El momento del pacto con los adversarios y de la componenda razonable ya ha pasado: ahora el último derecho que le queda es decir rotunda y obstinadamente: «No.» ¡Hasta eso quieren quitarle! Se emplean encarnizadamente en vencerle, siendo como es ya un mero cadáver, «una sombra de humo»... ¡Más le valiera estar efectiva y definitivamente muerto! Las imprecaciones de Filoctetes contra la existencia que se le impone, solicitando armas con las que quitarse la vida, exigiendo de dioses y hombres el alivio de la muerte, son de lo más significativo e impresionante de la tragedia griega.
Lo que Neoptólemo le propone es un trato decente y, desde un punto de vista meramente práctico, muy conveniente para todos. A fin de cuentas, Filoctetes sin duda va a mejorar; pero el privilegio del herido, del abandonado, del rechazado, del que ha visto su humanidad pisoteada por causa de su herida, es no querer mejorar a cualquier precio o de cualquier modo. Avenirse a la propuesta de Neoptólemo es aparentemente más digno y ventajoso que seguir padeciendo abandono en Lemnos o someterse a la coacción que Ulises está dispuesto a utilizar contra él: pero Filoctetes, sencillamente, ya no quiere. No quiere ceder; no quiere ceder su voluntad de no querer. Se le abandonó por ser un herido apestoso e inútil para todos; por tal causa se le negó el reconocimiento debido a la humanidad. Y ahora él no quiere aceptar el trámite de la cura y de su utilidad irreemplazable en el ejército a fin de ganarse el derecho convivencial que se le arrebató indignamente. Filoctetes quiere ahora ser aceptado como hombre herido, como hombre que apesta, como hombre inútil: o prefiere seguir en su isla diciendo «no» a todo. No está dispuesto a dar su arco ni su aquiescencia para ganarse el aprecio de los que le despreciaron. Le conviene, pero no quiere. Es razonable, pero no quiere. Que los sanos, como Neoptólemo, se atengan a la justicia y a la conveniencia, a la obediencia a quienes tienen el poder. A Filoctetes ya no le queda más que el privilegio hediondo y supurante de su herida: «La herida de Filoctetes es su dignidad. La única dignidad que le resta» (Jan Kott, El manjar de los dioses). Son los demás los que han decidido cambiar la consideración debida a la humanidad de Filoctetes por el asco a su herida. Ahora la herida es la naturaleza humana misma para él: y no sabría renunciar a ella sin sentir asco de sí mismo, como el propio Neoptólemo tendrá que reconocer.”

jueves, 31 de mayo de 2007

¡Era Homero!


El 31 de diciembre de 2006 escribí un artículo titulado Gaia, la madre Tierra. En él me refería a un concierto que la Banda La Artística de Buñol y el coro de mujeres del Orfeón Universitario de Valencia, dirigidos por Henrie Adams y Constantino Martínez, respectivamente, ofrecieron en el Auditori i Palau de Congressos de Castelló con motivo del estreno absoluto en España de la sinfonía nº 3, Planet Earth, de Johan de Meij. El concierto se completaba con otras dos piezas del compositor holandés: la Windy City Overture y Extreme Make- over.
Entonces escribía que había sido una gran sorpresa escuchar cómo el coro de 33 voces femeninas cantaba en la tercera parte de la sinfonía Planet Earth (Mother Earth) en griego. Me pareció oír que decía Γαῖα varias veces y también ἀνθρώπων ἐστι y Γαίη μήτηρ θεῶν.
Terminaba la entrada diciendo:
Seguiré buscando y espero poder aportar la letra de la obra en una posterior entrada.
Pues bien, hoy 31 de mayo de 2007, ha llegado el momento.
Tengo en mis manos un CD del sello Amstel Classics (serie World Wind Music) que ofrece la grabación realizada en directo en Castellón (y también en Altea y Buñol, donde también se ofreció aquel concierto).
En el folleto que acompaña al disco está la solución al enigma de las palabras en griego que escuché en el concierto del 31 de diciembre.
¡Se trata del Himno Homérico a la Tierra, Madre de todos, es decir, a Gea!
El autor no recoge todo el himno ni tampoco en el orden en que aparece en las ediciones más usuales.
Se puede leer el Himno aquí.
Lo que se escucha en la obra de Johan de Meij es, en cambio, lo siguiente:

Γαῖαν παμμήτειραν ἀείσομαι ἠϋθέμεθλον
πρεσβίστην, ἣ φέρβει ἐπὶ χθονὶ πάνθ᾿ ὁπόσ᾿ ἐστίν·
ἠμὲν ὅσα χθόνα δῖαν ἐπέρχεται ἠδ᾿ ὅσα πόντον
ἠδ᾿ ὅσα πωτῶνται, τάδε φέρβεται ἐκ σέθεν ὄλβου.
Χαῖρε θεῶν μήτηρ, ἄλοχ᾿ Οὐρανοῦ ἀστερόεντος,
πρόφρων δ᾿ ἀντ᾿ ᾠδῆς βίοτον θυμέρε᾿ ὄπαζε.
Χαῖρε θεῶν μήτηρ, ὦ Γαῖα.
᾿Εκ σέο δ᾿ εὔπαιδές τε καὶ εὔκαρποι τελέθουσι
Πότνια, σεῦ δ᾿ ἔχεται δοῦναι βίον ἠδ᾿ ἀφελέσθαι
θνητοῖς ἀνθρώποισιν
.

La traducción que aparece en el folleto del CD del himno es la siguiente (corrijo "hija del cielo" por "esposa del cielo", que es lo correcto; la traducción española está hecha sobre la inglesa, pero con algún error, como éste):
Tierra inquebrantable, madre de todo,
la voy a alabar,
la más honorable, que nutre todo lo
existente en la tierra;
Todos los seres que se mueven sobre la
magnífica tierra, y en el mar,
y todos los seres que vuelan, se nutren con su abundancia.
Ave, Madre de los dioses, esposa del estrellado Cielo,
benévola concédeme una vida placentera
en compensación de mi canto.
Ave, Madre de los dioses, oh Gea.
Por ti son bendecidos los hombres en sus hijos y sus frutos,
venerable, en tu mano está conceder y arrebatar la vida
a los hombres mortales.
Ofrecemos la versión en inglés:

I will sing of well-founded Earth, mother of all, eldest of all beings.
She feeds all creatures that are in the world; all thatgo upon the goodly land and all that are in the pathsof the seas and all that fly; all these are fed of her store.
Hail mother of the gods, wife of starry Heaven, freely bestow upon me for this my songsubstance that cheers the heart!
Hail mother of the gods, o Gaia! Through you, O queen, men are blessed in their children and blessed in their harvests, and to you it belongs to give means of life to mortal men and to take it away, O Gaia!

Es interesante lo que dice el propio de Meij sobre su obra:
En la primera parte nos acercamos al "planeta solitario" mediante un big bang que nos lanza hacia el universo. Te encuentras en un bombardeo de cometas y planetas pasando por los altavoces colocados en el proscenio.
Una y otra vez los sonidos sampleados forman la unión entre las tres partes, algo que se deja comparar con los ruidos urbanos que hay en The Big Apple.
En la parte central (Planet Earth), el polvo cósmico de la primera parte se retira para dar lugar a un vuelo de pájaros pastoril sobre los maravillosos paisajes de nuestro planeta. Además, esta parte expresa musicalmente la energía concentrada y el empuje que me regala la vida.
En la última parte de la sinfonía (Mother Earth) utilizo un himno a Madre Tierra (Gaia en griego) de los Himnos Homéricos en el griego antiguo: un clásico lenguaje abstracto, en el que se alaban la belleza y energía vital de la tierra. La sinfonía termina con esta cantata, en un final en que estalla toda la orquesta. Todos los músicos contribuyen al himno y finalizan la obra de una manera impresionante: un himno infinito a todo pecho, con que me precedió Homero ya hace miles de años: "¡La Tierra, madre de todo, la voy a alabar!"

La sinfonía nº 3, Planet Earth, fue compuesta a petición de Marcel Mandos, el empresario artístico de la Noord Nederlands Orkest (NNO), la Orquesta del Norte de Holanda, y celebró su estreno mundial el 2 de marzo de 2006 en el Concertgebouw De Doelen de Rotterdam, interpretada por la NNO y el Noord Nederlands Concert Koor (Coro de concierto del Norte de Holanda ), dirigida por Otto Tausk.
Bien, hemos cumplido nuestra palabra. Hemos averiguado qué se oía en la sinfonía nº 3 de Johan de Meij. Sí, amigos, griego antiguo, un Himno atribuido al viejo Homero.